Grabando. En 3, 2, 1…

Lo que T. me recortó no está en el currículum.

Tampoco en LinkedIn, ni en la memoria RAM del sistema que está a punto de evaluarme como parte de este proceso de reclutamiento.

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La pantalla parpadea. Me pide que respire. Que mire a cámara. Que sonría, sin parecer desesperada.

Una entrevista automatizada.

Una voz sintética: “You will have two minutes to answer each question. Your recording starts now.”

(Pienso en responder con un poema de Bukowski. Cambio de idea. Me pica la nariz. Empiezo a hablar.)

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Mi nombre es Clara.

Soy, o fui, trabajadora humanitaria. Me especialicé en seguimiento, evaluación y aprendizaje, en marcos lógicos que nadie leía, en indicadores que flotaban como boyas en el Excel.

Vengo de lugares donde el polvo no sale en las estadísticas.

Pero usted, robot, no quiere saber eso. Usted quiere alignment with organizational goals.

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Lo que T. me recortó no está en el currículum

 

por Clara (o eso creo)

No sé si me despidieron por los recortes de T. o por los míos.

—Te vamos a extrañar, Clara —me dijo Marta de RRHH con los ojos humedecidos, como si hubiera leído una novela rusa antes de entrar.

Yo también. Pero no a ustedes. Me voy a extrañar a mí misma. A esa que mandaba informes sobre campamentos en crisis desde el WiFi inestable de Níger, con la frente sudada y la moral tambaleando pero firme. ¿Esa era yo?

Ahora estoy en un café en el Barrio de las Letras de Madrid. Otra crisis, pero de cócteles caros y turistas sin duda buscando a Quevedo en tapas de gambas. Vengo al mismo café donde escribía informes. Ahora escribo… esto. ¿Ficción? ¿Currículum emocional? ¿Postmeta-ficción colaborativa involuntaria?

A veces creo que esta historia la está escribiendo otra Clara. Una Clara con mejores filtros de Instagram y menos contradicciones.

Tacha eso. No existe tal Clara. La auténtica soy yo. O la que queda.

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Dejar(se) ir con gratitud

El final

Lo peor no fue que la despidieran.

Lo peor fue que, antes de hacerlo, la invitaron a una sesión de mindfulness institucional titulada:

“Dejar(se) ir con gratitud: resiliencia emocional en procesos de reingeniería humana”.

A las 9:30 am EST. En sala Zoom B.

El principio

Eva Métrica llevaba doce años alineando indicadores, sistematizando aprendizajes y midiendo resultados en una organización internacional de desarrollo.

Su función formaba parte de una unidad creada —al menos sobre el papel— para garantizar “la cultura de la evidencia”.

Aunque últimamente sospechaba que lo que realmente hacían era encuadrar narrativas.

A veces con enfoque de género. A veces sin.

La trama

Cuando se anunció la “revisión estructural orientada a la sostenibilidad organizativa, la organización del mañana” (RE-SOMA™), respiró. Esto va de desempeño —pensó— y yo lo tengo. Creyó que se salvaría.

Tenía buenos KPIs. Cumplía deadlines. Había sobrevivido a siete direcciones distintas, dos auditorías externas, un jefe hipertóxico y a la implementación piloto de la gloriosa Metodología Ético-Adaptativa Ágil Humanista —MEAH™, para abreviar, aunque nadie supiera qué significaba del todo. (Aunque, en cierto modo, las siglas ya lo decían todo).

Una planificación estratégica pensada para “poner a las personas en el centro”, aunque luego nadie supiera en qué centro ni a qué personas se referían.

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Currículum de Fracasos

Nombre del archivo: CV_FRACASOS_V6_FINAL_FINAL_DE_VERDAD_OK.docx

Fernando trabajó doce años en una organizacion de cooperación para el desarrollo. Aprendió a llenar formularios en siete idiomas, sobrevivió a tres reestructuraciones, cinco protocolos de intervención, y al misterioso arte gatopardiano de “alinear indicadores sin que nada cambie”.

Pero un día, la cooperación internacional colapsó como un Excel con 94 pestañas abiertas.

Lo despidieron con una carta firmada por una IA que decía: “Gracias por su resiliencia normativa”.

Ahora, en su nueva vida, no busca trabajo. Busca reinventarse.

Como todo el mundo.

Porque Trump consiguió que el sistema global capitalista implosionara y, después…la distopía total: el mercado ha cambiado. Las empresas ya no contratan por logros. Piden fracasos. Tangibles. Narrados. Curados con storytelling. Lo supo cuando leyó el nuevo informe de Adam Brand, psicólogo organizacional: “No eres lo que logras, eres lo que superas (si lo subiste a LinkedIn con selfie llorando)”.

Así que Fernando construyó su nuevo perfil profesional:

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Conversación a distancia

Le escribo por WhatsApp como si fuera una cuerda: ni muy tensa ni muy floja.

Mi hijo Diego está estudiando primero en una Universidad en una ciudad de Francia, yo a unos ocho mil kilómetros, pero cuando me llegan sus mensajes, la distancia se reduce a lo que tarda en vibrar el teléfono.

«¿Tú crees que si le contesto eso sueno borde?», me dice.

Releo el hilo. Está compartiendo piso con tres compañeros. Uno de ellos, Pere (nombre ficticio para efectos de este relato, pero bien podría llamarse “Muchacho Intensito”), ha ido subiendo el tono como quien hierve la leche a fuego lento. Le exige, con insultos y agresiones, limpieza, puntualidad, obediencia. Le habla como un sargento chusquero faltón a un recluta torpe.

Diego quiere responder sin entrar en su juego, pero sin dejarse pasar por encima. Me pide ayuda. No explícitamente, claro. Tiene 18 años y prefiere que parezca que está decidiendo todo solo.

Respiro. Es justo uno de esos momentos que imaginé cuando le hablaba, de más pequeño, de cosas como la resiliencia, la asertividad, o ese superpoder llamado empatía.

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Teoría del Crimen (TdC)

La lluvia caía sobre Addis Abeba como si quisiera borrar algo. Clara, coordinadora de un programa de resiliencia para una organización de desarrollo, había aprendido a leer las nubes tanto como los informes. Aquella mañana de agosto de 2018, la noticia había recorrido los pasillos de su organización como una grieta silenciosa: el jefe adjunto de su oficina había sido encontrado muerto en su despacho, un vaso caído junto a la mesa, y un expediente incompleto abierto en la pantalla del portátil.

No hubo investigación formal. Se habló de un paro cardíaco. Pero Clara, que había compartido reuniones, silencios y alguna noche de gin tonic en el Zebu Bar con conocidos del fallecido, sintió que había demasiadas piezas sin encajar. Tenía el entrenamiento, aunque no el distintivo de detective: doctora ingeniera, evaluadora de políticas, formadora en teoría del cambio, escritora de microrelatos. ¿Por qué no aplicar todo eso a un crimen?

El jefe adjunto no era precisamente querido en la oficina. Algunos lo apodaban, medio en serio medio en broma, «Rasputín». Tenía una forma de operar que no dejaba lugar a la duda: manejaba la oficina a su antojo, con malas artes cuando era necesario, imponiendo su voluntad y apartando sin ceremonia a quienes no se alineaban con sus deseos. En los últimos meses, varias personas habían sido reubicadas, otras marginadas en silencio. Había muchos que tenían motivos para desear su caída. Demasiados candidatos, pensó Clara. Demasiados silencios.

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Otra cita a ciegas con el cine

Una tarde cualquiera, en un lugar que parece sacado de un set de rodaje con resaca creativa: Andrés Carne de Res. Isabelo, Iván, Tomasa y Carlota están en la mesa central, justo debajo de una lámpara hecha con piezas de bicicleta y muñecas antiguas. No van disfrazados, pero podrían estar interpretando versiones más libres de sí mismos. Mañana empiezan su excursión por las montañas de Villa de Leyva. Hoy, simplemente cenan. Aunque para ellos, eso siempre significa algo más.

—¿Alguna vez pensaron que uno es más auténtico cuando se parece a lo que soñó ser? —pregunta Carlota, con tono suave, sin buscar atención, pero dándola toda.

Tomasa sonríe sin levantar la mirada del menú.

—“Uno no escoge la vida que le toca, pero sí lo que hace con ella.” —dice evocando la voz de Doña Blanca desde algún rincón de La estrategia del caracol.

—“Aquí no se viene a vivir, se viene a resistir” —añade Isabelo, cruzando la mirada con Carlota—. Esa sí es frase de verdad.

Se ríen, pero no se burlan. Es una risa que entiende.

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Una noche larga en el Zebu Bar

Al final de la tarde, cuando el sol etíope se acuesta con una lentitud solemne sobre las colinas de Addis, el Zebu Bar comienza a despertar. Tiene tres terrazas: una que mira al campo de tenis donde Johan (francés, siempre de pantalón corto, incluso en julio) juega solo; otra que da a la piscina, donde los niños se lanzan como si las olas no fueran un lujo improbable en esta ciudad sedienta; y la tercera, orientada hacia las casas bajas del recinto. Dentro, el ventilador del techo se queja como una cabra vieja, pero nadie lo escucha.

Clara, cooperante española con aire de exfilósofa, escribe en una libreta. Escribe siempre. Es su manera de no perder el juicio. Lleva seis años en Etiopía, desde 2015. Ha visto llover poco, prometer mucho y coordinar aún menos. La última reunión de “estrategia integral de impacto sostenible” acabó cuando alguien preguntó si el PowerPoint estaba en inglés británico o americano.

Mientras se sirve un tej (el vino de miel que parece champagne de otra dimensión), Clara piensa en su hermano, en Madrid. En 2017, él hacía cola en el INEM, mientras ella asistía en Addis a una presentación sobre “el empoderamiento caprino en climas áridos”. En 2020, él confinaba en un piso de 45 metros, y ella nadaba sola en la piscina del ILRI porque “las burbujas de riesgo no contemplaban socorristas”.

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El olor de Lima al atardecer

Me fui de Lima en secreto, como si el pudor me lo exigiera, como si la ciudad de mi juventud y mis ficciones debiera preservarse intacta de mi decadencia. Fue Morgana quien organizó el viaje, y Álvaro, fiel hasta el final, quien aceptó mi último capricho sin protestar. Nadie debía saber que el viejo escritor, el que había poblado de historias la capital peruana, volvía para despedirse.

Fue en la madrugada del 12 de abril de 2025 cuando pusimos pie en la ciudad. Tenía el aliento del Pacífico en la cara y el temblor de los andenes de la infancia bajo los pies. Pedí que me llevaran primero al Leoncio Prado. Estaba cerrado, tapiado, como un recuerdo endurecido por el tiempo. Allí había nacido «La ciudad y los perros», esa novela cruel que me ganó enemigos y lectores.

De ahí fuimos a La Crónica, la redacción vieja en la avenida Tacna. No quedaba casi nada, salvo un letrero oxidado y el eco de las discusiones con Zavalita. Pensé en «Conversación en La Catedral» y en aquella Lima de dictaduras y resignación, donde la pregunta seguía sin respuesta: «¡En qué momento se jodió el Perú?»

En Barranco creí ver a la niña mala, o su fantasma, sentada frente al Puente de los Suspiros. Me sonrió, tal vez por cortesía, tal vez porque sabía que también era su última vez en estas calles. «Travesuras de la niña mala» me acompañaba como un eco de amores imposibles y de ciudades que se desvanecen.

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Yo conocí a Roy

A Roy lo llamábamos así, como al replicante que llora bajo la lluvia. No sé si por burla o por ternura. Él decía que era por admiración, pero creo que sabía la verdad. Todos lo sabíamos, en el fondo. Solo fingimos que no.

Fue el autor más premiado de la década. Defensor de la literatura sin atajos, sin asistentes, sin código. Presidente de un comité que hacía ruido en congresos sobre la “autenticidad literaria”. De esos que se levantaban y gritaban cuando alguien mencionaba “inteligencia artificial” y “novela” en la misma frase.

La ironía duele más cuando es elegante. Roy no escribía. Pulía. Modulaba. Alimentaba una IA privada, entrenada en sus traumas, sus lecturas, su voz. Leía los resultados, cambiaba un verbo aquí, un ritmo allá. Y lo firmaba. Su obra conmovía. ¿Eso no bastaba?

Lo conocí en una mesa redonda. Tenía la piel tensa, los silencios largos. No era raro, pero tampoco del todo… presente. Como si observara más de lo que vivía. Me dijo una frase que aún conservo en una libreta vieja:

“A veces me siento más verdadero cuando no estoy escribiendo.”

Yo no entendí nada. Hasta que lo entendí todo.

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