
Me han ocurrido las cosas más extraordinarias en los últimos diez años.
No puedo negarlo.
Ya soy global.
Antes también era global, probablemente, pero no lo sabía. Ahora tengo cuatro cuentas bancarias, tres números de teléfono, demasiadas contraseñas que no recuerdo y amigos a los que quiero mucho en países a los que sé que no volveré, aunque todavía no lo reconozca.
Esto debe de ser la globalización.
Escribo esta frase y pienso en ti.
No sé quién eres.
Eso es lo interesante.
Quizá seas una mujer. Siempre prefiero imaginar que eres una mujer. No por seducirte. A estas alturas uno debe conocer sus limitaciones. Es porque las mujeres han leído mis cuentos con una paciencia que los hombres reservan para los manuales de instrucciones.
Ahora mismo quizá estés pensando que esta frase es una estupidez.
Yo también.
Podría borrarla.
No la borro.
Durante muchos años leí a Paul Auster, a Javier Marías, a Philip Roth.
Me hablaban a mí.
Esto hay que explicarlo porque ahora están muertos y los muertos adquieren enseguida ese aire institucional que los vuelve insoportables. Se convierten en aniversarios, suplementos culturales, tesis doctorales.
Pero antes de morir me hablaban a mí.
No a la literatura.
A mí.
Yo abría un libro y allí había un hombre de cincuenta años que había arruinado su matrimonio, traicionado a un amigo, perdido un tren, estado con quien no debía o dedicado veinte páginas a pensar por qué no había dicho una frase cuando debía.
Me parecía fascinante.
Sobre todo porque eran mayores que yo.
Los personajes eran mayores que yo.
Los escritores eran mayores que yo.
Los muertos eran mayores que yo.
Era un sistema bastante bien organizado.
Hasta que un día dejaron de serlo.
Ahora están todos muertos.
Y yo sigo aquí.
Peor aún: tengo más años que algunos de aquellos hombres que me parecían viejísimos.
Esto no estaba en el contrato.
Tampoco estaba que después de tantos años seguiría creyendo, de vez en cuando, que escribir podría salvarme.
Salvarme es una palabra excesiva.
Digamos arreglarme.
Uno piensa: si escribiera de verdad, si dejara de dispersarme, si escribiera todos los días, si terminara aquel libro, entonces quizá dejaría de ser un infeliz, un adicto a cualquier cosa que consiga distraerme durante siete minutos de mí mismo.
Pero sospecho que no.
Sospecho que podría escribir tres novelas magníficas y seguir siendo exactamente el mismo imbécil, solo que con presentaciones los jueves.
Este descubrimiento me ha tranquilizado bastante.
Porque entonces escribir ya no tiene que salvarme.
Puede simplemente acompañarme.
Incluso impedir que haga alguna tontería.
En lugar de dispersarme podría escribir más.
No parece una gran revelación. Pero a mi edad uno empieza a conformarse con revelaciones pequeñas.
No te alarmes.
Es una frase.
Aunque las frases también hacen cosas.
Eso lo aprendí de ellos.
Nos marcan los demás mucho más de lo que creemos. Una frase leída a los diecinueve años puede quedarse viviendo dentro de uno cuarenta años sin pagar alquiler. Una mirada. Una humillación. Alguien que te dijo que eras bueno. Alguien que te dijo que no servías. Una mujer que se fue. Otra que se quedó demasiado.
Y nosotros hacemos lo mismo con los demás sin saberlo.
Dejamos frases, heridas, manías, pequeñas formas de mirar el mundo. A veces en personas de las que ni siquiera nos acordamos.
Eso es lo inquietante.
Y también, supongo, lo hermoso.
Quizá tú recuerdes mañana una frase de esto.
Espero que sea una de las buenas.
Tengo muchas frases buenas en mi cuaderno.
También tengo muchas malísimas, pero esas procuro no enseñarlas.
Por ejemplo:
Os echaré de menos cuando esté muerto.
Esa es buena.
La apunté hace meses y todavía no sabía dónde ponerla.
Ahora sí.
Aquí.
Porque últimamente pienso que perdonarse, quererse un poco y conocerse ayuda a escribir.
Quizá porque uno pierde menos tiempo huyendo de sí mismo.
No necesariamente a escribir mejor.
A escribir.
Que ya es bastante.
Podría seguir.
Pero estás leyendo.
O eso espero.
Y desde que sé que estás ahí escribo de otra manera.