Clara camina en Jamaica como si cada calle fuese una frase aún por corregir. Ha venido a evaluar, a medir, a poner palabras donde otros ponen números. Pero desde el primer paso algo se le desordena: el calor no es solo temperatura, es memoria; y la memoria no se deja evaluar.
Recuerda —sin saber muy bien por qué— aquella historia de José Luis López Vázquez y la oferta de irse a Hollywood que rechazó porque implicaba aprender inglés. Le parece una forma muy digna de decir no: negarse a traducirse. Clara, en cambio, lleva años traduciéndose. Entre idiomas, entre informes, entre expectativas del norte y realidades del sur. Se pregunta, mientras esquiva un hueco, si eso no es también una forma de renuncia.
Ayer fue andando a ver al coordinador residente de Naciones Unidas. Su oficina estaba junto a la oficina de FAO y PNUD (y lejos de las demas).
Caminar era una forma de ordenar las ideas, pero las ideas se le desordenaron igual. Cuando buscaba el instituto de riesgos, entró en el edificio equivocado —uno demasiado limpio, demasiado brillante— llamado Unicorn. La recibieron con una cortesía que no correspondía a su error. Un vigilante, amable como quien ha entendido antes que tú lo que buscas, la acompañó hasta el edificio correcto.
Allí, en cambio, nadie sabía dónde estaba la persona que debía entrevistar.
La entrevista, cuando por fin ocurrió, fue plana. Como esas conversaciones que no fallan pero tampoco dicen nada. Clara anotó, como siempre, pero sintió que escribía sobre una superficie sin relieve.
En el desayuno del hotel empieza a observar. Un hombre que remueve el café con una lentitud que parece resistencia. Una mujer que mira el móvil como si esperara una noticia que no llega. Clara imagina sus vidas. Es su vieja costumbre: pequeños relatos, grandes conquistas. Escribir para entender lo que no se puede preguntar.
Compra un libro de Lorrie Moore y otro que ya ha olvidado. Le interesa esa forma de contar donde lo importante no termina de cerrarse. Quizá porque tampoco su trabajo cierra nada: solo abre diagnósticos que otros convertirán en decisiones.
Piensa en el sobrepeso en América Latina y el Caribe, en cómo los cuerpos cuentan historias de desigualdad que los informes llaman “indicadores”. Piensa en los modelos antiguos —la colonización— y en los nuevos —la cooperación—, y en lo poco que a veces cambia la dirección de la mirada. Norte y sur, como si fueran puntos cardinales y no hábitos.
Recuerda también a aquellos expertos anglosajones expulsados de equipos de evaluación por comportarse como si el terreno fuese suyo. No eran colonizadores, pero tampoco huéspedes. Algo intermedio, difícil de nombrar.
Esa noche le vuelven ansiedades antiguas. No son espectaculares; son pequeñas, persistentes, como una gota que no cae pero tampoco desaparece. Clara se pregunta si escribir de nuevo —como antes— podría ordenar algo.
Pero las historias no siempre quieren cerrarse.
Esa misma tarde se entera de la muerte de Luisín, un compañero del colegio. Misma promoción. Mismo pasado. La noticia llega sin contexto, como llegan las cosas importantes: sin preparación.
Entonces entiende algo —o cree entenderlo—: que todos esos intentos de medir, de evaluar, de describir, son apenas rodeos. Caminatas largas para llegar a un edificio equivocado. Y que, sin embargo, en ese error —en el vigilante que acompaña, en la entrevista que no dice, en el desayuno que imagina— hay una forma de verdad más precisa que cualquier informe.
Clara sigue caminando.
Porque hay lugares donde uno no va a encontrar respuestas, sino a aprender a mirar.
