
Estaba yo sentada en un banco del parque, hojeando un librito de evaluación de la cooperación internacional como quien repasa un menú de tapas: con un interés fingido, sabiendo que al final siempre pedirá lo mismo.
Me encontré con Edgardo, o me encontró Edgardo a mí, en el parque.
Me vio, me invitó a pasear con él hasta el estanque de los cocodrilos y en el camino me dijo:
—Clara, ¿tú eres escritora, evaluadora o cooperante?
Edgardo siempre suele hacer ese tipo de preguntas. Preguntas que parecen no ir a ninguna parte, pero de las que luego se puede sacar mucho partido. Yo, que ese día me sentía más ficción que carne y hueso, le contesté que era ambas cosas. O ninguna. Según soplara el viento. Edgardo frunció el ceño, como si le hubiese dado una respuesta en latín.
—¿Hay mucho escritor frustrado ?—me preguntó o más bien me advirtió con tono de experto.
Tuve que corregirle:









