
Me llamo Blas y he vuelto a no escribir, que no es lo mismo que no contar. O eso creía. Porque a mitad del camino hacia La Flèche descubrí que mi manuscrito había sido intervenido. No censurado. Peor. Comentado.
Al principio apareció una nota a pie de página. Pensé que era un error. Luego apareció otra. Y otra. Acabaron formando una especie de comité de lectura invisible. Como las Naciones Unidas. Pero funcionando.
Yo estaba describiendo el palacio de los Daru. Las vitrinas. Las medallas. Las cuberterías. La larga sombra de Pierre Daru organizando ejércitos para Napoleón mientras yo era incapaz de encontrar las llaves del coche. Fue entonces cuando apareció la primera voz.
Clara (feminismo liberal)
—Llevas cinco páginas hablando de hombres.
—Daru.
—Napoleón.
—Raphael.
—Prince.
—Michael Jackson.
—Y todavía no sabemos quién preparó la comida que había sobre esa mesa.
Seguí escribiendo. Como si no la hubiera oído. Intenté concentrarme. Pensé en la masculinidad. Pensé en aquello que quería decir. Qué difícil es ser hombre hoy. Qué difícil es construir una identidad masculina cuando los viejos mapas se han roto. Entonces apareció otra voz.
Inés (feminismo de los cuidados)
—Blas.
—Llevas toda la vida describiendo mapas.
—¿Y las personas?
—¿Dónde están las personas?
—Has mencionado tres continentes, dos imperios y siete edificios.
—¿Cuándo fue la última vez que preguntaste a alguien cómo estaba sin convertir la respuesta en literatura?
Aquello me molestó. Naturalmente. Porque era verdad. Intenté defenderme. Escribí: Ahora la masculinidad se examina en laboratorio.
La frase apenas permaneció diez segundos sobre la página. Una mano invisible la subrayó en rojo.
Sara (feminismo radical)
—No.
—No es un laboratorio.
—Es un archivo.
—Un laboratorio busca enfermedades nuevas.
—Nosotras estamos revisando expedientes antiguos.
La frase quedó suspendida en el aire como una lámpara rota.Entonces decidí refugiarme en mi vieja estrategia. La ironía. La ironía siempre me había salvado. Escribí: Hay tres clases de hombres. Los que no bajan la tapa del váter. Los que la bajan. Y los que ni siquiera la tocan.
Las tres voces guardaron silencio. Durante unos segundos pensé que había ganado. Entonces apareció una cuarta. Una que no figuraba en ningún programa teórico.
Silvia (feminismo doméstico no acreditado)
—Mira, Blas.
—La tapa del váter nos importa bastante menos de lo que creéis.
—Lo fascinante es vuestra capacidad para convertir una tapa del váter en una teoría sobre la civilización occidental.
Por primera vez en toda la tarde no tuve respuesta. Decidí volver a Daru. Los hombres siempre volvemos a Daru. O a Napoleón. O a Roma. O al Imperio Romano cuando no queda ningún imperio disponible. Pensé en Pierre Daru organizando la logística de la Grande Armée. Pensé en Patrick Daru coordinando programas internacionales desde Ginebra. Pensé en siglos enteros de hombres construyendo sistemas para ordenar el mundo. Y fue entonces cuando las cuatro mujeres hablaron a la vez.
Clara
—Curioso.
Inés
—Organizáis ejércitos.
Sara
—Administráis imperios.
Silvia
—Y luego no sabéis pedir perdón sin enfadaros.
Aquello me pareció injusto. Completamente injusto. Y por eso supe inmediatamente que era importante. Durante unos segundos quise escribir un ensayo entero para explicar que los hombres también sufrimos. Que también tenemos miedo. Que también estamos perdidos. Que también heredamos papeles imposibles. Pero las voces se adelantaron.
Clara
—Lo sabemos.
Inés
—Nunca estuvo prohibido que sufrierais.
Sara
—Lo que cambia es que ya no sois los únicos autores del relato.
Y ahí comprendí algo. El verdadero problema de Blas no era la masculinidad. Ni Daru. Ni las llaves.
Ni siquiera la reconsideración. El problema era otro. Había pasado toda la vida creyendo que el narrador era el protagonista. Y ahora descubría que podía ser simplemente un personaje secundario dentro de una historia escrita entre muchos. Aquello resultaba insoportable.
Y liberador.
Entonces mi hijo me acarició la mano. Yo estaba a punto de convertir aquel gesto en una teoría sobre los cuidados. En una tesis sobre las nuevas masculinidades. En un artefacto literario. En una metáfora sobre Napoleón. En una reflexión sobre la inteligencia artificial. En cualquier cosa menos en una caricia. Pero la última voz femenina habló desde el margen. No sé cuál de ellas fue. Quizá las cuatro. Quizá ninguna.
—A veces una caricia es solamente una caricia, Blas.
—Y no todo gira alrededor de ti.
Por primera vez en todo el cuento no tuve nada que añadir. Y justamente entonces encontré las llaves. No las del coche. Las otras. Las que abren la puerta por la que el narrador abandona el centro de la página.