
Buscaba un sitio donde sentarme para empezar este relato —como si el relato dependiera de la ergonomía y no del coraje— cuando la vi por primera vez.
Lloraba y hablaba por teléfono en la Terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, esa catedral de vidrio donde nadie permanece y nadie termina de irse. Una mujer —diría una chica, pero eso revelaría más de mí que de ella— lloraba sin disimulo, con esa forma de llorar que no busca testigos pero tampoco los evita.
Pensé que era un buen comienzo para un cuento. No ella: su llanto.
La crucé dos veces. La primera, al salir del avión. O quizá no era mi avión el que acababa de aterrizar sino el suyo el que había despegado para siempre, porque a veces los vuelos importantes no aparecen en las pantallas. La segunda vez fue camino de mi puerta de embarque. Seguía llorando. Me pregunté si lloraba porque llamaba o llamaba porque lloraba, y esa inversión mínima me pareció la diferencia entre la tragedia y la costumbre.
Estuve tentado de preguntarle algo, cualquier cosa, como si yo tuviera derecho a intervenir en la vida ajena por el simple hecho de haberla observado. Me imaginé su mirada: “¿Qué quiere de mí? Váyase, señor”. Esa palabra, señor, me envejeció de golpe en mi fantasía.
No le dije nada. Me alejé.









