
Clara recordaba aquel periodo como trabajadora humanitaria especializada en seguimiento y evaluación, cuando se encontraba en una crucial reunión para decidir el futuro del programa en Etiopía. Mientras observaba a sus colegas, notó con frustración cómo cada uno parecía más interesado en exponer sus propias ideas que en escuchar a los demás. Las voces se superponían, creando un caos de opiniones sin dirección ni propósito.
Reflexionó sobre la ironía de la situación: un grupo de profesionales comprometidos con el bienestar de otros, incapaces de practicar la empatía y la escucha activa entre ellos. Clara sabía que la clave para el éxito del programa residía en la colaboración y el entendimiento mutuo, pero en ese momento, todo parecía perdido en un mar de egos y distracciones.
Finalmente, Clara decidió intervenir. Aunque nerviosa por dentro, con voz firme pero calmada, dijo: «Colegas, creo que hemos perdido el rumbo. Nadie está escuchando a nadie. Si queremos tomar una decisión informada y efectiva para el futuro de nuestro programa en Etiopía, necesitamos empezar por escucharnos unos a otros. Solo así podremos construir sobre las ideas de todos y encontrar la mejor solución.»
Sus palabras crearon un silencio momentáneo en la sala y, sin ninguna respuesta, se pasó a otro tema de la reunión. Sin embargo, Clara notó las miradas de desaprobación de algunos participantes, especialmente aquellos con más experiencia y pero tambien con más ego en la organización. Sentía que su intervención no había sido bien recibida por todos, y la tensión en la sala aumentó.
Desanimada, Clara se preguntó si debía callarse y seguir adelante. Pero al final, decidió que no podía seguir en un entorno donde su voz no era valorada. Con una mezcla de tristeza y determinación, Clara se levantó, recogió sus cosas y abandonó la reunión. Poco después, tomó la difícil decisión de dejar la organización y regresar a su hogar en Argentina, buscando un lugar para reflexionar y decidir qué hacer con su vida.
