
En su frío estudio en Madrid, Clara observaba la ciudad desde su ventana. Las luces de la ciudad brillaban como estrellas en la noche, recordándole los días de su juventud, cuando la vida prometía emociones y aventuras. Había recorrido las calles de la capital tantas veces y ahora, en su madurez, se encontraba a menudo reflexionando sobre el camino recorrido.
Clara había vivido intensamente. Había amado y perdido, luchado por sus ideales y enfrentado sus debilidades y algunas traiciones que la habían marcado profundamente. Recordaba a su madre, una mujer fuerte que le había enseñado a nunca rendirse, y a su padre, cuya pasión por la literatura había encendido en ella el amor por las palabras.
Sus pensamientos la llevaron a sus años como cooperante en Etiopía, Senegal y América Latina. En esos lugares, había trabajado para ONGD internacionales en planificación, seguimiento y evaluación, asegurando la calidad de la ayuda. Había visto la esperanza en los ojos de los niños, la resiliencia de las comunidades y la lucha diaria por un futuro mejor. No estaba segura si había servido para algo, y si cada país le había dejado una huella imborrable, enseñándole que la vida es una mezcla de luces y sombras, y que cada experiencia, por dolorosa que fuera, la había moldeado. Para que todo eso no cayera en el olvido se esforzaba en recordarlo, revivirlo y escribirlo.
En su escritorio, un micro relato esperaba ser terminado. Era un microcuento sobre el Empecinado, un héroe de la resistencia española contra los franceses. Clara había escrito sobre él, tratando de plasmar sus ideas, convicciones y frustraciones. Sin tener una clara idea de sus referentes, había desarrollado su escritura en base a su pasión y a sus lecturas anárquicas.





