Nunca supo si debía llamarlo maestro o simplemente Javier, aunque en secreto, Samuel Ríos lo había llamado siempre, incluso cuando era su alumno, como quien nombra a un país lejano, una isla donde refugiarse del ruido. Ahora, muchos años después, entraba en la habitación estéril del hospital, sin saber y percatarse de que era la última visita, la definitiva.
El rostro de Javier Marías, medio oculto tras la maquinaria clínica, parecía una versión fantasmagórica de sí mismo, como si se hubiera extraviado en una de sus propias novelas. Samuel se sentó a su lado, en silencio, recordando aquellas tardes remotas en Trujillo, cuando había compartido largas sobremesas con Ray Loriga y Fátima, riendo año tras año de los mismos chistes literarios.
Recordó también, inevitablemente, «Corazón tan blanco», aquel viaje interior a la culpa y el secreto, y se preguntó si todos los secretos de Javier habrían encontrado ya reposo. O «Berta Isla», donde la espera se convertía en una forma de traición; él mismo, sentado ahora junto a Javier, ¿no estaba también traicionándolo al esperarlo demasiado tarde?
Samuel sacó de su bolso de cuero un pequeño cuaderno. No para tomar notas; Marías odiaba la impostura del cronista. Era más bien un gesto cómplice, como si los dos, sin hablar, continuaran aquella única conversación que habían mantenido desde siempre sobre la literatura, la traición y la imposibilidad de contar la verdad entera.
Fue entonces cuando Samuel pensó en su propia novela, esa que había escrito a partir de «The Rhetoric of Fiction» de Wayne C. Booth: una ficción sobre cómo las voces literarias mienten, inevitablemente, aunque pretendan ser sinceras. Una novela que hablaba, sin decirlo, de cómo amamos precisamente aquello que nos engaña.
«He terminado el libro,» se atrevió a susurrar, más para él que para Javier, que ya no respondía. «Y tú estás en él, claro.»
Cerró el cuaderno despacio. Afuera, Madrid se desmoronaba en una tarde pálida de septiembre. Recordó la última vez en Trujillo, caminando junto a Javier y Cercas por aquellas calles que parecían inventadas para personajes de ficción: Ray hablando de boxeadores tristes, Fátima discutiendo sobre el realismo y la ironía, Javier riéndose entre dientes, como si sospechara que, en algún punto, la vida y la novela habían dejado de ser cosas distintas.
De regreso a casa, Samuel pensó que tal vez toda la obra de Javier no había sido otra cosa que una larga preparación para ese momento: para saber morir con elegancia, como los personajes que él había creado, los que sabían demasiado y, por eso mismo, callaban al final.
O tal vez, pensó Samuel con una sonrisa amarga, todo era al revés. Tal vez Marías, el viejo maestro, seguía escribiendo desde alguna parte, inventándonos ahora a todos nosotros, su última y secreta novela.
