
Buscaba un sitio donde sentarme para empezar este relato —como si el relato dependiera de la ergonomía y no del coraje— cuando la vi por primera vez.
Lloraba y hablaba por teléfono en la Terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, esa catedral de vidrio donde nadie permanece y nadie termina de irse. Una mujer —diría una chica, pero eso revelaría más de mí que de ella— lloraba sin disimulo, con esa forma de llorar que no busca testigos pero tampoco los evita.
Pensé que era un buen comienzo para un cuento. No ella: su llanto.
La crucé dos veces. La primera, al salir del avión. O quizá no era mi avión el que acababa de aterrizar sino el suyo el que había despegado para siempre, porque a veces los vuelos importantes no aparecen en las pantallas. La segunda vez fue camino de mi puerta de embarque. Seguía llorando. Me pregunté si lloraba porque llamaba o llamaba porque lloraba, y esa inversión mínima me pareció la diferencia entre la tragedia y la costumbre.
Estuve tentado de preguntarle algo, cualquier cosa, como si yo tuviera derecho a intervenir en la vida ajena por el simple hecho de haberla observado. Me imaginé su mirada: “¿Qué quiere de mí? Váyase, señor”. Esa palabra, señor, me envejeció de golpe en mi fantasía.
No le dije nada. Me alejé.
Y mientras me alejaba pensé que tampoco supe decir nada cuando mi relación empezó a romperse sin ruido, como esas grietas que avanzan por dentro del muro mientras la fachada permanece intacta. Diez años fraguándose a fuego lento. La rana en el agua templada que nunca percibe el aumento de la temperatura hasta que ya es tarde —lo terrible no es morir, sino no advertir que se está muriendo.
No podría empezar este cuento con la frase “La hostia me vino sin avisar”, aunque fue eso lo que me dijo Daniel después de aquella fiesta. “Despierta, joder”, añadió. No le respondí entonces, ni después. A veces no responder es la forma más obstinada de permanecer.
Pensaba —y aún pienso— que lo difícil del amor no es su nacimiento sino su mantenimiento, ese día después y el día después del día después, cuando el entusiasmo se convierte en administración. Wikipedia podría ofrecer estadísticas sobre la duración media de las relaciones, pero ninguna estadística explica el momento exacto en que dos personas dejan de ser pareja para limitarse a tener pareja.
La mujer seguía llorando en algún punto del aeropuerto, o eso quise imaginar. Quizá su llamada era un final. Quizá era el principio. Tal vez había comprendido antes que yo que el problema no es perder algo, sino no haberlo sido nunca del todo.
En mi cuaderno amarillo escribí:
Que más
de sí
no tiene
toda la vida
no ha de tener
tu sufrimiento
y pena
en algún momento
habría de parar
Lo sintientes, sufrientes, silentes. Con s de heridas. Con s de sostener.
Comprendí entonces —si es que comprender sirve para algo— que la diferencia no está en tener, sino en ser.
Tener pareja o ser pareja.
Tener amigos o ser amigo.
Tener hijos o ser padre.
Tener trabajo o resolver trabajo.
Tal vez aquella mujer no lloraba por lo que perdía, sino por lo que había dejado de ser.
Y yo, sentado por fin, entendí que este relato no empezaba con su llanto, sino con mi silencio.
