
Estaba yo sentada en un banco del parque, hojeando un librito de evaluación de la cooperación internacional como quien repasa un menú de tapas: con un interés fingido, sabiendo que al final siempre pedirá lo mismo.
Me encontré con Edgardo, o me encontró Edgardo a mí, en el parque.
Me vio, me invitó a pasear con él hasta el estanque de los cocodrilos y en el camino me dijo:
—Clara, ¿tú eres escritora, evaluadora o cooperante?
Edgardo siempre suele hacer ese tipo de preguntas. Preguntas que parecen no ir a ninguna parte, pero de las que luego se puede sacar mucho partido. Yo, que ese día me sentía más ficción que carne y hueso, le contesté que era ambas cosas. O ninguna. Según soplara el viento. Edgardo frunció el ceño, como si le hubiese dado una respuesta en latín.
—¿Hay mucho escritor frustrado ?—me preguntó o más bien me advirtió con tono de experto.
Tuve que corregirle:
—No, Edgardo. El escritor frustrado no existe: solo existe el autor frustrado. El escritor escribe; el autor publica. Y lo que frustra, ya sabes, es la imprenta, no la inspiración.
Me miró con cara de póster arrancado. Y ahí pensé que tal vez yo era un personaje inventado por él, y no al revés. O quizá Clara se inventa a Edgardo para justificar sus paseos literarios. O peor: nos inventa un narrador caprichoso que aún no ha decidido si somos de verdad.
De pronto recordé aquel libro que encontré en una librería de saldo: Literatura, evaluación y cooperación. Aquel libro ese día lo hojeé y pensé: “Este narrador me parece familiar y parece salido de un libro de Vila-Matas”. Compré el ejemplar por pura simpatía, hasta que descubrí que, en realidad, era un libro de mi amigo Rafa, basado en un trabajo que hicimos conjuntamente. O sea que, en el fondo, era un libro mío. Mi propio libro.
Además, poco después me encontré la portada de ese libro, mal recortada, convertida en póster y colgada en la pared de la oficina de mi amigo Luc. Me enteré porque el propio Luc me lo contó, orgulloso:
—No he leído a Vila-Matas, pero la portada recortada queda perfecta junto al calendario de 2025.
Confieso que ni me ofendí. Después de todo, yo también recorté un día un artículo del periódico, convencida de que las palabras eran mías solo porque me sonaban conocidas.
Edgardo interrumpió mis divagaciones con un gesto teatral.
—Entonces, ¿qué es la literatura para ti?
(Otra de sus preguntas típicas, de esas que parecen sacadas de Aterriza como puedas: lo mismo podría haberme preguntado si me gustan las películas de gladiadores, si he estado alguna vez en una prisión turca, o si disfruto viendo a los hombres desnudos en los vestuarios).
No supe si contestar con solemnidad o con una broma. Opté por ambas.
—Quizá sea inventar otra vida que pueda ser la nuestra, inventar un doble, un espejo. O simplemente hacer creer a alguien que compra un libro de crítica literaria cuando en realidad adquiere una postal para su pared.
En ese momento a Edgardo se le escapó la frase, como un lapsus docto, que sonó a sentencia grabada en mármol:
Tempus tantum nostrum est.
Miré a Edgardo sorprendida (sabía latín además de preguntas imposibles)
—¿Qué significa eso?
—Que el tiempo solo nos pertenece a nosotros —me respondió, sin aclarar si hablaba de los personajes, de las evaluadoras, de las cooperantes, de las escritoras, o de las lectoras atrapadas en esta página.
Se hizo un silencio extraño. Por un segundo pensé que, si parpadeaba demasiado fuerte, desapareceríamos los dos. Porque ¿y si Clara no existe más que en la mente de una evaluadora cansada de leer informes de los que otros tantos están también cansados? ¿Y si Edgardo no es más que un nombre útil para justificar diálogos? ¿Y si la verdadera escritora frustrada es la lectora, condenada a ver cómo todo esto se le escapa de las manos?
Yo, al menos, me quedé tranquila: en el parque, en la literatura o en la evaluación de la cooperación, sigo siendo invento de alguien. Y con eso basta.
