Me han ocurrido las cosas más extraordinarias en los últimos diez años. No puedo negarlo. Ya soy global. Antes también era global, probablemente, pero no lo sabía. Ahora tengo cuatro cuentas bancarias, tres números de teléfono, demasiadas contraseñas que no recuerdo y amigos a los que quiero mucho en países a los que sé que no volveré, aunque todavía no lo reconozca. Esto debe de ser la globalización. Escribo esta frase y pienso en ti. No sé quién eres. Eso es lo interesante. Quizá seas una mujer. Siempre prefiero imaginar que eres una mujer. No por seducirte. A estas alturas uno debe conocer sus limitaciones. Es porque las mujeres han leído mis cuentos con una paciencia que los hombres reservan para los manuales de instrucciones. Ahora mismo quizá estés pensando que esta frase es una estupidez. Yo también. Podría borrarla. No la borro. Durante muchos años leí a Paul Auster, a Javier Marías, a Philip Roth. Me hablaban a mí.
Compro cuadernos como otros compran películas que no verán nunca. Los elijo despacio o rápido, los abro por la mitad, compruebo el gramaje, los siento. Después los llevo a casa y no escribo en ellos.
Es importante no escribir.
Un cuaderno sin empezar contiene todavía todas las historias.
También dejo libros sin leer deliberadamente. Saber que Rayuela o cualquier otro espera en alguna habitación me parece una forma bastante razonable de inmortalidad.
Esto lo aprendí en la ciudad donde faltaba el oxígeno.
Allí conocí a R.
Éramos ya viejos, aunque ya fingíamos no serlo. Había eucaliptos, funcionarios internacionales y unas lluvias que empezaban exactamente cuando uno había olvidado el paraguas. R. era brillante, divertido, importante. Después fue todavía más importante.
Antonio Orejudo —Fabulosas narraciones por historias
1. Sentido global
Más allá de lo literal, analizamos hoy Fabulosas narraciones por historias, primera novela de Antonio Orejudo, publicada en 1996 y ganadora del Premio Tigre Juan. Bajo la apariencia de una novela histórica ambientada principalmente en el Madrid intelectual de los años veinte y treinta, Orejudo plantea una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta qué punto aquello que llamamos Historia —y especialmente historia de la literatura— no es también una ficción construida por quienes consiguieron imponer su versión de los hechos?
La novela sigue fundamentalmente a tres jóvenes vinculados a la Residencia de Estudiantes: Patricio Cordero, escritor obsesionado con publicar su primera novela; Santos, de origen rural y aparentemente ajeno a las sofisticaciones intelectuales; y Martiniano, sobrino de Azorín y enemigo visceral del mundo intelectual. A través de ellos penetramos en un Madrid poblado por escritores, profesores, tertulianos, conspiradores y personajes históricos convertidos deliberadamente en caricaturas.
Pero Orejudo no pretende reconstruir fielmente aquella época. Hace justamente lo contrario: la desmonta y vuelve a montarla de forma irreverente.
La Generación del 27, la Residencia de Estudiantes, Ortega y Gasset, Azorín, Unamuno, Juan Ramón Jiménez y otros nombres consagrados dejan de aparecer como estatuas de los manuales escolares y recuperan —aunque sea mediante la falsificación deliberada— el cuerpo, el ridículo, la vanidad, el sexo, la violencia y las ambiciones personales.
Simbólicamente, la novela funciona así como una demolición del monumento cultural.
Blas había llegado a Tatooine como cooperante, aunque le apenaba no haber llegado como escritor.
La diferencia, pensaba, era considerable. Al cooperante lo esperaban un despacho, una tarjeta de identificación y preguntas para las que debía encontrar respuestas. Al escritor no lo esperaba nadie.
Aquella tarde estaba en un café de La Marsa mirando el Mediterráneo. En su cuaderno Converse Inc. escribió:
El escritor hace preguntas. El evaluador trata de responderlas. Ambos necesitan constancia y método.
Lo leyó dos veces.
Luego añadió:
Método para resolver este enigma que es la vida.
Lo tachó. Sonaba pretencioso.
Su contenedor llevaba doce días perdido.
No extraviado. Perdido.
Había salido de Francia con cuarenta metros cúbicos de libros, muebles, fotografías, una guitarra, tres cajas marcadas PLAYA y ciertos objetos cuya existencia Blas había olvidado hasta que empezaron a faltarle. Durante doce días nadie supo decirle dónde estaba. Unos afirmaban que en Marsella. Otros que en Radès. Según una página de internet había sido descargado en Tatooine y, según otra, viajaba de regreso a Europa.
La primera noche en su nueva casa, además, Blas se había quedado encerrado fuera.
Me llamo Blas y he vuelto a no escribir, que no es lo mismo que no contar. O eso creía. Porque a mitad del camino hacia La Flèche descubrí que mi manuscrito había sido intervenido. No censurado. Peor. Comentado.
Al principio apareció una nota a pie de página. Pensé que era un error. Luego apareció otra. Y otra. Acabaron formando una especie de comité de lectura invisible. Como las Naciones Unidas. Pero funcionando.
Yo estaba describiendo el palacio de los Daru. Las vitrinas. Las medallas. Las cuberterías. La larga sombra de Pierre Daru organizando ejércitos para Napoleón mientras yo era incapaz de encontrar las llaves del coche. Fue entonces cuando apareció la primera voz.
Me llamo Blas. El nombre significa blanco, o claro, o eso me dijo una tía mía que confundía la etimología con la homeopatía.
Antes escribía cuentos cortos. Ahora relleno matrices de resultados. Es un género mucho menos exigente con el lector. Y con el no lector.
Si uno tuviera que definir una parte de mi personalidad con una sola palabra elegiría «indecisión». Y tardaría tres semanas en elegirla.
No hablo de la duda razonable. Hablo de esa forma de parálisis que consiste en ser capaz de encontrar siete argumentos convincentes para hacer exactamente lo contrario de lo que acabas de decidir.
Hay personas impulsivas. Hay personas reflexivas. Yo pertenezco a una categoría mucho más exclusiva: las reconsiderativas.
Durante muchos años pensé que aquello tenía incluso cierto prestigio literario. Al fin y al cabo, los escritores llevan siglos imaginando las vidas que no vivieron. Me consolaba pensar que aquello me acercaba un poco a la literatura. Hasta que comprendí que una cosa es escribir sobre las vidas posibles y otra muy distinta intentar vivirlas todas a la vez. Lo primero produce novelas. Lo segundo produce agotamiento.
Y ahora viene otra parte de mi personalidad, porque mi problema no termina cuando consigo decidir. Ahí empieza el siguiente.
Existe un principio muy apreciado en la acción humanitaria: el no regret. Viene a decir que, cuando las consecuencias de esperar pueden ser peores que las de equivocarse, conviene actuar antes de disponer de toda la información. Me parece una filosofía admirable. También profundamente incompatible conmigo. Trabajo en un sector cuyo principio operativo consiste en hacer exactamente lo contrario de lo que llevo haciendo toda mi vida. A veces me pregunto cuánto tardarán en darse cuenta.
Yo practico exactamente la filosofía contraria. El regret. No importa la decisión que tome. Cinco minutos después ya estoy elaborando una teoría perfectamente razonable que demuestra que la alternativa descartada era objetivamente mejor. No cambio de opinión. Lo que hago es ampliar el número de opiniones disponibles.
Acepté un trabajo que me llevó de la Comarca a Tatooine. Al menos así lo cuento. Los geógrafos utilizan otros nombres, pero son gente con muy poca imaginación. Yo estaba convencido de que cambiar de continente equivalía a cambiar de vida. Descubrí que uno puede cambiar de hemisferio sin dejar de vivir exactamente en el mismo sitio: dentro de su propia cabeza.
Lo que nadie me explicó es que las vidas nuevas vienen sin instrucciones de montaje. Desde hace un mes tomo aproximadamente ciento cuarenta decisiones diarias, o eso me parece.
El encuentro con un@ mism@ y con l@s demás. Saber que quizá no vuelvas a cruzarte con algun@s. El encuentro con las preguntas y las expectativas. El comienzo del final, el final del comienzo. Y comprender que todo estaba ya reunido en una senda singular.
La casa está en silencio, pero no es un silencio vacío. Es un silencio lleno de acordes que aún no existen.
Prince Rogers Nelson camina descalzo por el estudio. No enciende todas las luces; no las necesita. Conoce cada rincón como si fuera una extensión de su propio cuerpo. El piano está ahí, esperándolo, como siempre.
Se sienta.
No toca todavía.
Escucha.
Hay algo en el aire que no termina de encajar, como una canción que quiere nacer pero aún no encuentra su forma. Le ha pasado antes. Siempre vuelve. Siempre encuentra la nota exacta.
Porque si algo quedó claro tras la segunda ceremonia —sin botellitas, sin guarda corchos y sin firma iniciática, pero con dignidad intacta— es que hay conocimientos que no se adquieren leyendo.
Clara camina en Kingston como si cada calle fuese una frase aún por corregir. Ha venido a evaluar, a medir, a poner palabras donde otros ponen números. Pero desde el primer paso algo se le desordena: el calor no es solo temperatura, es memoria; y la memoria no se deja evaluar.
Recuerda —sin saber muy bien por qué— aquella historia de José Luis López Vázquez y la oferta de irse a Hollywood que rechazó porque implicaba aprender inglés. Le parece una forma muy digna de decir no: negarse a traducirse. Clara, en cambio, lleva años traduciéndose. Entre idiomas, entre informes, entre expectativas del norte y realidades del sur. Se pregunta, mientras esquiva un hueco, si eso no es también una forma de renuncia.