La voz propia de Clarice Lispector

La voz propia de Clarice Lispector es demasiado potente e inusual como para deber nada a nadie. Ella sola encontró su propio sendero desde que en 1944, la publicación de su primera novela, Cerca del corazón salvaje (Alfaguara, 1977), escrita a los diecisiete años, revolucionó el panorama cultural brasileño. Y así siguió hasta su muerte, ocurrida a los cincuenta y siete años.

Cuatro décadas de prosa. Clarice Lispector surgió madura, con todo su poderío metafórico íntegro, el cual no hizo sino ensanchar y profundizar sus posibilidades, sin que en esencia sufriese la menor evolución. Fue fiel a una sola idea, siempre la misma, cuya poética es fácil de rastrear en muchos de sus escritos, que abundan en reflexiones sobre la propia escritura. Valga como ejemplo éste, extraído de la que algunos consideramos su obra maestra, la genial novela corta La hora de la estrella (Siruela, 1989): «No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos».

En todos ellos, Lispector somete su mirada a un proceso de extrañamiento tal sobre el mundo que se acerca peligrosamente al borde del precipicio. Bajo su prosa, los objetos cotidianos se revisten de una luz desorbitada; casi tiritan. Los asuntos de que trata son banales, domésticos, y además no importan.

Pero traten de lo que traten, sus cuentos siempre aluden, siquiera de forma oblicua, a ese personaje lispectoriano único y volátil, a trozos, fuera de norma, hecho de conglomerados sintácticos y un íntimo desasosiego que no acaba de decir su nombre. Más allá de sus débiles trazos argumentales, sus cuentos pueden ser entendidos como registros sismográficos de complejas metamorfosis anímicas. Un suceso, nimio en apariencia (la nimiedad parece aquí una condición necesaria), desencadena como respuesta interior de sus personajes femeninos un torbellino de perplejidades, asociaciones de sensaciones e ideas, levanta un oleaje tornasolado de partículas de luz y memoria bajo los cuales se está perdido, se duda, se tiene miedo y se sufre.

El fraseo de la escritora es corto, rotundo, con tendencia al epigrama y a la plasticidad lírica, impulsado por un ritmo jadeante, obsesivo, casi de asmática: «Tenía quince años y no era bonita. Pero por dentro de su delgadez existía la amplitud casi majestuosa en que se movía como dentro de una meditación. Y dentro de la nebulosidad, algo precioso. Que no se desperezaba, que no se comprometía, no se contaminaba. Que era inmenso como una joya. Ella» («Preciosidad»).

Los cuentos de Lispector describen un suave movimiento pendular (1) entre la realidad externa y la interna; (2) entre lo objetivo y lo subjetivo; (3) entre la materialidad del mundo físico y la noche del cuerpo, condenado a metamorfosearse en la noche del alma. En ese minúsculo movimiento, apenas perceptible, está el cuento. Son relatos muy carnales, fuertemente sexuados. Más que «erotismo», lo que los impregna es pasión sensual y una crudeza violenta. Hay, en la mayoría de ellos, como una lucha, como un forcejeo entre una realidad resistente y un yo caótico, al que la autora consigue apresar y dar voz por medio de chispeantes monólogos, no exentos de ironía, que describen ese espacio intermedio en que se produce el vaivén, la indecisión, el balanceo y la continuidad fluida entre lo que hay dentro de la piel y fuera.

Lispector no es para todo el mundo.  Lispector reclama lectores cómplices y exigentes, anticonvencionales y activos, dispuestos a entrar en el juego que ella propone y dejarse sorprender por lo inesperado, lo turbio, lo hermoso y lo salvaje. Salvado este escollo inicial, lo que ella ofrece con generosidad, a manos llenas, es de una enorme riqueza, y compensa sin reservas. No en vano la suya es la obra de alguien que quiso ser escritora por encima de todo, «con una determinación tan obstinada como si expresar el alma la suprimiera finalmente» («El mensaje»).

Los mejores cuentos de Lispector sumergen al lector, como en una ensoñación de límites vagos, en la experiencia del misterio, sin cometer la torpeza, claro está, de desvelar el misterio. Ahí reside, una de las claves de su modernidad incesante y del gozo renovado que su lectura produce. No aplastar el misterio, dejar que el misterio respire y se realice en el tejido mismo del cuento, es sin duda una de las proezas mayores de esta irrepetible escritora en el arte del relato breve.

Sueños diurnos por Eloy Tizón comenta Cuentos reunidos de CLARICE LISPECTOR (Alfaguara, Madrid, 536 págs.) Trad. de Cristina Prei Rossi, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario Morales

Acerca de Carlos

Aunque crecí y trabajé en la gran ciudad, he vivido también en una zona rural y ahora en Addis (Ethiopia). Me gusta dar paseos por el campo y la montaña. Disfruto con mi familia, con la lectura y cuando me dejo llego a escribir algo. Me gustan los escritores que escriben sobre escritores o sobre el proceso de escribir o de ser, como Paul Auster, Enrique Vila-Matas. Pero también paso buenos ratos con policiacos, sagas y comedias. Soy Doctor Ingeniero Agrónomo y Master en Evaluación y trabajo en temas relacionados metodologías de intervención en cooperación y desarrollo. He tenidos experiencias en cooperación internacional para el desarrollo a nivel ONGD , instituciones y organismos regionales, estatales y Universidades. He sido voluntario, investigador y consultor independiente en temas de desarrollo. He trabajado en temas relacionados con la evaluación de políticas de desarrollo para el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación en Madrid. He trabajado en temas de Evaluación, aprendizaje e investigación como freelance (independiente). He trabajado cuatro años para FAO en Ethiopía en refuerzo de espacios de coordinación, seguimiento y evaluación para la resiliencia…ahora para UNICEF América Latina reforzando capacidades en evaluación y aprendizaje Tengo otro blog igual de raro: Aprendiendo a Aprender para el Desarrollo (TripleAD) https://triplead.blog/
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