
Juro que este fin de semana no me pasó.
O sí.
Depende de qué Clara leas:
—la que escribe,
—la que duda,
—la que solo aparece cuando la vida decide volverse literatura barata,
—o la que firmaría un acta notarial para demostrar que no estuvo allí.
La historia empieza —o eso exigen los manuales de narrativa, porque en realidad esto nunca empieza ni acaba— cuando Enia me recluta como si yo fuera heredera de una corte artúrica menor y me manda en busca de un “sable bendito”, una especie de Santo Grial de acero inoxidable,
o cuando Edgardo, en uno de sus episodios de filosofía leonesa-mediterránea aplicada, me suelta que la vida está sobrevalorada pero que, aun así, hay que celebrarla.
Yo, que sigo convencida de que mi vida social es un erial donde brotan eventos raros como cactus existenciales, a veces pienso que alguien confundió mi destino con el de una influencer fracasada.
Este fin de semana tocó partida doble.
Doble e intensa.
Como si el algoritmo hubiese decidido hacerme un upgrade humano.








