
Lyon jadeaba aquella noche de Fête des Lumières del 7 de diciembre de 2025 como un animal viejo que se niega a dormirse. El Saona relucía tenso, la fachada de Saint-Nizier parecía estar opinando de todo y de todos, y el stand rojo —ese artefacto postmoderno regurgitando luz y sonido— latía como un corazón enfermo.
Lara no lo miraba. Y no mirarlo era, paradójicamente, la única forma de estar viva allí.
Ser gestora de evaluaciones la había convertido en experta en detectar cosas que no cuadran, pero no en solucionarlas. Años revisando informes ajenos le habían enseñado una verdad incómoda: evaluar es una forma elegante de huir de uno mismo. Ella lo sabía. Por eso Lyon le daba miedo. Lyon no te evalúa: te desnuda.
Mientras avanzaba entre la multitud, una frase que había escrito días antes regresó como un puñetazo sin puño: “Hagas lo que hagas, lo jodes”. No era una queja; era una radiografía. Lo pensaba cada vez que imaginaba aprender a bailar, o a tocar la guitarra, o simplemente a no sabotearse. Se decía a sí misma que era la perdedora profesional, la que no apostaba para no perder… salvo cuando decidía que vivir —aunque fuera mal— contaba como victoria.








