Bartleby y compañía: toda literatura es la negación de sí misma

Hace diecisiete Años, Vila-Matas publicaba Bartleby y compañía.

Bartleby y Compañía es un texto impregnado de literatura y dirigido a lectores impenitentes, capaces de sentir la pasión de la literatura; de una literatura sin fronteras, concebida como un inmenso campo de goce, exento de maleza académica y recorrido por un adicto apasionado, libre y desinhibido, cuya escala de valores -por fortuna- no obedece forzosamente a cánones ajenos.

Pero, más allá del hilván bien trazado de datos oportunos y curiosos que hacen de la obra un embrión de monografía sobre la “escritura del No”,  Bartleby y Compañía constituye la materialización metafórica en forma narrativa de algo que acaba imponiéndose con fuerza al lector: La literatura es también un instrumento para suplir los huecos deficitarios de la vida. Esta historia del escribiente gris, del oficinista obsesionado por su deformidad física, ensimismado y kafkiano, que va aislándose progresivamente del mundo mientras recopila datos acerca de otros escritores que renunciaron como él a la escritura, busca la secreta solidaridad con otros seres, y trata de ensanchar así, pese a todo, el reducido ámbito de su existencia del único modo que le es dado hacerlo: insertando en él vidas ajenas que respalden su decisión, la justifiquen y anulen al cabo su soledad.

En Bartleby y compañía la frontera entre lo real y lo imaginario ha desaparecido. Es decir, finalmente Vila-Matas ha llevado a sus últimas e inevitables consecuencias su identificación entre vida y escritura, la identificación definitiva entre personas y personajes.

El libro se inicia con un tono claramente ficticio, y con una triple identificación: (1) con Gregorio Samsa oficinista, (2) con el monstruoso insecto que, en la traducción de Borges de La metamorfosis, “hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda” y (3) con el propio Kafka, autor y víctima de la metamorfosis. Nos dice el narrador, Marcelo: “Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy muy feliz“.

Este personaje que vive entre el pavor y la felicidad se propone iniciar un diario “que va a ser al mismo tiempo un cuaderno de notas a pie de página que comentarán un texto invisible y que espero que demuestre mi solvencia como rastreador de bartlebys”, la misma que mostró como rastreador de escritores shandy. Los bartlebys, nos dice, “son unos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville”. En esta novela y/o ensayo Vila-Matas rastreará pues el síndrome del Bartleby, la literatura del No, “la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura”.

Esta novelesca no-novela sobre los escritores del No le permite al narrador, oficinista como Bartleby o Gregorio Samsa, definir la naturaleza de su diario que es, asimismo, una toma de posición ante la novela como género que le acerca a Lo demás es silencio de Monterroso, por poner un ejemplo de novela moderna en la mejor tradición cervantina: “Sólo sé que para expresar ese drama navego muy bien en lo fragmentario y en el hallazgo casual o en el resultado repentino de libros, vidas, textos o simplemente frases sueltas que van ampliando las dimensiones del laberinto sin centro”. Y añade: “Siento que no estoy hecho para novelas, pues sus grandes escenas, cóleras, pasiones y momentos trágicos, lejos de entusiasmarme, me llegan como míseros estallidos”.

El crítico, ese mal copista del autor, debería ser capaz de aceptar el reto que nos propone el novelista. Resulta absurdo aplicar razonamientos de novela positivista a una escritura que la rechaza. Vila-Matas escribió un texto (a) donde lo único que hay en el centro es el absurdo y (b) donde el placer no está en el viaje al centro de la fábula sino en el recorrido por caminos que surgen del sueño, del desvarío, de la extrañeza y que sólo podemos captar como iluminaciones. Lo cual (1) nos permite pasar, sin alterar las normas de la verosimilitud narrativa, de lo inventado a lo real, porque (2) “todavía se puede escribir con alto sentido del riesgo y de la belleza con estilo clásico”, y porque (3) “decir es inventar. Sea falso o cierto”, y (4) decir es también copiar en el sentido borgesiano de la palabra. Pero también (5) copiar sueños, indagar en la excentricidad, hundirse en la confusión total del lenguaje, (6) buscar, a través del fracaso, la independencia y la ruptura, (7) romper con el padre, (8) buscar la fuente de la escritura y la biblioteca imposible, (9) saber embaucar para aplastar “a estos estafadores inferiores a los que tan acostumbrados estamos últimamente, (10) buscar las zonas de sombras, las letras drogadas, el soplo de la destrucción”. Frases del libro, de estas notas escritas (11) “buscando e inventando, prescindiendo de que existen unas reglas de juego en la literatura”.

Reglas de juego las hay, por supuesto: son las que impone el propio Vila-Matas. Estas reglas nos acercan a los escritores de la constelación vilamatiana, que aparecen ante nosotros geniales y humanos, anecdóticos y necesarios: Melville, Kafka, Robert Walser, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Felipe Alfau, Céline, Salinger, Musil, Valéry, Pedro Garfias, Felisberto Hernández o, más cercanos al narrador, Ferrer Lerín, Jordi Llovet, Félix de Azúa, Ignacio Vidal Folch o Pedro Casariego Córdoba, sin olvidar como es lógico, ya dentro del terreno de la fábula, a Robert Derain, el autor de Eclipses littéraires, cómplice y chantajista, María Lima Méndes, cubana “tocada por la sombra del fado” o su compañero de colegio Luis Felipe Pineda, autor de poemas abandonados.

Galería de personajes tocados por la gracia de la extravagancia y del silencio. Las razones por las que abandonan la escritura son infinitas, y son estos silencios y estas rupturas los que crean el tejido narrativo de Bartleby y compañía. La necesidad de no escribir supone una actitud radical, una fatal vocación de escritor que en el silencio traza una visión del mundo y de la literatura, como Vila-Matas, a través de su alter ego, el geperut o jorobado Marcelo, va trazando frase a frase un recorrido o proceso textual que, a modo de viaje vertical, nos conduce al vacío, para revelarnos el sentido último de la literatura: “La conciencia moderna de que toda literatura es la negación de sí misma”. Y negándose a sí misma, se afirma para “rechazar la apariencia amable de una comunicación achatada, casi siempre vacía, tan en boga dicho sea de paso en los literatos de hoy en día”.

Acerca de crariza

Aunque crecí y trabajé en la gran ciudad, he vivido también en una zona rural y ahora en Addis (Ethiopia). Me gusta dar paseos por el campo y la montaña. Disfruto con mi familia, con la lectura y cuando me dejo llego a escribir algo. Me gustan los escritores que escriben sobre escritores o sobre el proceso de escribir o de ser, como Paul Auster, Enrique Vila-Matas. Pero también paso buenos ratos con policiacos, sagas y comedias. Soy Doctor Ingeniero Agrónomo y Master en Evaluación y trabajo en temas relacionados metodologías de intervención en cooperación y desarrollo. He tenidos experiencias en cooperación internacional para el desarrollo a nivel ONGD , instituciones y organismos regionales, estatales y Universidades. He sido voluntario, investigador y consultor independiente en temas de desarrollo. He trabajado en temas relacionados con la evaluación de políticas de desarrollo para el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación en Madrid. He trabajado en temas de Evaluación, aprendizaje e investigación como freelance (independiente). Ahora trabajo para FAO en Ethiopía en refuerzo de espacios de coordinación para la resiliencia… Tengo otro blog igual de raro: Aprendiendo a Aprender para el Desarrollo (TripleAD) https://triplead.blog/
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