Renacer en el sur

Clara emprendió un viaje a Córdoba el 31 de diciembre de 2024. La niebla densa del camino en coche ocultaba el paisaje, reflejando la confusión de su vida. Solo al regresar, el 1 de enero de 2025, la niebla se disipó, revelando los olivares y la belleza del parque natural de Despeñaperros.

En Córdoba, Clara deambuló por las calles de la parte antigua, sintiendo el peso de la historia. La Mezquita, majestuosa y silenciosa, la acogió en su reflexión sobre el pasado, presente y futuro. Sacó fotos de escenas significativas, pensando en la cantidad de imágenes y textos acumulados sin interpretar.

Decidió que 2025 sería su año, el año en que se desmontaría y volvería a montar. Recordó las Navidades del pasado, eternas en comparación con las del presente. Su vida como cooperante había sido tan diferente a la de sus padres, ambos funcionarios con puestos fijos. Menos estable y menos llena de rituales.

Mientras caminaba por Córdoba, Clara sintió una mezcla de nostalgia y esperanza. Sabía que la vida era más fácil sobre el papel que en la realidad, pero también sabía que tenía la fuerza para enfrentar lo que viniera. Con una sonrisa, se prometió a sí misma que haría de 2025 un año memorable.

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Escritura encontrada

Clara encontró su casa asaltada y robada. Sus pocas joyas habían desaparecido. Sus cuadernos, esparcidos por el suelo, parecían gritarle desde sus páginas abiertas. Se agachó y comenzó a leerlos.

En ese momento, Clara se recordó a sí misma que, por encima de todo, sabía escribir. Escribir. Escribir sobre escribir. Escribir sobre el paso del tiempo.

Sobre esas mismas sensaciones, complejos y miradas que habían sido hace 5, 10 y 15 años, porque estaban escritos, no en mármol, no a fuego, pero con un trazo legible, desde el corazón.

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Reflexiones en torno al MAC

Clara escribía en su cuaderno, buscando en las palabras un refugio para sus pensamientos errantes. Diciembre llegaba como Sísifo con su piedrita, empujando el año hacia su inevitable final. Era un buen momento para darse cuenta de que sus buenas intenciones eran eso, buenas intenciones. Aunque siempre quedaba esa duda: «¿Y si sí, y si este año es de verdad el año…?»

El tiempo pasaba más rápido a partir de cierta edad, y Clara sentía que se iba dando por perdida, ya no creía en el cambio. Empezaba a considerarse un poco marginal, una observadora en los márgenes de una sociedad que seguía su curso sin ella. Aceptar el pasado, aceptar el presente, esperar el futuro, se repetía como un mantra.

En su visita a Lyon, Ignacio le había dicho que buscara una afición que la alejara de la tristeza. Siguiendo su consejo, fue a ver la exposición bienal de arte contemporáneo del MAC de Lyon. Mientras recorría las salas, pensaba en su padre, que fue artista, y en la cantidad de personas que dedicaron su vida al arte, que se empeñaron y empeñaron. Como a ella con su arte, aunque no supiera bien como definir, eso. Se le ocurrió ir al MAC sin sus gafas, no era una especie de experimento para ver el arte de una manera diferente, simplemente era muy típico en Clara, se le habían olvidado.

Entre las obras de artistas como Daniel Buren, Marina Abramović y Anish Kapoor, Clara se dio cuenta de que tal vez sus relaciones podrían ser más sanas, y que hacía tiempo que debía haber tomado decisiones sobre ello. La claridad de esa revelación la golpeó con fuerza.

De regreso a casa, la sorprendieron sin billete en el tranvía. Una controladora, que tenía aire de ser de origen magrebí, con una mirada compasiva, decidió no sancionarla por ser extranjera, dándole una nueva oportunidad. Clara sintió una mezcla de vergüenza y gratitud, pero sobre todo, un destello de esperanza. La humanidad todavía tenía bondad y esperanza, y quizás, solo quizás, ella también.

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¿Qué seríamos sin nuestr@s grandes escritor@s de ficción?

Imaginemos un mundo donde los grandes escritores de ficción nunca tomaron la pluma. ¿Qué habría sido de Julio Cortázar si, en lugar de escribir «Rayuela», hubiera sido un profesor de literatura atrapado en la rutina académica? ¿O de Roberto Bolaño, si se hubiera conformado con ser un vagabundo eterno, sin plasmar sus «Detectives salvajes» en el papel? ¿Qué habría sido de Samuel Beckett si, en lugar de escribir «Esperando a Godot», hubiera sido un oscuro funcionario en una oficina gris? ¿O de Italo Calvino, si se hubiera conformado con ser un ingeniero, calculando estructuras en lugar de tejer «Las ciudades invisibles»?

¿Habrían resistido otra clase de oficio? La escritura, para muchos de ell@s, no era solo una profesión, sino una necesidad vital. Sin embargo, ¿habrían sido más felices en otras ocupaciones? La felicidad es esquiva y no necesariamente se encuentra en el éxito literario. Tal vez Cortázar habría encontrado paz en la enseñanza, o tal vez no. Tal vez Woolf habría encontrado satisfacción en la lucha social, o tal vez no.

El mundo sin estos escritores sería un lugar más pobre en imaginación y reflexión. Sin Italo Calvino, no tendríamos «Si una noche de invierno un viajero» para perdernos en sus laberintos narrativos. Sin Elena Ferrante, la literatura contemporánea carecería de su aguda exploración de la identidad y la amistad femenina. Sin Haruki Murakami, no tendríamos sus mundos oníricos y surrealistas. Estos autores nos han marcado profundamente, no solo por sus historias, sino por la manera en que nos han hecho ver el mundo. La literatura, al final, es un espejo de nuestra humanidad, un reflejo distorsionado pero revelador de nuestras propias vidas.

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Claro fraude

Clara se sentó en su escritorio, el cuaderno azul abierto frente a ella, y comenzó a escribir. Su mano se movía con rapidez, como si las palabras fluyeran directamente desde su alma. Reflexionaba sobre su vida, una vida que, aunque intensa, no siempre había sido honesta consigo misma. Los grandes agujeros de honestidad la perseguían, y en ese momento, decidió enfrentarlos.

Clara se veía a sí misma como un fraude, una impostora en su propia existencia. Pero, ¿era realmente así? ¿O era solo una percepción distorsionada por sus propias inseguridades? Buscó un sinónimo para «fraude» y encontró «engaño». Pero la palabra no le parecía adecuada. No era un engaño, era una lucha interna, una batalla constante contra sus propios demonios.

En su cuaderno, Clara escribió sobre la autenticidad, la felicidad y la amistad. Recordó a sus amigos, aquellos que habían estado a su lado en los momentos más oscuros y en los más brillantes. La amistad era un tema recurrente en las novelas que leía y que escribía, y Clara se dio cuenta de que, a pesar de todo, no estaba sola. Sus amigos eran muy importantes.

En un momento de introspección, Clara se preguntó cómo podía ser digna de su compasión a pesar de considerarse un fraude. La respuesta no era sencilla, pero sabía que la clave estaba en aceptar sus imperfecciones y aprender a vivir con ellas y aprender a amar y vivir el mundo sin importar lo que el mundo sientiera por ella. La felicidad no era un destino, sino un viaje, y Clara estaba dispuesta a recorrerlo, aunque no completamente convencida de encontrar su personal sentido, de resolver todos los engaños.

El final de su reflexión no fue un susurro de esperanza, sino un grito silencioso de determinación desesperada. Clara entendió que la vida no siempre ofrece redención, pero en la aceptación de nuestra propia vulnerabilidad encontró algo de fuerza. La felicidad, quiso intuir, no es un faro en la distancia, sino una chispa que se enciende en algunos rincones más oscuros de nuestro ser. Y con esa chispa, Clara decidió iluminar su camino, aun temiendo de lo frío y duro que pudiera ser.

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Encuentro en el Café de las Letras

Blanca, amiga de Clara y estudiante de doctorado en literatura comparada, se encontraba inmersa en su tesis sobre los estilos de novela de ficción que triunfan en Estados Unidos y España. Decidieron encontrarse en el Café de las Letras, un lugar acogedor en la zona de Bilbao, Madrid, conocido ahora más por su carácter popular y nocturno más que por su pasado ambiente literario y sus tertulias.

Mientras Clara, llegaba al café, Blanca reflexionaba sobre su investigación. En Estados Unidos, los géneros de misterio, thriller y crimen dominaban las listas de bestsellers. Autores como Donna Tartt con «The Goldfinch» y Jonathan Franzen con «Freedom» capturaban la atención de los lectores con tramas intrigantes y personajes complejos. En contraste, en España, la novela histórica y la ficción literaria eran los géneros más apreciados. Escritores como Almudena Grandes y Javier Marías exploraban el pasado y la condición humana con una profundidad y un estilo únicos.

Clara llegó y, tras los saludos, comenzaron a hablar de sus respectivas luchas. Clara compartió cómo su trabajo humanitario en zonas de conflicto requería una gran resiliencia. «A veces, parece que el mundo se desmorona a nuestro alrededor, pero seguimos adelante más por supervivencia, porque no sabríamos qué hacer de otra forma, que porque pensemos que nuestra labor es importante», dijo Clara con una sonrisa cansada pero decidida.

Blanca asintió, comprendiendo perfectamente. «Hacer una tesis también requiere resiliencia. Pasamos horas investigando, escribiendo y reescribiendo, enfrentándonos a críticas y dudas constantes. Pero al final, el esfuerzo vale la pena.»

Hablaron sobre cómo ambos trabajos, aunque diferentes, compartían la necesidad de perseverancia y pasión. Blanca mencionó cómo los autores que estudiaba también reflejaban estas cualidades en sus obras. «Tanto en Estados Unidos como en España, los escritores muestran una profunda comprensión de la complejidad humana y la lucha por encontrar sentido y felicidad en medio del caos.»

El café se llenó de gente y de sonidos y risas mientras discutían sobre la vida, la humanidad, la literatura y la resiliencia. Decidieron que, el próximo fin de semana, podrían visitar el Museo de Arte Reina Sofía, aprovechando la bienal y la cercanía al parque del Retiro, para continuar sus conversaciones en un entorno inspirador.

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La Voz Clara

Clara recordaba aquel periodo como trabajadora humanitaria especializada en seguimiento y evaluación, cuando se encontraba en una crucial reunión para decidir el futuro del programa en Etiopía. Mientras observaba a sus colegas, notó con frustración cómo cada uno parecía más interesado en exponer sus propias ideas que en escuchar a los demás. Las voces se superponían, creando un caos de opiniones sin dirección ni propósito.

Reflexionó sobre la ironía de la situación: un grupo de profesionales comprometidos con el bienestar de otros, incapaces de practicar la empatía y la escucha activa entre ellos. Clara sabía que la clave para el éxito del programa residía en la colaboración y el entendimiento mutuo, pero en ese momento, todo parecía perdido en un mar de egos y distracciones.

Finalmente, Clara decidió intervenir. Aunque nerviosa por dentro, con voz firme pero calmada, dijo: «Colegas, creo que hemos perdido el rumbo. Nadie está escuchando a nadie. Si queremos tomar una decisión informada y efectiva para el futuro de nuestro programa en Etiopía, necesitamos empezar por escucharnos unos a otros. Solo así podremos construir sobre las ideas de todos y encontrar la mejor solución.»

Sus palabras crearon un silencio momentáneo en la sala y, sin ninguna respuesta, se pasó a otro tema de la reunión. Sin embargo, Clara notó las miradas de desaprobación de algunos participantes, especialmente aquellos con más experiencia y pero tambien con más ego en la organización. Sentía que su intervención no había sido bien recibida por todos, y la tensión en la sala aumentó.

Desanimada, Clara se preguntó si debía callarse y seguir adelante. Pero al final, decidió que no podía seguir en un entorno donde su voz no era valorada. Con una mezcla de tristeza y determinación, Clara se levantó, recogió sus cosas y abandonó la reunión. Poco después, tomó la difícil decisión de dejar la organización y regresar a su hogar en Argentina, buscando un lugar para reflexionar y decidir qué hacer con su vida.

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Claroscuro

Clara escribe en su diario ideas que se repiten cuaderno tras cuaderno. Estas ideas le muestran que sus estados de ánimo son cíclicos, pero también le recuerdan su capacidad de reflexión. Se pregunta qué pasaría si alguien encontrase sus cuadernos, aunque sabe que eso no ocurrirá.

A veces se imagina como profesora en un colegio rural, disfrutando de la tranquilidad y la conexión con la naturaleza, aunque también presiente que no podría vivir sin la emoción de trabajar en otros países y conocer nuevas culturas. Sus días pasan rápido, llenos de pequeñas alegrías y desafíos, aunque a veces sus libros preferidos quedan sin leer y sus queridos amigos y amigas sin contactar.

Reflexiona sobre cómo algunas vidas son relevantes y se examinan al detalle mientras otras pasan desapercibidas. Hay quienes son felices con poco y otros infelices con mucho; ella se siente en un viaje hacia la felicidad, aprendiendo a valorar lo que tiene. Lucha con su monstruo interior, pero también reconoce su fuerza y su capacidad de superación. Su amiga Arisa le ha aconsejado acudir a un psicólogo, y Clara ve esto como una oportunidad para crecer.

Ha anotado varias veces las palabras «autocompasión» y «monstruo interno». A veces escribe cuentos sobre temas y problemas que le interesan, con la ambición de resolverlos, y aunque no siempre encuentra soluciones, disfruta del proceso creativo. Siente que sigue esperando, como hace treinta años, a que llegue algo. Y de vez en cuando anota que ese algo ya ha llegado: es ella misma, y está en constante descubrimiento.

La idea de la mejora continua la motiva, y aunque a veces siente que está estancada, sabe que cada paso, por pequeño que sea, es un avance. Se pregunta si otros también se sienten atrapados en sus propias sombras, pero decide enfocarse en las cosas que le hacen bien: la música, caminar por cualquier sitio, leer y, por supuesto, escribir. Escribir a amigos, a sus propios pensamientos, o a su yo del futuro,, sobre lo humano, lo divino y lo prohibido, le da una sensación de paz y propósito.

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Claro reflejo

Clara, recién llegada de su viaje, se instaló rápidamente en su rutina diaria en la ONGD, pero su mente seguía vagando por los rincones oscuros de su alma.

En su pequeño apartamento, Clara se enfrentaba a su soledad. Sabía que sus penas no provenían de un mal ajeno, sino de algo más cercano, algo que la había acompañado siempre. No era casualidad que atrajera los golpes; se veía reflejada en las mujeres maltratadas que una y otra vez atraen la violencia. La palabra «terminus» rondaba su cabeza, pero no podía permitirse caer en la desesperanza.

Clara decidió que debía poner fin a su pena. Reconoció que los males que la aquejaban eran sombras de deseos insatisfechos y ambiciones desmedidas, meras fachadas de lo que quiso ser y nunca fue. Sin rumbo aparente, su vida parecía una hoja en blanco, sin escribir, sin ser escritora, sin vivir.

En medio de su reflexión, Clara escuchó una canción con la palabra esperanza. Recordó las ciudades que había visitado, l@s amig@s que había hecho y las pequeñas alegrías que había experimentado. Decidió que, a pesar de ser su propio enemigo, podía encontrar la felicidad. La amistad y la solidaridad tal vez se convirtieran en su ancla.

Una noche, mientras escribía un relato, Clara sintió una liberación inesperada. Las palabras fluían como nunca antes y, con cada frase, sentía que se despojaba de un peso antiguo. Al terminar, miró por la ventana y vio la noche fría iluminada. Por primera vez en mucho tiempo, Clara sonrió con sinceridad. Había encontrado algo de su voz en mitad de aquel pozo y, con ella, una nuevo sendero. La oscuridad que la había acompañado durante tanto tiempo quizás podría comenzar a disiparse, dejando espacio a una luminosa sonrisa.

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 La escritora en blanco

Clara reflexiona sobre su carrera como trabajadora del sector humanitario mientras regresa a casa en un avión. Aunque su actual trabajo en una ONGD internacional no le satisface tanto como su otra pasión, escribir, encuentra en ambas actividades un propósito significativo. No se considera una escritora, sino alguien que quiere escribir, y eso la llena de entusiasmo. Clara piensa en lo que significa ser una intelectual en la actualidad y se siente motivada por la idea de contribuir con sus pensamientos y experiencias.

A veces, se siente atrapada en la ambición de ser una autora sin haber logrado ni siquiera ser una escritora, pero ve esto como una oportunidad para crecer y encontrar su verdadera voz. Su vida es una colección de experiencias ricas y variadas, y aunque su carga laboral puede ser abrumadora, Clara está decidida a encontrar un equilibrio que le permita prosperar tanto en su carrera como en su pasión por la escritura.

En su libreta, Clara ha anotado algunas ideas inspiradoras: quiere escribir sobre un equipo de una ONGD que enfrenta desafíos como relaciones tóxicas y contratos temporales, pero que también encuentra formas de superarlos y crecer juntos. También recuerda con cariño una excursión a un cañón, donde la lluvia constante convirtió una caminata de cinco horas en una aventura inolvidable de nueve. Mientras escribe estas líneas en el avión, siente la curiosidad de alguien sobre su hombro, lo que no sabe si interpretar como un acto voyeurista o como un acto de conexión y comunidad.

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