No Era la Izquierda, Éramos Nosotros

No sabría decir cuándo empezó a resquebrajarse lo que habíamos defendido como sagrado. No sabría decir cuándo empezó a resquebrajarse lo que habíamos defendido como sagrado. Quizá fue una mañana cualquiera, mientras discutíamos por cosas en apariencia triviales, pero en el fondo decisivas, como quién debía bajar la basura, como si ahí se jugara la autoridad del hogar. Íñigo decía que en la pareja tradicional alguien guía y el otro acompaña. Yo acabé pensando que más bien era un desfile militar: marchábamos juntos, sí, pero esperando que el otro perdiera el paso primero.

Nos conocimos defendiendo causas que creíamos indestructibles. Coloquios sobre la nación, tertulias en peñas taurinas, cenas con Rioja en copas gruesas, mañanas de cañas con Mahou y tapas de chorizo, discusiones sobre Sin perdón de Clint Eastwood o los boleros de Sabina, y alguna madrugada con Y viva España de Manolo Escobar sonando de fondo. Íbamos contra todo: el comunismo, la demagogia progre de plató, las banderas multicolor en los balcones, los grafitis en las fachadas recién pintadas, el impuesto de sucesiones y —mi favorita— nuestra propuesta de declarar patrimonio de la humanidad la tortilla de patatas con cebolla y abolir la siesta de los funcionarios. No nos bastaba preservar lo que teníamos: queríamos que el mundo nos diera las gracias por mantenerlo firme.

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No era el capitalismo, Éramos nosotros

No sabría decir cuándo empezó a agrietarse lo que habíamos construido. Quizá fue una mañana cualquiera, mientras discutíamos por cosas en apariencia banales, pero en el fondo fundamentales, como quién debía sacar la basura, como si ahí se decidiera el equilibrio del mundo. Alejandro decía que el feminismo en pareja era una carrera de relevos: uno cede, el otro recoge. Yo acabé pensando que más bien era una cuerda floja donde ambos nos mirábamos, esperando que el otro cayera primero.

Nos conocimos defendiendo causas que parecían invencibles. Conferencias, manifestaciones, cines de barrio, lecturas compartidas, tardes de café torrefacto en tazas desparejadas, noches de cerveza barata y discusiones sobre películas de Ken Loach o Almodóvar. Íbamos contra todo: el patriarcado, el capitalismo, los noticieros de las nueve, la subida del precio del pan, la falta de papeleras públicas, las rotondas mal diseñadas y —mi favorita— nuestra propuesta de prohibir los lunes y declarar patrimonio de la humanidad el olor a café recién hecho. No nos bastaba cambiar el mundo: queríamos que el mundo nos aplaudiera mientras lo hacíamos.

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Informe desde un país que nunca existió

La primera vez que vi a Blanca y Clara fue en la terraza improvisada de un hotel de tres estrellas sin estrellas. Afuera, el calor golpeaba como un argumento mal planteado; adentro, ellas discutían sobre si la ayuda humanitaria debía empezar por las bibliotecas o por los pozos de agua. Yo tomaba notas, fingiendo que algún día las usaría para un informe serio.

(Nota al pie 1: Nunca envié ese informe; lo extravié en una carpeta llamada Cosas importantes).

Blanca, la más vehemente, hablaba como si cada frase pudiera salvar un continente. Clara, en cambio, se inclinaba hacia lo minucioso, los matices que caben en una estadística. Yo asentía. ¿O fingía asentir? Con el tiempo entendí que ese gesto era parte del manual no escrito del cooperante: parecer convencido sin estarlo del todo.

En las tardes, visitábamos proyectos que parecían salidos de una novela mal editada: escuelas sin pupitres, clínicas sin médicos, campos agrícolas que esperaban una lluvia que nunca llegaba. Alguien —un técnico, un ministro, un primo del ministro— nos aseguraba que todo marchaba bien. Y yo lo anotaba, aunque en la esquina de la libreta dibujaba mapas imposibles.

(Nota al pie 2: Esos mapas quizá eran el único trabajo honesto que hice en esos años).

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Correspondencia en tránsito

[Correo no enviado de Clara a Blanca]

Selva del Darién, 22:11h

Blanca,

Hoy un hombre me preguntó si sabía cuánto costaba mi silencio. No supe responderle. Estaba en una reunión de ONG donde nadie escuchaba. Me vi escribiendo «Clara sin KPI» en la palma, como si así pudiera recordarme que alguna vez fui otra cosa.

¿Sabes, Blanca? A veces siento que tu voz sobre mis palabras es como una sábana blanca que cubre algo que nunca se va a usar.

¿Nos escribimos para entendernos o para no olvidarnos?

[Página arrancada del cuaderno azul de Blanca]

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6 de agosto, siempre

No hay relato neutral. Lo dijo una vez alguien que ya no recuerdo. Quizás fue Katia, la hija de Ramón Acín, que se aferraba a su cuaderno mientras las bombas caían sobre Huesca. Dibujaba una paloma. Dijo: “Mi padre compró libertad con su arte, y le dispararon por ello”. Tenía diez años. Luego escribió poesía clandestina en París.

(Fragmento de archivo encontrado en una cápsula del tiempo enterrada en Hiroshima. Año 2090.)

6 de agosto de 1936

A Ramón le fusilaron por financiar un documental. A Concha Monrás, su mujer, poco después. A sus hijas, Katia y Sol, las dejaron vivas, como si eso fuera un acto de piedad. Ellas crecieron, se convirtieron en artistas y en referentes. Sabemos que no fueron solo un eco.

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El caso del Informe Robado: Crónica de un guardia sin teorías (ni paciencia)

No soy filósofo, ni poeta, ni evaluador. Soy un tipo con gorra, porra y poco café. Me llamo Eusebio y soy el guardia de seguridad del Gran Tribunal Evaluativo de Ciudad Métrica. Mi trabajo es sencillo: que nadie dispare, escupa, ni saque encuestas sin licencia. Pero aquel día… aquel día fue distinto.

Había desaparecido un Informe Final.

Sí, el “Informe Final de Evaluación del Programa Intermunicipal de Fortalecimiento de Capacidades para la Prevención Participativa Basada en Evidencia con Enfoque de Derechos y Género Transversalizado”.

Una joya, según los expertos. Según yo, un tocho de 213 páginas con anexos y sin alma.

A las 09:07 entraron tres personas que no parecían saber qué hacer con sus manos. Eran los tres evaluadores estrella, convocados para resolver el crimen. Tres métodos, tres egos, y una taza de té matcha sin azúcar compartida entre ellos (por protocolo ético, dijeron). Mi instinto me dijo que aquello iba a oler a pie y epistemología.

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El Cuaderno Azul

Blanca lee lo que ha escrito. No recuerda cuándo empezó esa costumbre. Cree que fue después de la última vez que su hijo no volvió. Desde entonces escribe cada noche. Es su modo de respirar sin hacer ruido.

En esas páginas se repite un nombre: Marco. A veces fue un amigo, otras, un amante que nunca tuvo. Su sombra. Su personaje. Marco le habló una noche, en sueños, y le dijo que nada era real, ni siquiera el dolor que arrastra desde niña.

Marco aparece en todas sus historias. A veces es un pianista ciego; otras, un taxista que busca una calle que no existe. Siempre busca. Siempre se va.

Blanca cierra el cuaderno. Se pregunta si Marco fue su forma de decir “yo” sin que doliera tanto. Tal vez por eso le llaman inmadura: por no saber ponerle nombre al vacío, por preferir el lenguaje torcido del símbolo al grito directo.

Quizás Marco sí existió, y al escribirlo tanto, se le fue de las manos. Como su reflejo, como sus certezas.

Mañana volverá a escribir. No para encontrarse – esa idea le parece ya ingenua -, sino para sentir que algo dentro de ella, aunque sea Marco, sigue latiendo.

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No estás aquí para rendir(te)

Una historia sin índice de rendimiento o desempeño, pero con un cuerpo y un alma que piden existir.

Esto no es un diario. Es un espacio seguro con tintes de vómito sin gramática, pero con sentido.

Clara, 3:17 a.m., cuaderno azul

I. Clara, la no siempre útil

Clara sabía que no lo había hecho todo tan bien.

Formación internacional, cooperación en zonas rojas, artículos leídos por nadie y deseada por todos los que sólo miraban su currículum, sin detenerse nunca a preguntarse quién era realmente (y durante mucho tiempo, ella también deseó ser querida por ese tipo de personas: las que brillaban en los eventos, las que sabían hablar de cambio con voz firme y sin pausas; hasta que entendió que muchas de ellas eran las menos capaces de ver o sostener lo que de verdad dolía).

Sus días eran una tabla de Excel emocional: proyectos, camas, países, KPI de empatía siempre en rojo.

Pero cada noche, el silencio se le deslizaba por los tobillos.

Apps de citas abiertas, documentos sin cerrar, un amor que siempre fue más trabajo que alivio.

 Puedes leer sobre aquella jornada en La Voz Clara, donde narra cómo abandonó la reunión en Etiopía;

y también en Claro defrauda, donde reflexiona sobre sentirse impostora en su propia vida.

Clara intuyó que ese vacío no se curaría desde la productividad.

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Lo que queda al escribir

Lo que queda al escribir

Lee lo que ha escrito. No recuerda cuándo empezó esa costumbre. Lo hace desde niño. Es gracias a eso que pudo escribir sobre el día que su hijo dejó de visitarlo, o cuando Marco —su amigo, su sombra, su personaje— se le apareció en un sueño y le dijo que todo era ficción, incluso su dolor.

Marco aparece en todas sus novelas. A veces es un pianista ciego, otras, un taxista obsesionado con los mapas. Siempre busca algo. Siempre termina solo.

El escritor cierra el cuaderno. Se pregunta si alguna vez existió Marco, si acaso no fue una invención suya para no nombrarse. Quizás lo llaman inmaduro porque habla de sí mismo en tercera persona.

O tal vez Marco era real, y al escribirlo tantas veces, lo perdió en la maraña de ficción. Como a sí mismo.

Mañana volverá a escribir. No para encontrarse —sabe que eso ya no es posible—, sino para saber y sentirse que está vivo.

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 Confesión póstuma de Aristófanes, humorista de cuarta

A quien le interese:

Yo, Aristófanes, autor de comedias memorables que nadie cita en las bodas, confieso que amé a Aspasia. Y no como se ama una estatua. Sino como se admira un terremoto: con miedo, deseo y el estómago encogido.

Diálogo con Aspasia (o lo que recuerdo de él)

“¿Y tú qué haces además de burlarte de los demás?”, me dijo. No sé si lo dijo de verdad. En mi memoria suena así. Yo tenía un chiste preparado sobre Sócrates con túnica corta, pero me lo tragué como todo lo valioso que nunca dije.

Ella hablaba. Yo escribía. A veces para alabarla. A veces para herirla. Eso no me absuelve: los comediantes también usamos el escenario como espejo y cuchillo.

Mi hijo me pregunta si soy feliz

Me pidió que puntuara mi felicidad del 1 al 10. Le dije que 7. Mentí. No por orgullo, sino por cansancio. Y porque él cree que soy filósofo. No se entera de que la gente como yo no llega al podio, sólo a las notas al pie.

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