El contenedor de Schrödinger

Blas había llegado a Tatooine como cooperante, aunque le apenaba no haber llegado como escritor.

La diferencia, pensaba, era considerable. Al cooperante lo esperaban un despacho, una tarjeta de identificación y preguntas para las que debía encontrar respuestas. Al escritor no lo esperaba nadie.

Aquella tarde estaba en un café de La Marsa mirando el Mediterráneo. En su cuaderno Converse Inc. escribió:

El escritor hace preguntas. El evaluador trata de responderlas. Ambos necesitan constancia y método.

Lo leyó dos veces.

Luego añadió:

Método para resolver este enigma que es la vida.

Lo tachó. Sonaba pretencioso.

Su contenedor llevaba doce días perdido.

No extraviado. Perdido.

Había salido de Francia con cuarenta metros cúbicos de libros, muebles, fotografías, una guitarra, tres cajas marcadas PLAYA y ciertos objetos cuya existencia Blas había olvidado hasta que empezaron a faltarle. Durante doce días nadie supo decirle dónde estaba. Unos afirmaban que en Marsella. Otros que en Radès. Según una página de internet había sido descargado en Tatooine y, según otra, viajaba de regreso a Europa.

La primera noche en su nueva casa, además, Blas se había quedado encerrado fuera.

Aquello comenzaba a parecerle el show de Truman.

Abrió el ordenador y preguntó a la inteligencia artificial:

—¿Qué relación existe entre un contenedor perdido y un hombre que no puede entrar en su propia casa?

La máquina respondió inmediatamente.

Blas cerró el ordenador sin leer la respuesta.

Ese era precisamente el problema.

La inteligencia artificial siempre tenía una respuesta.

Él llevaba cincuenta años descubriendo que las preguntas importantes carecían de ella.

En la mesa contigua, un hombre intentaba subir a una motocicleta cargando una sombrilla, dos sillas de playa y una bolsa enorme. Arrancó, sacó una mano para saludar a alguien y durante unos segundos condujo de una manera que en Europa habría requerido tres infracciones simultáneas.

Blas pensó que los tatooinos poseían una relación más indulgente con las leyes de la física.

Escribió:

Hay gente para la que todo parece fácil. Yo pertenezco a la otra especie: los que pueden transformar cambiar una bombilla en una tesis doctoral.

Entonces recordó a Tengo.

Años atrás había escrito que lo más atractivo de Tengo, el personaje de 1Q84, era precisamente su tranquilidad. Lo había escrito cuando apenas conocía a Tengo. Ahora se preguntó cómo podía uno conocer a un personaje. También se preguntó si alguien habría intentado averiguar el secreto de Murakami aplicándole un método científico.

La idea le entusiasmó.

Variables. Recurrencias. Pozos. Gatos. Mujeres desaparecidas. Mundos paralelos. Música. Soledad. Hombres que cocinan.

Murakami como base de datos, anotó.

Después pensó en Auster y en aquellos hombres con nombres que parecían pertenecer a otros hombres, personas que se buscaban hasta terminar encontrándose a sí mismas por error.

Quizá toda literatura consistiera en eso.

Equivocarse con método.

En el teléfono apareció una noticia sobre un cantante mexicano de narcocorridos asesinado después de una actuación. Unos policías lo habían detenido. Después ocurría algo confuso.

Blas no abrió la noticia.

Pensó en el síndrome de Stendhal. Después en la paradoja de Fermi. En el barco de Teseo. En la paradoja de la elección: cuantas más posibilidades tenemos, más difícil resulta elegir. Después en Interstellar. Después en la muerte.

Hizo un experimento.

Cuando muera, ¿cómo me recordarán?

Esperó.

El mar continuó allí.

Dos adolescentes saltaron desde unas rocas.

La motocicleta de la sombrilla pasó nuevamente en dirección contraria.

Blas escribió una segunda pregunta:

¿Y si pudiéramos escribir el cuento de todos los cuentos? Todos los estilos. Todos los géneros. La obra perfecta.

Entonces abrió otra vez la inteligencia artificial.

Llevaba meses utilizándola compulsivamente. Le parecía el mayor invento de su época, quizá más importante que el ordenador y el internet. También la demostración definitiva de que el conocimiento no daba la felicidad. Nunca había tenido tantas respuestas disponibles ni se había sentido tan agotado.

Pensó en todas las veces que había dejado de escribir.

Años enteros.

Cuentos que no existían porque había preferido trabajar, dormir, mirar una pantalla, resolver pequeños problemas.

Sintió una tristeza extraña, pero concreta.

La máquina esperaba.

—Escribe el cuento perfecto —tecleó.

No pulsó Enter.

Por primera vez comprendió que la perfección era otra manera de no escribir.

Borró la frase.

Guardó el ordenador.

En el cuaderno puso la fecha.

Debajo escribió:

Hoy tampoco.

Se quedó mirándolo.

Luego tachó tampoco.

Y recomenzó.

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About Carlos

Aunque crecí y trabajé en la gran ciudad, he vivido también en una zona rural en España y en Addis (Ethiopia). Me gusta dar paseos por el campo y la montaña. Disfruto con mi familia, con la lectura y cuando me dejo llego a escribir algo. Me gustan los escritores que escriben sobre escritores o sobre el proceso de escribir o de ser, como Paul Auster, Enrique Vila-Matas. Pero también paso buenos ratos con policiacos, sagas y comedias. Soy Doctor Ingeniero Agrónomo y Master en Evaluación y trabajo en temas relacionados metodologías de intervención en cooperación y desarrollo. He tenidos experiencias en cooperación internacional para el desarrollo a nivel ONGD , instituciones y organismos regionales, estatales y Universidades. He sido voluntario, investigador y consultor independiente en temas de desarrollo. He trabajado en temas relacionados con la evaluación de políticas de desarrollo para el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación en Madrid. He trabajado en temas de Evaluación, aprendizaje e investigación como freelance (independiente). He trabajado cuatro años para FAO en Ethiopía en refuerzo de espacios de coordinación, seguimiento y evaluación para la resiliencia…con PAHO/WHO y UNICEF América Latina reforzando capacidades en evaluación y aprendizaje Tengo otro blog igual de raro: Aprendiendo a Aprender para el Desarrollo (TripleAD) https://triplead.blog/
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