
La lluvia caía sobre Addis Abeba como si quisiera borrar algo. Clara, coordinadora de un programa de resiliencia para una organización de desarrollo, había aprendido a leer las nubes tanto como los informes. Aquella mañana de agosto de 2018, la noticia había recorrido los pasillos de su organización como una grieta silenciosa: el jefe adjunto de su oficina había sido encontrado muerto en su despacho, un vaso caído junto a la mesa, y un expediente incompleto abierto en la pantalla del portátil.
No hubo investigación formal. Se habló de un paro cardíaco. Pero Clara, que había compartido reuniones, silencios y alguna noche de gin tonic en el Zebu Bar con conocidos del fallecido, sintió que había demasiadas piezas sin encajar. Tenía el entrenamiento, aunque no el distintivo de detective: doctora ingeniera, evaluadora de políticas, formadora en teoría del cambio, escritora de microrelatos. ¿Por qué no aplicar todo eso a un crimen?
El jefe adjunto no era precisamente querido en la oficina. Algunos lo apodaban, medio en serio medio en broma, «Rasputín». Tenía una forma de operar que no dejaba lugar a la duda: manejaba la oficina a su antojo, con malas artes cuando era necesario, imponiendo su voluntad y apartando sin ceremonia a quienes no se alineaban con sus deseos. En los últimos meses, varias personas habían sido reubicadas, otras marginadas en silencio. Había muchos que tenían motivos para desear su caída. Demasiados candidatos, pensó Clara. Demasiados silencios.
Su primer paso fue el más familiar: reescribir la teoría del cambio de la oficina. Empezó por el final, el impacto: una muerte repentina. Retrocedió. Cambios en el ambiente laboral, sospechas latentes, una auditoría no publicada. Clara comenzó a recolectar outcomes: pequeños efectos, inesperados, que podían tener raíces ocultas. La consultora etíope que evitaba el Zebu desde julio. El asistente administrativo que dejó de bromear sobre «la caja chica». Una consultora júnior que lloraba en el jardín tras las reuniones.
Usó lo que sabía de grupos focales, pero disfrazado de talleres sobre gestión del conocimiento. «¿Cuál fue el momento más crítico del año pasado?», preguntaba, dejando el silencio respirar. Las respuestas iban construyendo una narrativa de miedo, de poder mal ejercido, de advertencias no escuchadas.
Una noche, revisando un viejo cuaderno donde escribía cuentos sobre el Zebu Bar, encontró uno titulado «La llamada equivocada». En él, un personaje inspiradamente cercano al jefe de logística hablaba por teléfono sobre un «viaje urgente» justo el día del fallecimiento. Clara se detuvo. Había captado un detalle real disfrazado de ficción, sin darse cuenta. Una trampa narrativa.
Volvió sobre la historia. Revisó facturas, pedidos, movimientos de personal. Una orden de compra por equipos inexistentes, firmada por alguien que salió del país dos semanas después. Una cadena de consecuencias ocultas bajo la superficie de la burocracia. No era pasión ni venganza. Era dinero. Y el jefe adjunto lo había descubierto.
Clara escribió un informe, no como acusación, sino como relato evaluativo. Usó lenguaje técnico, neutro, cuidadoso. Lo hizo llegar a una persona de confianza en la Oficina Regional. Nunca recibió respuesta. Pero meses más tarde, el personaje sospechoso fue reasignado a otro país «por razones personales».
Hoy, el Zebu Bar sigue abierto. Algunos juran que Clara aún escribe historias allí. Historias donde los silencios dicen tanto como los datos, y la literatura resuelve lo que los sistemas prefieren callar.
