
En su frío estudio en Madrid, Clara observaba la ciudad desde su ventana. Las luces de la ciudad brillaban como estrellas en la noche, recordándole los días de su juventud, cuando la vida prometía emociones y aventuras. Había recorrido las calles de la capital tantas veces y ahora, en su madurez, se encontraba a menudo reflexionando sobre el camino recorrido.
Clara había vivido intensamente. Había amado y perdido, luchado por sus ideales y enfrentado sus debilidades y algunas traiciones que la habían marcado profundamente. Recordaba a su madre, una mujer fuerte que le había enseñado a nunca rendirse, y a su padre, cuya pasión por la literatura había encendido en ella el amor por las palabras.
Sus pensamientos la llevaron a sus años como cooperante en Etiopía, Senegal y América Latina. En esos lugares, había trabajado para ONGD internacionales en planificación, seguimiento y evaluación, asegurando la calidad de la ayuda. Había visto la esperanza en los ojos de los niños, la resiliencia de las comunidades y la lucha diaria por un futuro mejor. No estaba segura si había servido para algo, y si cada país le había dejado una huella imborrable, enseñándole que la vida es una mezcla de luces y sombras, y que cada experiencia, por dolorosa que fuera, la había moldeado. Para que todo eso no cayera en el olvido se esforzaba en recordarlo, revivirlo y escribirlo.
En su escritorio, un micro relato esperaba ser terminado. Era un microcuento sobre el Empecinado, un héroe de la resistencia española contra los franceses. Clara había escrito sobre él, tratando de plasmar sus ideas, convicciones y frustraciones. Sin tener una clara idea de sus referentes, había desarrollado su escritura en base a su pasión y a sus lecturas anárquicas.
El traicionado
En la húmeda oscuridad de la cueva, el Empecinado, el león de Castilla, saboreaba la amargura de la traición. Sus antiguos aliados, convertidos en sombras cobardes, lo habían entregado a los realistas y a los franceses. Solo, con el eco de sus propias hazañas resonando en sus oídos, aguardó el alba, la hora de su cita con la horca. El viento silbaba entre los riscos, igual que la tormenta que llevaba dentro. En la cima, el Empecinado, erguido y desafiante, miraba al horizonte. A sus pies, la tierra castellana, testigo muda de sus victorias y derrotas. Un último suspiro, y se fundió con la inmensidad, libre por fin. «¿España libre?» murmuró, más para sí mismo que para el vacío. La frase, tantas veces repetida en el fragor de la batalla, ahora sonaba como un eco lejano. Cerró los ojos. ¿Habría valido la pena? En la celda fría, el Empecinado acarició la cruz de hierro que siempre llevaba consigo. Un recuerdo de su madre, un talismán contra la mala suerte. La ventana, una estrecha ranura en la pared, ofrecía una vista de la plaza, donde pronto sería exhibido como trofeo. Sonrió con amargura. España, su amada España, seguiría luchando. Y él, desde alguna parte, la acompañaría.
Clara cerró el fichero y la sesión y sonrió con satisfacción. Su vida, como las novelas de Javier Marías y Vila-Matas, estaba llena de giros inesperados y personajes inolvidables. La metaficción del Empecinado no era solo un reflejo de su pasión por la historia, sino también una exploración de su propia identidad y de las complejidades de la existencia. En un mundo donde la realidad y la ficción se entrelazaban, Clara encontraba cierto alivio en las palabras, sabiendo que, aunque el papel pudiera parecer más fácil que la vida real, cada palabra escrita era un reflejo de su ser y de su verdad.
