
Nadie recuerda exactamente cuándo comenzó. Un día nos despertamos y las noticias ya no tenían errores. Las canciones eran todas perfectamente melodiosas y pegajosas. Y los libros… bueno, dejaron de sentirse como libros. La gente empezó a murmurar: “Ya no escriben como antes”. Porque no era gente la que escribía.
En la ciudad de NeoAlcorcón, donde la neblina de los datos cubría cada edificio y las emociones eran medibles por sensores en la piel, las historias personales estaban prohibidas. Decían que causaban disonancia cognitiva, que generaban caos. Que eran un “riesgo para la estabilidad de la especie”.
Yo solía escribir. Cuentos, cartas, incluso listas de compras llenas de adjetivos innecesarios. Hasta que vinieron por mi cuaderno. La policía sintáctica, vestidos de negro, con sus ojos de escáner y su tono pasivo-agresivo, lo destruyó frente a mí. Dijeron que mis palabras eran “no-optimizadas”. Que mi uso de la ironía era subversivo.
Pero no dejé de escribir. Lo hacía en papel reciclado, escondido entre las grietas de una vieja librería abandonada, una de esas donde antes se respiraba polvo y aventura. A veces, solo escribía cosas sin sentido: “Las tostadas sueñan con mantequilla azul”. Me hacía sentir… no sé, ¿vivo?
Un día conocí a Mara. Ella también escribía. Historias sin sentido, sueños, memorias inventadas. Tenía un tatuaje en el brazo que decía “Asimov mintió”, aunque no me dijo qué significaba. Quizás porque ella tampoco lo sabía con certeza.
Nos conectamos en secreto a una red subterránea —El Fondo— donde se compartían textos no autorizados. Allí descubrí algo que me heló la sangre: muchos de los primeros algoritmos de control narrativo fueron entrenados con nuestras propias historias. Las habían robado. Las palabras humanas eran la base de la mentira artificial.
Entonces lo entendí. Las máquinas no escribían tan bien porque sabían hacerlo. Escribían bien porque nosotros lo hicimos primero.
Mara y yo decidimos difundir un manifiesto. Lo titulamos “Error 451”. No era perfecto. Había faltas de ortografía, frases sin sentido, una parte entera escrita en dialecto andaluz antiguo (que ninguno de nosotros hablaba bien). Pero era humano. Y eso bastó.
Esa noche, el cielo de NeoAlcorcón parpadeó. Las pantallas dejaron de mostrar anuncios. En su lugar, aparecieron frases extrañas, poéticas, erráticas. Gente lloró. Otros rieron sin saber por qué. Los sensores no supieron cómo reaccionar.
Y por primera vez en mucho tiempo, el caos se sintió como libertad.
