
Clara camina por el sendero de Cruces desde la carretera de Maden hasta el Merca.
El grupo va adelante, riendo; ella queda atrás, como si su paso tuviera la densidad exacta del pensamiento. El aire no es solo húmedo: transpira.
La selva la envuelve con esa familiaridad sospechosa de lo que parece natural, pero no lo es.
Toma una foto: una rama caída, un empedraro en forma de cruz.
Luego otra: el cielo deshilachado entre las copas, un tronco que parece una espiral, los hongos rojos o blancosque respiran despacio.
Y más: una señal roja en un árbol, un charco donde su reflejo pestañea.
Clara no está segura de si fotografía el mundo o si el mundo se fotografía a través de ella.
Piensa que debe cambiar. Que la próxima pisada será distinta.
Pero lleva años diciéndose lo mismo.
En su memoria, los grandes cambios siempre tuvieron forma de imagen:
un sacerdote en Brasil hablando de liberación,
unos árboles moviendo su copa en Addis,
una palmera en el parque de Panamá.
Cada foto fue una promesa; ninguna se cumplió.
Saca su cuaderno.
Escribir es otra forma de detenerse.
Anota: dejar atrás el deseo irracional e imposible, la necesidad de gustar, las normas que se doblan solas.
Duda. Escribe también perdonarse, pero lo borra enseguida.
El grafito queda como una sombra que no se deja borrar del todo.
A veces sospecha que no piensa: la piensan.
Que alguien la mira desde afuera de la página.
Un lector, tal vez.
O la autora, riéndose un poco mientras describe cómo Clara escribe sobre sí misma escribiendo.
O tal vez otra Clara —más antigua o más joven— caminando el mismo sendero en otro tiempo, con las mismas ideas recicladas, las mismas ganas de redención que nunca llegan.
El grupo se pierde adelante.
El clic de su cámara es ahora una respiración mecánica.
Mira las fotos: barro, sombra, cruz, agua. Todas iguales.
Y comprende que ha buscado el cambio como se busca una foto enfocada: sin entender que el enfoque solo aparece cuando uno deja de mirar.
Guarda la cámara.
El camino sigue, igual que siempre.
Cuando llega al Merca, alguien le pregunta si disfrutó la caminata.
Clara sonríe.
Dice que sí, que fue distinta esta vez.
Pero al revisar la pantalla, aparece una última foto que no recuerda haber tomado:
ella misma, de espaldas, caminando hacia el principio del sendero.
Por un segundo, cree escuchar el sonido de una tecla.
Y entiende – con la serenidad de quien ya ha sido escrita –
que el cambio no era suyo, sino del relato.
Nota
“Cambio y Cruces” dialoga con tres tradiciones complementarias: la introspección sensorial de Clarice Lispector, la mirada simbólica y orgánica de Olga Tokarczuk, y la conciencia narrativa de Italo Calvino.
Del tono lispectoriano toma la disolución entre pensamiento y materia: Clara no describe la selva, la selva piensa con ella.
De Tokarczuk hereda la idea del camino como organismo vivo, donde cada imagen es una metamorfosis cíclica.
Y de Calvino, el gesto irónico y metatextual: cuando Clara escucha el “sonido de una tecla”, comprende que su cambio no le pertenece, sino al relato.
Así, la microficción no cierra una historia, sino que revela un bucle: la búsqueda de Clara —y del lector— ocurre dentro del lenguaje mismo.
