
[Acto I: Teatro]
La entrada costó casi lo mismo que ver un espectáculo en Broadway, aunque sin alfombra roja ni actores seguros de sí mismos.
Un tranvía llamado deseo, versión tropical. Stanley con acento centroamericano, Blanche intentando proyectar la voz mientras el micrófono chisporrotea. Una puerta del decorado tapa media escena y el aire acondicionado congela hasta los pensamientos. El teatro al veinte por ciento de su capacidad.
—No saben poner las manos —dice Lucía.
—Y tampoco se parece a Marlon Brando —añade otra—, a este Stanley no se le puede mirar con deseo.
—Tienes los estándares demasiado altos —responde Clara, que lleva una libreta en la falda y apunta: las manos importan, pero menos que el deseo.
Al final de la función salen a fumar. Todos menos Clara coinciden en que la obra es un desastre: pretenciosa, forzada, de teatro universitario.
Al día siguiente, leen una crítica entusiasta en el periódico. La obra, dice el columnista, es “una metáfora del alma contemporánea”. Clara sonríe: confirma la teoría de Lucía —el nivel del teatro local es bajo, pero el entusiasmo sigue alto—.








