
Me llamo Blas. El nombre significa blanco, o claro, o eso me dijo una tía mía que confundía la etimología con la homeopatía.
Antes escribía cuentos cortos. Ahora relleno matrices de resultados. Es un género mucho menos exigente con el lector. Y con el no lector.
Si uno tuviera que definir una parte de mi personalidad con una sola palabra elegiría «indecisión». Y tardaría tres semanas en elegirla.
No hablo de la duda razonable. Hablo de esa forma de parálisis que consiste en ser capaz de encontrar siete argumentos convincentes para hacer exactamente lo contrario de lo que acabas de decidir.
Hay personas impulsivas. Hay personas reflexivas. Yo pertenezco a una categoría mucho más exclusiva: las reconsiderativas.
Durante muchos años pensé que aquello tenía incluso cierto prestigio literario. Al fin y al cabo, los escritores llevan siglos imaginando las vidas que no vivieron. Me consolaba pensar que aquello me acercaba un poco a la literatura. Hasta que comprendí que una cosa es escribir sobre las vidas posibles y otra muy distinta intentar vivirlas todas a la vez. Lo primero produce novelas. Lo segundo produce agotamiento.
Y ahora viene otra parte de mi personalidad, porque mi problema no termina cuando consigo decidir. Ahí empieza el siguiente.
Existe un principio muy apreciado en la acción humanitaria: el no regret. Viene a decir que, cuando las consecuencias de esperar pueden ser peores que las de equivocarse, conviene actuar antes de disponer de toda la información. Me parece una filosofía admirable. También profundamente incompatible conmigo. Trabajo en un sector cuyo principio operativo consiste en hacer exactamente lo contrario de lo que llevo haciendo toda mi vida. A veces me pregunto cuánto tardarán en darse cuenta.
Yo practico exactamente la filosofía contraria. El regret. No importa la decisión que tome. Cinco minutos después ya estoy elaborando una teoría perfectamente razonable que demuestra que la alternativa descartada era objetivamente mejor. No cambio de opinión. Lo que hago es ampliar el número de opiniones disponibles.
Acepté un trabajo que me llevó de la Comarca a Tatooine. Al menos así lo cuento. Los geógrafos utilizan otros nombres, pero son gente con muy poca imaginación. Yo estaba convencido de que cambiar de continente equivalía a cambiar de vida. Descubrí que uno puede cambiar de hemisferio sin dejar de vivir exactamente en el mismo sitio: dentro de su propia cabeza.
Lo que nadie me explicó es que las vidas nuevas vienen sin instrucciones de montaje. Desde hace un mes tomo aproximadamente ciento cuarenta decisiones diarias, o eso me parece.
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