
Lyon jadeaba aquella noche de Fête des Lumières del 7 de diciembre de 2025 como un animal viejo que se niega a dormirse. El Saona relucía tenso, la fachada de Saint-Nizier parecía estar opinando de todo y de todos, y el stand rojo —ese artefacto postmoderno regurgitando luz y sonido— latía como un corazón enfermo.
Lara no lo miraba. Y no mirarlo era, paradójicamente, la única forma de estar viva allí.
Ser gestora de evaluaciones la había convertido en experta en detectar cosas que no cuadran, pero no en solucionarlas. Años revisando informes ajenos le habían enseñado una verdad incómoda: evaluar es una forma elegante de huir de uno mismo. Ella lo sabía. Por eso Lyon le daba miedo. Lyon no te evalúa: te desnuda.
Mientras avanzaba entre la multitud, una frase que había escrito días antes regresó como un puñetazo sin puño: “Hagas lo que hagas, lo jodes”. No era una queja; era una radiografía. Lo pensaba cada vez que imaginaba aprender a bailar, o a tocar la guitarra, o simplemente a no sabotearse. Se decía a sí misma que era la perdedora profesional, la que no apostaba para no perder… salvo cuando decidía que vivir —aunque fuera mal— contaba como victoria.
Virginie Despentes había sonreído con esa sonrisa suya que ya lleva la Croix-Rousse tatuada dentro:
—Lyon es un espejo, tía. Pero uno que no te devuelve la cara. Te devuelve lo que escondes.
Lara había fingido tomárselo a broma, como si pudiera engañar a quien se ha pasado media vida escribiendo sobre gente que ya no puede mentirse ni a sí misma.
La música viscosa del stand rojo golpeó de pronto, una vibración que entraba por la piel. La gente se quedó quieta, como si la ciudad hubiese sido pausada desde un control remoto municipal. Y ahí, en ese silencio absurdo, irrumpió otro pensamiento fugado de su cuaderno mental: “Miedo al miedo. Miedo a que descubran que no soy más que un engaño bien iluminado”.
Sí, eso. El miedo al miedo como un segundo esqueleto.
Quizá por eso ella —que no miraba el stand— vio lo que nadie vio: tres figuras deslizándose entre los cuerpos detenidos. No parecían ladrones: parecían auditores de la decadencia contemporánea. Ejecutaban su trabajo con una precisión tan burocrática que daba vergüenza. Cogían móviles, carteras, relojes como quien rellena un Excel. Y Lara pensó: esto es lo que pasa cuando confundes indicadores con vida.
Otro latigazo interior: “Discutimos, el tiempo pasa, sigo siendo una enana fracasada… y también soy yo, también soy yo”.
Ese “también soy yo” pinchaba. Lyon se lo repetía con crueldad maternal.
Virginie apareció sin anuncio, como si la hubiera invocado el propio temblor de Lara.
—Te lo dije —dijo, mirándola como se mira a quien por fin empieza a entender—. No es la luz lo que paraliza. Es lo que te revela.
—¿Y qué hago?
—Elige si quieres seguir asistiendo a tu vida como si fuera un pase de prensa.
Fue eso. No el valor. No la justicia. Fue la humillación íntima de sentirse espectadora de sí misma lo que la empujó hacia los cacos. Avanzó tropezando, sin épica, sin talento, pero con la ferocidad de quien está cansada de evaluarlo todo y no cambiar nada.
La gendarmería llegó entre gritos y luces. Uno de los ladrones la miró como quien reconoce una derrota que no es la suya. Le dijo sin decirlo: tú también robas, pero te robas a ti misma.
Caminaron juntas, Lara y Virginie, hacia el río.
—¿Qué coño era ese stand? —preguntó Lara.
Virginie soltó humo.
—Tal vez una instalación artística. Tal vez un error de cálculo. Tal vez la ciudad dándonos un mensaje. ¿Qué importa? Lo interesante es por qué tú no estabas hipnotizada.
—Porque no lo miré.
—No. Porque llevas años mirándote demasiado. Y mal.
Lara recordó otra frase de sus notas: “Aunque tengas éxito, ni escritora ni evaluadora se sienten satisfechos”.
Era verdad. Había pasado demasiado tiempo queriendo ser autora, gestora, experta, lo que fuera, menos lo que realmente era: alguien que tenía miedo a existir sin excusas.
Pensó en Robert Redford. No en el mito, sino en esa forma suya de convertir la indecisión en fotogenia. Ella había intentado eso durante años: disfrazar de estilo su parálisis.
Virginie se detuvo y señaló el stand, ya casi apagado.
—Mira. Ellos se paralizan con la luz. Tú te paralizas con tu miedo. ¿Cuál es la diferencia?
Lara sintió que la pregunta no era para ella. Era para cualquiera que estuviera leyendo esto.
Para ti, lector que esperas que el mundo cambie mientras no mueves un músculo.
Entonces comprendió:
El stand no congelaba a nadie.
Solo mostraba lo que ya estaba congelado dentro.
Respiró hondo.
—Quiero vivir —dijo.
Y esta vez no evaluó el paso que daba, ni la distancia, ni la pertinencia del gesto.
Simplemente caminó.
Y Lyon, por primera vez, caminó con ella.
Running Up That Hill (A Deal With God)
It doesn’t hurt me (yeah, yeah, yo)
Do you wanna feel how it feels? (Yeah, yeah, yo)
Do you wanna know, know that it doesn’t hurt me? (Yeah, yeah, yo)
Do you wanna hear about the deal that I’m making? (Yeah, yeah, yo)
You
It’s you and me
And if I only could
I’d make a deal with God
And I’d get Him to swap our places
Be runnin’ up that road
Be runnin’ up that hill
Be runnin’ up that building
Say, if I only could, oh
You don’t wanna hurt me (yeah, yeah, yo)
But see how deep the bullet lies (yeah, yeah, yo)
Unaware I’m tearin’ you asunder (yeah, yeah, yo)
Oh, there is thunder in our hearts (yeah, yeah, yo)
Is there so much hate for the ones we love? (Yeah, yeah, yo)
Oh, tell me, we both matter, don’t we? (Yeah, yeah, yo)
You
It’s you and me
It’s you and me
Won’t be unhappy
And if I only could
I’d make a deal with God
And I’d get Him to swap our places
Be runnin’ up that road
Be runnin’ up that hill
Be runnin’ up that building (yo)
Say, if I only could, oh
You (yeah, yeah, yo)
It’s you and me
It’s you and me
Won’t be unhappy (yeah, yeah, yo)
Oh, come on, baby (yeah)
Oh, come on, darlin’ (yo)
Let me steal this moment from you now
Oh, come on, angel
Come on, come on, darlin’
Let’s exchange the experience (yo), oh, ooh, ooh
And if I only could
I’d make a deal with God
And I’d get Him to swap our places
I’d be runnin’ up that road
Be runnin’ up that hill
With no problems
Say, if I only could
I’d make a deal with God
And I’d get Him to swap our places
I’d be runnin’ up that road
Be runnin’ up that hill
With no problems
Say, if I only could
I’d make a deal with God
And I’d get Him to swap our places
I’d be runnin’ up that road
Be runnin’ up that hill
With no problems
Say, if I only could
I’d be runnin’ up that hill
With no problems
Songwriters: Kate Bush
