Sabrage y otras microficciones teatrales culinarias

Juro que este fin de semana no me pasó.

O sí.

Depende de qué Clara leas:

—la que escribe,

—la que duda,

—la que solo aparece cuando la vida decide volverse literatura barata,

—o la que firmaría un acta notarial para demostrar que no estuvo allí.

La historia empieza —o eso exigen los manuales de narrativa, porque en realidad esto nunca empieza ni acaba— cuando Enia me recluta como si yo fuera heredera de una corte artúrica menor y me manda en busca de un “sable bendito”, una especie de Santo Grial de acero inoxidable,

o cuando Edgardo, en uno de sus episodios de filosofía leonesa-mediterránea aplicada, me suelta que la vida está sobrevalorada pero que, aun así, hay que celebrarla.

Yo, que sigo convencida de que mi vida social es un erial donde brotan eventos raros como cactus existenciales, a veces pienso que alguien confundió mi destino con el de una influencer fracasada.

Este fin de semana tocó partida doble.

Doble e intensa.

Como si el algoritmo hubiese decidido hacerme un upgrade humano.

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El Amor en Tiempos de Ayuda Humanitaria

Nota al lector/a

No es un cuento. Es un incidente clasificado, un pie de página en la burocracia de la cooperación. Si continúas, ya eres cómplice.

[1. Él]

En los pasillos del compound todo suena a generador eléctrico.

Ella cruza con un dossier bajo el brazo. Él piensa:

“Ni siquiera está en mi cadena de mando, pero el rumor no entiende de organigramas.”

Quiso escribir: “Café después del debriefing”. Borró.

Quiso escribir: “Me gustas, pero juro que no compromete tu proyecto WASH”. Borró.

Sobrevivió un Hola, flotando en la pantalla como un casquito naranja en aguas turbias.

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El árbol de la ciencia: mapa de una inteligencia herida

Pocas novelas españolas han retratado con tanta precisión el malestar moderno como El árbol de la ciencia (1911). Baroja arma un laboratorio narrativo donde la razón examina el dolor y descubre su límite. No es solo “la novela de un estudiante de Medicina”, sino la autopsia de una conciencia que busca sentido en un mundo que parece no tenerlo.

1) Sentido global: más allá del argumento

Leída desde hoy, la novela es una parábola sobre los dos árboles: el del conocimiento y el de la vida. Saber no basta para vivir; a veces, incluso hiere. Andrés Hurtado —médico en formación, observador implacable— confirma que la lucidez sin cauce moral o afectivo desemboca en nihilismo. De ahí que el título dialogue con la tradición bíblica: el fruto del saber abre los ojos, pero expulsa del paraíso de las certezas sencillas.

En clave simbólica, el hospital, la universidad y el barrio pobre funcionan como escenarios-metáfora: instituciones enfermas que contagian al individuo. La enfermedad —orgánica, social, espiritual— es el verdadero personaje colectivo. Y el itinerario vital de Andrés (estudios, prácticas, pueblo, regreso, matrimonio, tragedia) se lee como una curva de desengaño: cuanto más comprende, más duele.

2) Influencias y resonancias

Los esquemas remarcan el peso de Schopenhauer (el mundo como dolor), Spencer y el determinismo biológico y social; también el eco regeneracionista de la Generación del 98: crítica al caciquismo, a la rutina académica y a la miseria urbana. Hay resonancias naturalistas (observación fría, causalidad hereditaria) y un tono que anticipa el existencialismo: la libertad como vértigo ante el vacío de sentido. En España, dialoga con Unamuno (inquietud metafísica) y Azorín (mirada sobria sobre lo cotidiano), aunque Baroja elige la vía del escepticismo activo: ver, nombrar, diagnosticar.

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Cambio y Cruces

Clara camina por el sendero de Cruces desde la carretera de Maden hasta el Merca.

El grupo va adelante, riendo; ella queda atrás, como si su paso tuviera la densidad exacta del pensamiento. El aire no es solo húmedo: transpira.

La selva la envuelve con esa familiaridad sospechosa de lo que parece natural, pero no lo es.

Toma una foto: una rama caída, un empedraro en forma de cruz.

Luego otra: el cielo deshilachado entre las copas, un tronco que parece una espiral, los hongos rojos o blancosque respiran despacio.

Y más: una señal roja en un árbol, un charco donde su reflejo pestañea.

Clara no está segura de si fotografía el mundo o si el mundo se fotografía a través de ella.

Piensa que debe cambiar. Que la próxima pisada será distinta.

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Peor Resultado Imaginable

El taller se llamaba “Making Space with TRIZ.
Clara pensó que, por fin, alguien iba a mover las mesas para hacer espacio real.
Tenía razón: lo primero que hicieron fue reacomodar las sillas en círculo. Después, votaron el nombre del subgrupo encargado de documentar el proceso de reacomodo.

La consigna era simple:

“Hagamos una lista de todo lo necesario para lograr el peor resultado posible.”

Risas, marcadores, papelógrafos.
Un técnico propuso: “Duplicar los informes, triplicar las reuniones y enviar correos sin asunto.”
Aplausos.
Alguien anotó: “Asegurarse de que nadie lea las actas, pero que todos las firmen.”
Ovación.

TRIZ, decía el facilitador, era destrucción creativa.
Clara lo entendió enseguida: estaban destruyendo la creatividad con método.

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El dormilón de Siete Picos

Esto no es un cuento. Es una resaca con pretensiones de parábola.

Y si alguien busca moraleja, que la busque en los escombros.

Yo no soy narrador: soy la voz que se quedó hablando mientras España dormía.

Irving tuvo a Rip Van Winkle. Nosotros tenemos a Julián Pérez, tipógrafo, comunista y madrileño.

1. Madrid, 1930

El rey todavía sonríe en los retratos, pero nadie cree en él.

Primo de Rivera ha caído, y el país respira con miedo, como si se hubiera despertado en mitad de un incendio que aún no empieza.

En las tabernas de Lavapiés se murmura más que se habla: “Esto no aguanta mucho”.

En las paredes aparecen pintadas con tiza: ¡Viva la República! —que al amanecer borra la Guardia Civil con cal viva.

En el Ateneo se discute bajando la voz, Lorca declama versos sobre libertad, y los obreros imprimen panfletos que prometen un país sin curas ni patrones.

Julián, tipógrafo y militante del Partido Comunista de España, cree que el futuro ya está asomando la cabeza.

En su taller, entre plomo y tinta, huele la promesa de una revolución que aún no tiene fecha.

Un domingo se escapa al Camino Smith, en los montes de Siete Picos, buscando un respiro.

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Clara en tres actos (sin dirección conocida)

[Acto I: Teatro]

La entrada costó casi lo mismo que ver un espectáculo en Broadway, aunque sin alfombra roja ni actores seguros de sí mismos.

Un tranvía llamado deseo, versión tropical. Stanley con acento centroamericano, Blanche intentando proyectar la voz mientras el micrófono chisporrotea. Una puerta del decorado tapa media escena y el aire acondicionado congela hasta los pensamientos. El teatro al veinte por ciento de su capacidad.

—No saben poner las manos —dice Lucía.

—Y tampoco se parece a Marlon Brando —añade otra—, a este Stanley no se le puede mirar con deseo.

—Tienes los estándares demasiado altos —responde Clara, que lleva una libreta en la falda y apunta: las manos importan, pero menos que el deseo.

Al final de la función salen a fumar. Todos menos Clara coinciden en que la obra es un desastre: pretenciosa, forzada, de teatro universitario.

Al día siguiente, leen una crítica entusiasta en el periódico. La obra, dice el columnista, es “una metáfora del alma contemporánea”. Clara sonríe: confirma la teoría de Lucía —el nivel del teatro local es bajo, pero el entusiasmo sigue alto—.

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Nombrar el dolor sin banderas

Tenemos un grupo de WhatsApp de los del cole: fotos viejas, recuerdos de los ochenta, buenos deseos, muy buenas reuniones esporádicas y mucha empatía.

Esta semana, uno de nosotros compartió un vídeo: una entrevista a una madre y psicóloga desde Gaza.

Uno del grupo comentó que el chat no era un foro para temas políticos; el que lo había puesto se disculpó por haber molestado, aclarando que no era su intención.

Todo quedó ahí, envuelto en un silencio educado.

Un silencio de esos que no suenan, pero pesan.

El tipo de silencio que se instala cuando una palabra —Gaza, Siria, Yemen, Congo— deja de ser un lugar y se convierte en una bandera.

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Actas de conversión en San Felipe de Portobelo

(Bahía cerrada, cerros empinados, manglar hasta la rodilla. Día 29 de septiembre de 1602. El escribano certifica que el papel suda.)

[Bitácora de Clara, regreso en bus]

El muelle de Portobelo hoy es selfie y ceviche, pero bajo el brillo oigo la contabilidad vieja. En el Museo de Panamá Viejo las piedras siguen oliendo a incendio. Repito los nombres como un rosario: San Jerónimo, San Fernando (Baja, Alta y Cima), Santiago de la Gloria, San Cristóbal, Buenaventura, La Trinchera; en la boca del Chagres, San Lorenzo. Las ruinas me miran como si todavía cobraran peaje.

[Foja 1, 1602: Apertura]

Digo que antes el puerto fue Nombre de Dios y que el nombre se cansó. Digo que hoy se llama San Felipe de Portobelo y huele a brea, resina, lona mojada. Lo vivo se convierte en dato cuando toca tinta: esa es la doctrina.

[Bitácora]

Pisé el Camino Real (piedra, hormiga, sudor) y miré el desvío del Camino de Cruces por el Chagres hasta Venta de Cruces. Todo late como prólogo material de un canal soñado siglos atrás.

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