
PRIMER ACTO: En Sabrage y otras microficciones teatrales culinarias ya vimos que la teoría no basta
Juro que lo de sabrage no es puramente académico.
O casi.
Depende de qué versión de la noche quieras creer:
—la que habla de aprendizaje,
—la que habla de resistencia física,
—la que habla de curiosidad científica,
—o la que prefiere no dejar registro escrito.
Porque si algo quedó claro tras la segunda ceremonia —sin botellitas, sin guarda corchos y sin firma iniciática, pero con dignidad intacta— es que hay conocimientos que no se adquieren leyendo.
Se practican.
Y se practican… con entusiasmo.
SEGUNDO ACTO: Botellas, coartadas y pequeñas épicas domésticas
Si en el primer acto aprendimos que la teoría no basta, en este segundo quedó claro que tampoco basta con traer buena intención.
Hace falta estilo.
Y, en algunos casos, excusas creativas.
Y entonces, como en toda teoría bien aplicada, entraron en juego las variables humanas.
El Duque decidió no traer botella.
No por descuido, sino por responsabilidad estructural: evitar el colapso del sistema.
Una autolimitación elegante… que sostuvo bebiendo con compromiso, para equilibrar cargas.
Jaqueline apareció con la mejor botella (canadiense, claro) y ejecutó un sabrage impecable con la tarjeta metálica de Enia.
Precisión, estilo… y unas tartas que merecen capítulo propio.
Mot, fiel a su línea, intentó abrir su botella con un gadget de excursionista.
El gadget no funcionó —quizá por falta de fe, quizá por limitaciones técnicas—
y acabó recurriendo a la tarjeta de Enia.
Eso sí: trajo unos choricitos que justificaban cualquier desvío metodológico.
Enia, como maestra de ceremonias, ni siquiera tuvo que abrir su botella:
la botella se rindió antes, fracturándose por la embocadura en un gesto casi místico.
Aun así, su tarjeta de sabrage siguió siendo el estándar de facto.
Y su salmón, uno de los centros gravitacionales de la noche.
Yo llevé cava catalán. Orgánico.
Funcionó bien en el sabrage —cuchillo de cocina, técnica heterodoxa—
aunque en lo organoléptico… digamos que fue más interesante que memorable.
También aporté ingredientes para sándwiches que acabaron derivando en una deconstrucción libre:
todo menos el pan, todo menos el concepto.
Ricardo, incorporación nueva, llegó con suministros de un libanés como si se preparara para un sitio prolongado.
Se jactaba de haber traído la botella más barata —y por eso quiso evitar enfrentarse a su botella, pero lo hizo como tod@s y cerró el turno del sabrage—
aplicó técnica de cuchillo carnicero… y funcionó.
A veces la eficacia no necesita prestigio.
ENTREMES: Tonificando
En un momento alguien dijo “gin tonic” como quien propone abrir un melón.
Y ya sabemos cómo acaban esas cosas.
Lo que empezó como una conversación sobre proporciones, botánicos y técnica derivó rápidamente en una sesión aplicada de alto rendimiento.
Porque sí, hay niveles:
—el que mezcla,
—el que observa,
—el que opina sin haber probado,
—y el canadiense.
Canadá merece capítulo aparte.
Porque mientras otros hablan del clima, de si hace sol o viento o de esa guerra lejana que siempre parece ajena,
Ricardo, Enia y los canadienses hablaban de gin tonics.
Con naturalidad.
Con precisión.
Con una seriedad que convertía el hielo en argumento y la corteza de cítrico en tesis.
Como si el mundo, en realidad, se explicara mejor desde una copa bien construida.
Confirmado: producen expertos silenciosos, metódicos, casi quirúrgicos… pero con una capacidad de consumo que desafía cualquier marco teórico.
Nerds del gin.
Gente seria.
Gente peligrosa.
FINAL DEL SEGUNDO ACTO: Resultados y daños colaterales
No hubo vencedores claros.
O quizá sí.
Porque, aunque nadie llevó la cuenta oficial, todos sabemos que alcanzar “casi una botella por cabeza” no es un dato: es una conclusión.
Una de esas conclusiones que no aparecen en los manuales pero que quedan grabadas en la memoria colectiva…o en lo que queda de ella al día (o tarde) siguiente.
En algún momento intenté localizar los corchos disparados.
Sin éxito.
Lo cual abre una hipótesis inquietante:
quizá ahora hay hasta cuatro “ñeques” por Ciudad del Saber caminando con un corcho alojado en algún lugar improbable de su anatomía.
La evidencia es esquiva.
Pero persistente.
EPÍLOGO (PROVISIONAL)
Dicen que los nombres de ficción protegen.
Que crean distancia.
Que permiten contar sin contar.
Habrá que ver cuánto duran.
Porque cuando una historia pide segunda parte… suele exigir también un poco más de verdad.
O, al menos, una mejor versión de la mentira. Y una tercera parte
Continuará… (si los implicados siguen reconociéndose en el espejo)
Y, de nuevo: Gracias a tod@s.
