
La primera vez que vi a Blanca y Clara fue en la terraza improvisada de un hotel de tres estrellas sin estrellas. Afuera, el calor golpeaba como un argumento mal planteado; adentro, ellas discutían sobre si la ayuda humanitaria debía empezar por las bibliotecas o por los pozos de agua. Yo tomaba notas, fingiendo que algún día las usaría para un informe serio.
(Nota al pie 1: Nunca envié ese informe; lo extravié en una carpeta llamada Cosas importantes).
Blanca, la más vehemente, hablaba como si cada frase pudiera salvar un continente. Clara, en cambio, se inclinaba hacia lo minucioso, los matices que caben en una estadística. Yo asentía. ¿O fingía asentir? Con el tiempo entendí que ese gesto era parte del manual no escrito del cooperante: parecer convencido sin estarlo del todo.
En las tardes, visitábamos proyectos que parecían salidos de una novela mal editada: escuelas sin pupitres, clínicas sin médicos, campos agrícolas que esperaban una lluvia que nunca llegaba. Alguien —un técnico, un ministro, un primo del ministro— nos aseguraba que todo marchaba bien. Y yo lo anotaba, aunque en la esquina de la libreta dibujaba mapas imposibles.
(Nota al pie 2: Esos mapas quizá eran el único trabajo honesto que hice en esos años).








