
En respuesta a El tiempo prestado, mi amigo Edgardo —quien parece haberse vuelto ya un habitual en estas páginas— quiso aportar su propia mirada y me pidió a mí —a Clara— escribirla él mismo. Yo, complacida y con humildad por contar con una personalidad de su talla entre estos relatos, acepté su propuesta y le abrí el espacio como autor invitado.
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Por Edgardo / Ernesto / E. Celades
Salí a pasear esta tarde hacia el estanque de los cocodrilos, con la idea de volver a encontrarme con Clara. Yo, como los niños, que buscan patrones donde solo hay casualidades. No la vi por ninguna parte. Ni a ella, ni a los cocodrilos. Lo más parecido a reptiles que había por ahí eran dos adolescentes con sus lenguas tan enganchadas que ni los lagartos de V. Y estoy (casi) seguro de que ninguno de esos púberes era Clara.
Decidí seguir con mi paseo, de todas formas. Venía de rumiar en mi cabeza varios latinajos que tenía preparados en caso de volver a verla. Aunque no abuso del refranero ni del latín, preguntando se llega a Roma. Había estado dudando entre soltarle un per aspera ad astra (que siempre da juego para reflexionar por dónde andamos en la vida) y algún juego de palabras con delenda est Cartago (¿delenda est Naciones Unidas?), pero en mi soliloquio me decanté por un tempus fugit, como estaba siendo mi caminata.









