Peor Resultado Imaginable

El taller se llamaba “Making Space with TRIZ.
Clara pensó que, por fin, alguien iba a mover las mesas para hacer espacio real.
Tenía razón: lo primero que hicieron fue reacomodar las sillas en círculo. Después, votaron el nombre del subgrupo encargado de documentar el proceso de reacomodo.

La consigna era simple:

“Hagamos una lista de todo lo necesario para lograr el peor resultado posible.”

Risas, marcadores, papelógrafos.
Un técnico propuso: “Duplicar los informes, triplicar las reuniones y enviar correos sin asunto.”
Aplausos.
Alguien anotó: “Asegurarse de que nadie lea las actas, pero que todos las firmen.”
Ovación.

TRIZ, decía el facilitador, era destrucción creativa.
Clara lo entendió enseguida: estaban destruyendo la creatividad con método.

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El dormilón de Siete Picos

Esto no es un cuento. Es una resaca con pretensiones de parábola.

Y si alguien busca moraleja, que la busque en los escombros.

Yo no soy narrador: soy la voz que se quedó hablando mientras España dormía.

Irving tuvo a Rip Van Winkle. Nosotros tenemos a Julián Pérez, tipógrafo, comunista y madrileño.

1. Madrid, 1930

El rey todavía sonríe en los retratos, pero nadie cree en él.

Primo de Rivera ha caído, y el país respira con miedo, como si se hubiera despertado en mitad de un incendio que aún no empieza.

En las tabernas de Lavapiés se murmura más que se habla: “Esto no aguanta mucho”.

En las paredes aparecen pintadas con tiza: ¡Viva la República! —que al amanecer borra la Guardia Civil con cal viva.

En el Ateneo se discute bajando la voz, Lorca declama versos sobre libertad, y los obreros imprimen panfletos que prometen un país sin curas ni patrones.

Julián, tipógrafo y militante del Partido Comunista de España, cree que el futuro ya está asomando la cabeza.

En su taller, entre plomo y tinta, huele la promesa de una revolución que aún no tiene fecha.

Un domingo se escapa al Camino Smith, en los montes de Siete Picos, buscando un respiro.

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Clara en tres actos (sin dirección conocida)

[Acto I: Teatro]

La entrada costó casi lo mismo que ver un espectáculo en Broadway, aunque sin alfombra roja ni actores seguros de sí mismos.

Un tranvía llamado deseo, versión tropical. Stanley con acento centroamericano, Blanche intentando proyectar la voz mientras el micrófono chisporrotea. Una puerta del decorado tapa media escena y el aire acondicionado congela hasta los pensamientos. El teatro al veinte por ciento de su capacidad.

—No saben poner las manos —dice Lucía.

—Y tampoco se parece a Marlon Brando —añade otra—, a este Stanley no se le puede mirar con deseo.

—Tienes los estándares demasiado altos —responde Clara, que lleva una libreta en la falda y apunta: las manos importan, pero menos que el deseo.

Al final de la función salen a fumar. Todos menos Clara coinciden en que la obra es un desastre: pretenciosa, forzada, de teatro universitario.

Al día siguiente, leen una crítica entusiasta en el periódico. La obra, dice el columnista, es “una metáfora del alma contemporánea”. Clara sonríe: confirma la teoría de Lucía —el nivel del teatro local es bajo, pero el entusiasmo sigue alto—.

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Nombrar el dolor sin banderas

Tenemos un grupo de WhatsApp de los del cole: fotos viejas, recuerdos de los ochenta, buenos deseos, muy buenas reuniones esporádicas y mucha empatía.

Esta semana, uno de nosotros compartió un vídeo: una entrevista a una madre y psicóloga desde Gaza.

Uno del grupo comentó que el chat no era un foro para temas políticos; el que lo había puesto se disculpó por haber molestado, aclarando que no era su intención.

Todo quedó ahí, envuelto en un silencio educado.

Un silencio de esos que no suenan, pero pesan.

El tipo de silencio que se instala cuando una palabra —Gaza, Siria, Yemen, Congo— deja de ser un lugar y se convierte en una bandera.

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Actas de conversión en San Felipe de Portobelo

(Bahía cerrada, cerros empinados, manglar hasta la rodilla. Día 29 de septiembre de 1602. El escribano certifica que el papel suda.)

[Bitácora de Clara, regreso en bus]

El muelle de Portobelo hoy es selfie y ceviche, pero bajo el brillo oigo la contabilidad vieja. En el Museo de Panamá Viejo las piedras siguen oliendo a incendio. Repito los nombres como un rosario: San Jerónimo, San Fernando (Baja, Alta y Cima), Santiago de la Gloria, San Cristóbal, Buenaventura, La Trinchera; en la boca del Chagres, San Lorenzo. Las ruinas me miran como si todavía cobraran peaje.

[Foja 1, 1602: Apertura]

Digo que antes el puerto fue Nombre de Dios y que el nombre se cansó. Digo que hoy se llama San Felipe de Portobelo y huele a brea, resina, lona mojada. Lo vivo se convierte en dato cuando toca tinta: esa es la doctrina.

[Bitácora]

Pisé el Camino Real (piedra, hormiga, sudor) y miré el desvío del Camino de Cruces por el Chagres hasta Venta de Cruces. Todo late como prólogo material de un canal soñado siglos atrás.

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Conversaciones y (des)encuentros

En respuesta a El tiempo prestado, mi amigo Edgardo —quien parece haberse vuelto ya un habitual en estas páginas— quiso aportar su propia mirada y me pidió a mí —a Clara— escribirla él mismo. Yo, complacida y con humildad por contar con una personalidad de su talla entre estos relatos, acepté su propuesta y le abrí el espacio como autor invitado.

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Por Edgardo / Ernesto / E. Celades

Salí a pasear esta tarde hacia el estanque de los cocodrilos, con la idea de volver a encontrarme con Clara. Yo, como los niños, que buscan patrones donde solo hay casualidades. No la vi por ninguna parte. Ni a ella, ni a los cocodrilos. Lo más parecido a reptiles que había por ahí eran dos adolescentes con sus lenguas tan enganchadas que ni los lagartos de V. Y estoy (casi) seguro de que ninguno de esos púberes era Clara.

Decidí seguir con mi paseo, de todas formas. Venía de rumiar en mi cabeza varios latinajos que tenía preparados en caso de volver a verla. Aunque no abuso del refranero ni del latín, preguntando se llega a Roma. Había estado dudando entre soltarle un per aspera ad astra (que siempre da juego para reflexionar por dónde andamos en la vida) y algún juego de palabras con delenda est Cartago (¿delenda est Naciones Unidas?), pero en mi soliloquio me decanté por un tempus fugit, como estaba siendo mi caminata.

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Manual de Inducción para Expatriad@s

Bienvenidos a la Zona del Canal, 1940” —dice Tía Sam. No sonríe: muestra los dientes. La mueca viene de un archivo militar, no de un catálogo. Postales que vendían prosperidad al precio del silencio.

Todos la siguen: seis expatriados que llegaron juntos, tres más que se sumaron. Clayton, como siempre, es un eco: aislamiento con aire acondicionado.

Desde su podio improvisado dicta la coreografía de pertenecer:

“Step one: repitan conmigo We belong.

Step two: renuncien a cuestionar la propiedad.

Step three: sonrían, aunque afuera todo se derrumbe. (¿Ya lo hizo? Perfecto, ya está dentro.)”

[Nota al lector: usted, especialmente si trabaja en Clayton en una Oficina Regional, también lo acaba de pronunciar, aunque no lo quiera.]

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Una comida (posiblemente) divina

Yo, Clara, narradora, debería empezar aquí, pero no empiezo. Porque ¿quién demonios empieza una historia en el restaurante? (Mala narradora: empiezo en la oficina, siempre en la oficina, donde fingimos que algo ocurre).

Fragmento 1: Preludio al hambre

Edgardo dijo que no podía venir porque tenía que trabajar. Ironía de las gordas: todos trabajamos fingiendo que trabajamos. Luis hacía scroll infinito en Excel, Sandro tuneaba un PowerPoint condenado a la papelera y yo redactaba un correo que jamás enviaría. El verdadero menú era el simulacro de productividad, servido a diario y recalentado hasta el aburrimiento.

Fragmento 2: La fuga

Blas se ofreció a llevarnos en coche. Lo importante no era el trayecto, sino la frase con la que nos enganchó en la narración: “Venga, Clara, tápame con el paraguas”. ¿Quién es Clara? ¿Yo, tú, el lector? Da igual. Figurante de lujo.
Destino: un japonés. Aunque Luis, traidor de las tramas lineales, se desvió para comprar sopas instantáneas.

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El tiempo prestado

Estaba yo sentada en un banco del parque, hojeando un librito de evaluación de la cooperación internacional como quien repasa un menú de tapas: con un interés fingido, sabiendo que al final siempre pedirá lo mismo.

Me encontré con Edgardo, o me encontró Edgardo a mí, en el parque.

Me vio, me invitó a pasear con él hasta el estanque de los cocodrilos y en el camino me dijo:

—Clara, ¿tú eres escritora, evaluadora o cooperante?

Edgardo siempre suele hacer ese tipo de preguntas. Preguntas que parecen no ir a ninguna parte, pero de las que luego se puede sacar mucho partido. Yo, que ese día me sentía más ficción que carne y hueso, le contesté que era ambas cosas. O ninguna. Según soplara el viento. Edgardo frunció el ceño, como si le hubiese dado una respuesta en latín.

—¿Hay mucho escritor frustrado ?—me preguntó o más bien me advirtió con tono de experto.

Tuve que corregirle:

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La pizza como sacramento e identidad

Llegamos primeros al restaurante porque éramos los que vivíamos más lejos. Misterios de la vida latina: cuanto más lejos, más puntual. Alicia —mi amiga, evangelista de la autenticidad italiana con entusiasmo talibán— me sonrió como quien exhibe un trofeo humano. Yo, el español. Luc, el belga. Dos anomalías en el álbum Panini de sus amistades.

El restaurante estaba en una ciudad centroamericana de cuyo nombre no quiero acordarme, y que en este momento, aquí y ahora, tampoco importa: para los italianos era un Vaticano sin Papa pero con mozzarella. Cada domingo se reunían para juzgar un restaurante distinto, como si la ciudad fuese la sede de una Copa del Mundo perpetua. No había notas. No había puntuaciones. Todo oral, litúrgico, medieval, casi inquisitorial, transmitido como esas historias de abuelos que nadie contrasta en Wikipedia.

Aquella noche había más perdidos en la sala: una venezolana simpática, con esa dulzura militante de quien te hace sentir acompañado hasta en el silencio, y una cubana alegre, que reía a carcajadas como si todo fuese un chiste secreto al que nosotros nunca llegaríamos. Las dos nos miraban con complicidad: minoría étnico-culinaria. El club de los no-italianos, versión tropical.

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