
Clara escribía en su cuaderno, buscando en las palabras un refugio para sus pensamientos errantes. Diciembre llegaba como Sísifo con su piedrita, empujando el año hacia su inevitable final. Era un buen momento para darse cuenta de que sus buenas intenciones eran eso, buenas intenciones. Aunque siempre quedaba esa duda: «¿Y si sí, y si este año es de verdad el año…?»
El tiempo pasaba más rápido a partir de cierta edad, y Clara sentía que se iba dando por perdida, ya no creía en el cambio. Empezaba a considerarse un poco marginal, una observadora en los márgenes de una sociedad que seguía su curso sin ella. Aceptar el pasado, aceptar el presente, esperar el futuro, se repetía como un mantra.
En su visita a Lyon, Ignacio le había dicho que buscara una afición que la alejara de la tristeza. Siguiendo su consejo, fue a ver la exposición bienal de arte contemporáneo del MAC de Lyon. Mientras recorría las salas, pensaba en su padre, que fue artista, y en la cantidad de personas que dedicaron su vida al arte, que se empeñaron y empeñaron. Como a ella con su arte, aunque no supiera bien como definir, eso. Se le ocurrió ir al MAC sin sus gafas, no era una especie de experimento para ver el arte de una manera diferente, simplemente era muy típico en Clara, se le habían olvidado.
Entre las obras de artistas como Daniel Buren, Marina Abramović y Anish Kapoor, Clara se dio cuenta de que tal vez sus relaciones podrían ser más sanas, y que hacía tiempo que debía haber tomado decisiones sobre ello. La claridad de esa revelación la golpeó con fuerza.
De regreso a casa, la sorprendieron sin billete en el tranvía. Una controladora, que tenía aire de ser de origen magrebí, con una mirada compasiva, decidió no sancionarla por ser extranjera, dándole una nueva oportunidad. Clara sintió una mezcla de vergüenza y gratitud, pero sobre todo, un destello de esperanza. La humanidad todavía tenía bondad y esperanza, y quizás, solo quizás, ella también.
