
(Panamá, octubre de 2025)
Clara pensó, antes de subir al bar, que los cooperantes eran los monjes digitales del siglo XXI.
No rezaban el rosario, lo escroleaban.
Cada “entregado a tiempo” era un amén neoliberal; cada “impacto alcanzado”, un acto de fe en el Excel como libro sagrado.
Byung-Chul Han lo había dicho sin pestañear: el smartphone nos usa a nosotros, no al revés.
Y allí estaba ella, atrapada entre Google Sheets y la humedad tropical, intentando salvar al mundo desde una hamaca con wifi.
Autoexplotación: la nueva espiritualidad.
Nos cansamos por amor al cambio, pensó.
Quemamos energía como si la esperanza fuera un combustible fósil.
Han lo llamó “sociedad del rendimiento”; en cooperación se llama “compromiso”.
Compromiso que se mide en horas extras y sonrisas al sol.
“Me prometí liberar a otros —se dijo—, y terminé esclava de mis propios ideales.”
La burocracia del bien es un monstruo de mil formularios.
Rendir cuentas, no cambiar el mundo.
Los KPI’s son tótems de una tribu cansada.
Hartmut Rosa hablaría de resonancia: volver a sentir el temblor entre personas y no entre celdas de presupuesto.
El discurso del “empoderamiento” se había vuelto slogan corporativo.
El Sur como decorado, el Norte como director creativo.
Byung-Chul lo llamaría “simulacro de libertad”.
Escobar replicaría: “inventemos otros mundos posibles.”
Clara solo suspiró: ¿y si el cambio empieza por dejar de hablar tanto de cambio?
Le faltaban rituales.
Antes el café de la mañana era una misa laica; ahora, reuniones en Zoom que fingían cercanía.
Illich tenía razón: convivir es más revolucionario que producir.
Tal vez la revolución —pensó— sea volver a escuchar sin grabar.
Miró su reloj.
Blanca la esperaba arriba, en el rooftop del Selina.
Apagó el portátil, respiró hondo y decidió llegar tarde como acto político.
Blanca ya estaba ahí, mirando la bahía, con un cóctel rosa y el gesto de quien practica el sarcasmo como defensa civil.
—Por fin —dijo—. Pensé que te habías perdido en una reunión de impacto sostenible.
—Casi. El informe me pidió matrimonio.
Rieron.
La música trap se mezclaba con el zumbido de los drones turísticos que filmaban el atardecer.
Todo brillaba: los neones, las sonrisas, la ilusión de pertenecer a algo.
—¿Viste lo del Premio Princesa? —preguntó Blanca—. Han, el filósofo-rockstar que odia las pantallas.
—Sí. Lo vi en streaming. En tres pantallas distintas.
—Eso es metaironía.
Clara rió. Pero dentro de ella algo zumbaba: el tábano socrático seguía picando, solo que ahora por Bluetooth.
—Dijo que el smartphone es un rosario moderno —continuó Blanca—. Y que nos explota la libertad.
—Pues imagínate el rosario de la cooperación: KPI, meta, informe, repite.
—Han diría que trabajas en la iglesia del rendimiento.
—Y tendría razón. Pero al menos damos abrazos después de la misa.
Blanca la observó un momento.
—¿Sigues creyendo en el cambio?
—Sí, pero más lento. Como quien cultiva una planta sin Wi-Fi.
—Eso no da resultados trimestrales.
—Precisamente.
Silencio.
Dos tragos.
El viento les despeinaba el cinismo.
Clara sintió que su cuerpo escribía informes incluso cuando dormía.
El cansancio era su segunda piel.
“Estoy agotada”, dijo.
—Normal —respondió Blanca—. Eres la versión 3.0 del mártir ilustrado.
Clara rió, y en su risa hubo un poco de fe.
Han decía que el cansancio nos desconecta del mundo, que ya ni percibimos el viento.
Ella lo intentó: olió el ron, escuchó las risas.
El mundo todavía vibraba, aunque fuera débilmente.
—¿Sabes qué me preocupa? —preguntó Blanca—. Que incluso la empatía se volvió algoritmo.
—Los proyectos ahora incluyen un “índice de humanidad”.
—Sí. Lo mide Deloitte.
Rieron. Pero el eco fue triste.
Paulo Freire, pensó Clara, diría: dialoga, no eduques.
Lugones añadiría: ama como quien desarma el mundo.
Quizá la cooperación necesite menos “beneficiarios” y más nombres propios.
Un camarero encendió una bengala sobre un cóctel.
Chispas en el aire, como un ritual breve y luminoso.
—Han dice que sin ritual no hay comunidad —murmuró Clara.
—Entonces estamos jodidas.
—O a punto de reinventarla.
Blanca la miró, sonriendo.
—Tú siempre encuentras esperanza hasta en el diagnóstico más deprimente.
—Alguien tiene que hacerlo. Tú haces el chiste, yo la fe.
—Equipo completo.
A su alrededor, los nómadas digitales bailaban, tuiteaban, meditaban, todo a la vez.
Clara los observó como a un experimento de Han: la dominación total es aquella que se disfraza de libertad.
Quizá la cooperación no necesitara más innovación, pensó, sino menos velocidad.
Menos “alianzas estratégicas”, más comidas sin agenda.
Menos storytelling, más silencio compartido.
Blanca guardó su móvil. Clara apagó el suyo.
Un pequeño acto revolucionario.
Las luces de la bahía titilaron, como si la ciudad también respirara.
—¿Y si lo único que necesitamos es cansarnos juntas? —preguntó Blanca.
—Sí. Pero sin que duela.
—Eso ya suena a utopía.
—O a descanso.
El cielo se abrió: relámpagos sobre el Pacífico.
El DJ subió el volumen. La gente gritó.
Clara sintió que todo —el ruido, el cansancio, el absurdo— tenía sentido por un segundo.
Como si Han, Galeano y Freire bailaran con ellas.
Levantó su copa y brindó sin mirar el móvil, sin hashtags, sin KPI.
Solo por el simple milagro de seguir aquí, conversando.
Y comprendió —sin pensarlo, sin escribirlo—
que la cooperación no está en los proyectos, sino en la pausa.
En esa pausa donde dos mujeres, cansadas del mundo,
todavía se atreven a imaginar otro.
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