
No sabría decir cuándo empezó a resquebrajarse lo que habíamos defendido como sagrado. No sabría decir cuándo empezó a resquebrajarse lo que habíamos defendido como sagrado. Quizá fue una mañana cualquiera, mientras discutíamos por cosas en apariencia triviales, pero en el fondo decisivas, como quién debía bajar la basura, como si ahí se jugara la autoridad del hogar. Íñigo decía que en la pareja tradicional alguien guía y el otro acompaña. Yo acabé pensando que más bien era un desfile militar: marchábamos juntos, sí, pero esperando que el otro perdiera el paso primero.
Nos conocimos defendiendo causas que creíamos indestructibles. Coloquios sobre la nación, tertulias en peñas taurinas, cenas con Rioja en copas gruesas, mañanas de cañas con Mahou y tapas de chorizo, discusiones sobre Sin perdón de Clint Eastwood o los boleros de Sabina, y alguna madrugada con Y viva España de Manolo Escobar sonando de fondo. Íbamos contra todo: el comunismo, la demagogia progre de plató, las banderas multicolor en los balcones, los grafitis en las fachadas recién pintadas, el impuesto de sucesiones y —mi favorita— nuestra propuesta de declarar patrimonio de la humanidad la tortilla de patatas con cebolla y abolir la siesta de los funcionarios. No nos bastaba preservar lo que teníamos: queríamos que el mundo nos diera las gracias por mantenerlo firme.







