Nunca supo si debía llamarlo maestro o simplemente Javier, aunque en secreto, Samuel Ríos lo había llamado siempre, incluso cuando era su alumno, como quien nombra a un país lejano, una isla donde refugiarse del ruido. Ahora, muchos años después, entraba en la habitación estéril del hospital, sin saber y percatarse de que era la última visita, la definitiva.
El rostro de Javier Marías, medio oculto tras la maquinaria clínica, parecía una versión fantasmagórica de sí mismo, como si se hubiera extraviado en una de sus propias novelas. Samuel se sentó a su lado, en silencio, recordando aquellas tardes remotas en Trujillo, cuando había compartido largas sobremesas con Ray Loriga y Fátima, riendo año tras año de los mismos chistes literarios.
Recordó también, inevitablemente, «Corazón tan blanco», aquel viaje interior a la culpa y el secreto, y se preguntó si todos los secretos de Javier habrían encontrado ya reposo. O «Berta Isla», donde la espera se convertía en una forma de traición; él mismo, sentado ahora junto a Javier, ¿no estaba también traicionándolo al esperarlo demasiado tarde?
Samuel sacó de su bolso de cuero un pequeño cuaderno. No para tomar notas; Marías odiaba la impostura del cronista. Era más bien un gesto cómplice, como si los dos, sin hablar, continuaran aquella única conversación que habían mantenido desde siempre sobre la literatura, la traición y la imposibilidad de contar la verdad entera.




