
Compro cuadernos como otros compran películas que no verán nunca. Los elijo despacio o rápido, los abro por la mitad, compruebo el gramaje, los siento. Después los llevo a casa y no escribo en ellos.
Es importante no escribir.
Un cuaderno sin empezar contiene todavía todas las historias.
También dejo libros sin leer deliberadamente. Saber que Rayuela o cualquier otro espera en alguna habitación me parece una forma bastante razonable de inmortalidad.
Esto lo aprendí en la ciudad donde faltaba el oxígeno.
Allí conocí a R.
Éramos más jóvenes, aunque ya fingíamos no serlo. Había eucaliptos, funcionarios internacionales y unas lluvias que empezaban exactamente cuando uno había olvidado el paraguas. R. era brillante, divertido, importante. Después fue todavía más importante.
Yo lo admiraba.
También era mi amigo.
Muchos años después, en la ciudad vertical donde la humedad hacía crecer moho hasta en las decisiones, alguien me dijo que R. había dejado la Organización.
Eso dijeron.
Dejado.
Las palabras son animales domésticos hasta que un día muerden.
Anoche, en la tercera ciudad, la del mar y las casas blancas, alguien utilizó otra palabra.
Después otra.
Después dijo seis.
No pregunté más.
Abrí Twitter.
Una ecuatoriana gordita había asesinado a una mujer en Nueva York y después la policía la había reducido y matado.
¿Matado?
¿Asesinado?
Volví a R. Al significado detrás del significado. A todo lo que puede caber en una ausencia, en un silencio.
Seis.
Pensé en el feedback, esa cosa facilísima de dar y dificilísima de recibir, y comprendí que quizá la vida consiste precisamente en recibir tarde el feedback de uno mismo.
Desde hace once años no encuentro demasiado sentido a la rosa del jardín, al sol cuando amanece ni a la luna lunera.
En cambio, compro cuadernos.
Soy adicto a la autodestrucción, a las tristezas, a la soledad, al dolor, a no decidir. También a escribir, que es la única adicción que algunas noches sirve para algo.
Mi madre guardaba cartas donde hablaba de mi padre y decía que algún día serían ricos.
Lo fueron.
Muchísimo.
No se dieron cuenta.
Yo tampoco.
Teníamos tiempo.
Ahora mi madre me cuenta que a los ancianos les tiran gases lacrimógenos en las manifestaciones y yo miro fotografías de actores con demencia que empiezan a olvidar sus películas.
Pienso que olvidar quizá sea otro privilegio.
Ayer volví a fallarme, joder.
Ayer estaba convencido de que hoy escribiría. Que hoy sería otro: más digno, más íntegro, menos gravedad.
Esta mañana me he mirado en el espejo. El espejo, prudentemente, no hizo comentarios.
Ya soy un actor viejo. Antes era un viejoven y pensaba que publicar importaba. Ahora ni siquiera sé para quién escribo.
Pero escribo.
Y esa es la única prueba.
Fui escritor.
Soy escritor.
Seré escritor.
Aunque no sea héroe en ninguna de aquellas tres ciudades.
Aunque no preguntara.
Aunque quizá debí preguntar.
Sobre la mesa hay un cuaderno nuevo.
Lo abro.
En la primera página alguien ha escrito seis nombres.
Mi letra.
Todavía no los conozco.