
En la penumbra de su estudio, la escritora Amalia Riasma, se enfrentaba a la decisión más absurda de su vida: separarse de Xavier, por casi 20 años su pareja. No sabía si escribir «su compañero francés» o «su compañero y francés». “¿Cómo puede ser que, después de tantos años de relación, no hayamos compartido ni el champú?”, se preguntaba, mientras contemplaba sus botellas medio vacías en el baño.
Amalia decidió que si iba a terminar su relación, al menos lo haría con estilo. Así que, en lugar de una carta de despedida, preparó un espectáculo de marionetas para comunicar su decisión. “Xavier siempre adoró el teatro”, pensó.
El día de la representación, Amalia se escondió detrás de la cortina con sus marionetas, lista para la función más dramática de su vida. “Querido Xavier”, dijo con voz temblorosa, “nuestro amor terminó como un calcetín perdido en la lavadora, girando sin encontrar su par”.
Xavier, que había entrado en la habitación buscando un libro, se quedó boquiabierto al ver a su compañera convertida en titiritera. “Amalia, ¿qué estás haciendo?”, preguntó, entre sorprendido y divertido.
“Estoy poniendo fin a nuestra relación con un poco de humor, para variar”, respondió Amalia, mientras las marionetas hacían una reverencia.
La situación era tan ridícula que Xavier no pudo evitar reír. “Solo tú podrías pensar en algo así”, dijo, secándose una lágrima mitad de tristeza, mitad de risa. “Pero, ¿sabes qué? Prefiero un final cómico a uno trágico”.
Y así, entre risas y marionetas, Amalia y Xavier encontraron la manera de decirse adiós, recordando que incluso los finales más tristes pueden tener un toque de comedia.
