
Encontré el cuaderno en una biblioteca de Palma de Mallorca, en una habitación que olía a sal y madera vieja. Lo curioso es que yo había ido allí para documentarme para escribir un ensayo titulado Mujeres que decidieron no seguir escribiendo.
Siempre he pensado que las habitaciones cerradas se reconocen entre sí.
El cuaderno no estaba firmado. Llegó a mí por una cadena de casualidades mínimas: esa mañana había entrado en una librería de viejo para refugiarme de la lluvia; tomé al azar un libro subrayado sobre la Guerra Civil; dentro encontré una nota suelta que mencionaba a Matilde Landa; el librero, al oír mi interés, me habló de una biblioteca en Palma donde, según dijo, “a veces aparecen papeles”. Si hubiera elegido otro portal para guarecerme, otra calle, otro libro, quizá nada de esto existiría. Mi vida no avanza por decisiones sino por accidentes.
En la primera página alguien había copiado un verso de Sylvia Plath:
“Dying
Is an art, like everything else.”
Debajo, con otra letra, aparecía una frase atribuida a Matilde Landa:
“No reniego de mis ideas.”
El contraste me pareció demasiado perfecto. Sospeché que el autor del cuaderno —quizá un profesor jubilado, quizá un poeta inglés de paso por España— estaba intentando demostrar algo.
O quizá el cuaderno me estaba esperando. Auster diría que el azar no es más que una forma discreta del destino. Yo prefiero pensar que es un error en el sistema, una grieta por la que dos biografías que nunca se tocaron empiezan a rozarse.
Algunas mujeres escriben poemas; otras escriben su final.
El manuscrito mezclaba notas sobre el viaje de Plath y Ted Hughes por Benidorm y Madrid con informes sobre la prisión de Palma. El autor insistía en una idea fija:
España fue para unos un viaje; para otras, una última habitación.
No afirmaba que se hubieran encontrado. Solo sugería que, durante aquel viaje al sur, Plath pudo oír la historia de una mujer republicana que se arrojó desde una galería interior para no ceder. No importaba si era cierto. Importaba que era verosímil.
Lo verosímil, pensé, es una forma sofisticada del azar. Creemos que algo “encaja” cuando en realidad solo estamos tejiendo hilos sueltos para no aceptar que el mundo carece de argumento.
En medio del cuaderno aparecía un diálogo imposible.
—¿Es el final una elección? —pregunta Sylvia desde una cocina inglesa, en invierno.
—Es lo único que no pueden arrebatarte —responde Matilde desde su celda luminosa en Mallorca.
—“Out of the ash / I rise…” —murmura Sylvia, citándose como si todavía no supiera que esas palabras existirán.
—Yo no reniego —dice Matilde—. Y calla.
Ambas parecen comprender que el encierro adopta formas distintas: el matrimonio, el canon, la prisión, la Historia.
Ambas intuyen que el descenso no siempre es caída, que a veces es un modo de conservar la verticalidad.
Entre las páginas encontré anotaciones sobre Ted Hughes. No se lo nombraba directamente. Solo se hablaba de “el superviviente”, “el que ordena papeles”, “el que controla versiones”. El cuaderno insinuaba que siempre hay alguien que archiva los restos de una mujer.
Me pregunté entonces si yo también estaba siendo archivado por el azar. Si leer aquel libro, entrar en aquella tienda, llegar a esa biblioteca en Palma no eran más que movimientos invisibles de una trama que desconozco. Tal vez este ensayo —que empezó como una curiosidad académica— termine desviando mi vida hacia un territorio que todavía no alcanzo a imaginar.
Yo, mientras tanto, tomaba notas. Empezaba a sospechar que el autor del manuscrito podía ser yo mismo, años atrás, o años después. En Palma el tiempo no avanza: desciende.
La última página decía:
Toda biografía es un intento de domesticar una caída.
Añadí, casi sin darme cuenta: “Y todo hallazgo es una forma de extravío”.
Cerré el cuaderno. Afuera brillaba el sol. Pensé que quizá mi ensayo no debía tratar sobre mujeres que dejaron de escribir, sino sobre mujeres que transformaron el silencio en una forma última de autoría.
En el fondo, mi libro —como el cuaderno encontrado— no era más que otro intento masculino de ordenar la oscuridad de habitaciones que no me pertenecen.
Y comprendí, con una claridad incómoda, que las habitaciones cerradas no se abren: se reconocen.
Y que el azar, como la muerte, es un arte que se practica sin saberlo.
