Escribir el cuento más corto del mundo

Una historia de Blas para su cuaderno.

Blas decidió hacer una tesis doctoral sobre los mejores microcuentistas del mundo después de descubrir que llevaba treinta años intentando escribir una novela y no había conseguido terminar ni el título.

La idea se le ocurrió mientras esperaba que arrancara el ordenador de la oficina. Tenía tiempo para una tesis, una segunda carrera y posiblemente una enfermedad terminal.

Su primera dificultad fue establecer qué era exactamente un microcuento.

Encontró definiciones que hablaban de cincuenta palabras, otras de trescientas y algunas de mil. Le pareció una disciplina admirable: la única rama de la literatura en la que los escritores discutían sobre el tamaño antes de ponerse a trabajar.

Comenzó por Monterroso.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Siete palabras. Blas las contó tres veces.

No entendía cómo un guatemalteco nacido en Honduras había conseguido tanta reputación con siete palabras mientras él necesitaba cuarenta y siete para justificar un día de teletrabajo.

Después descubrió a Ana María Shua, a Juan José Arreola, a Marco Denevi, a Luisa Valenzuela, a Borges, a Cortázar y a Max Aub. También a Lydia Davis, que escribía relatos tan breves que algunos parecían observaciones hechas mientras esperaba el autobús.

Le preocupó el sesgo geográfico.

¿Por qué tantos latinoamericanos? ¿Dónde estaban los microcuentistas de Burundi, Uzbekistán o Luxemburgo? ¿Era posible que la brevedad literaria estuviera relacionada con la inflación, las dictaduras o la dificultad para encontrar aparcamiento?

Abrió una hoja de Excel. País. Sexo. Extensión. Premios. Traducciones. Número de dinosaurios. La columna de dinosaurios resultó decepcionante.

Su director de tesis, un catedrático que llevaba diecinueve años estudiando los silencios de Kafka sin haber publicado nada, le recomendó incorporar una perspectiva de género y una metodología comparativa.

Blas añadió dos columnas. Después una tercera: Impacto transformador del microrrelato.

Le pareció especialmente prometedora. Nadie sabía qué significaba, pero permitía organizar un seminario internacional.

Durante seis meses leyó miles de relatos. Descubrió que los mejores no contaban una historia: conseguían que el lector la terminara. Era una forma extraordinaria de externalización del trabajo creativo. El escritor ponía veinte palabras y el lector aportaba el resto sin cobrar derechos de autor.

Blas empezó a sospechar que la literatura había inventado la cooperación internacional mucho antes que Naciones Unidas.

Su director rechazó esta hipótesis por falta de evidencia empírica.

Aquella noche Blas escribió su primer microcuento:

Un hombre dedicó toda su vida a escribir una historia que explicara el sentido de la existencia. Cuando terminó, había olvidado la pregunta.

Veintiséis palabras. Lo envió a una revista. Le respondieron que era demasiado largo.

Lo redujo: Cuando encontró la respuesta, había olvidado la pregunta.

Nueve palabras. Tampoco lo aceptaron.

La revista consideró que el texto carecía de desarrollo psicológico. Blas se enfadó. Durante años había trabajado con instituciones que exigían resultados medibles de procesos imposibles de medir, pero nunca había imaginado que la literatura hubiera llegado tan lejos.

Decidió utilizar inteligencia artificial.

Le pidió que escribiera el mejor microcuento de la historia. La máquina produjo uno sobre un hombre que descubría que estaba muerto.

Le pidió otro. La máquina produjo uno sobre una mujer que descubría que estaba viva.

Al tercero, ambos personajes se encontraron en un ascensor.

Blas empezó a preocuparse por el futuro de la literatura.

Entonces ocurrió algo.

Su director murió. No metafóricamente. Murió de verdad, durante una conferencia sobre la desaparición del narrador. La universidad le comunicó que su tesis podía continuar siempre que encontrara otro director, actualizara el marco teórico y acreditara que el fallecimiento no afectaba significativamente a los resultados previstos.

Blas abrió el documento de su tesis. Llevaba cuatrocientas ochenta y siete páginas.

Había escrito sobre todos los grandes microcuentistas, sobre los orígenes del género, sobre la brevedad en Oriente, sobre los sesgos del canon occidental, sobre las escritoras invisibilizadas y sobre el dinosaurio, que a esas alturas empezaba a parecerle un pesado.

Pero todavía no había conseguido explicar por qué alguien necesitaba escribir una historia.

Pensó en su director.

En las diecinueve anualidades dedicadas a Kafka. En todas las personas que habían muerto sin terminar una novela, sin empezar un cuento o sin saber siquiera que tenían algo que contar.

Borró la tesis. No toda. Blas era incapaz de una decisión tan radical. Guardó una copia en una carpeta llamada Definitivo_final_3.

Después abrió un documento nuevo.

Escribió:

El hombre que estudió durante toda su vida los cuentos más cortos del mundo murió antes de escribir el suyo.

Lo leyó. Le sobraban palabras. Borró «durante toda su vida». Después «más cortos del mundo». Después «el hombre».

Siguió borrando.

Al amanecer quedaba una sola palabra. Todavía. Blas la contempló durante mucho tiempo.

Le gustaba. Tenía pasado, presente y futuro. Podía contener una promesa, una amenaza, una espera, una decepción. Incluso un dinosaurio.

La envió a la revista. Tres meses después recibió la respuesta.

Estimado autor:

Lamentamos comunicarle que su relato no ha sido seleccionado. El jurado considera que el texto presenta un final excesivamente abierto.

Blas abrió el correo para responder.

Escribió una frase.

La borró. Escribió otra. También la borró. Finalmente pulsó «Responder a todos» y dejó el mensaje en blanco.

Esta vez ganó el concurso.

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About Carlos

Aunque crecí y trabajé en la gran ciudad, he vivido también en una zona rural en España y en Addis (Ethiopia). Me gusta dar paseos por el campo y la montaña. Disfruto con mi familia, con la lectura y cuando me dejo llego a escribir algo. Me gustan los escritores que escriben sobre escritores o sobre el proceso de escribir o de ser, como Paul Auster, Enrique Vila-Matas. Pero también paso buenos ratos con policiacos, sagas y comedias. Soy Doctor Ingeniero Agrónomo y Master en Evaluación y trabajo en temas relacionados metodologías de intervención en cooperación y desarrollo. He tenidos experiencias en cooperación internacional para el desarrollo a nivel ONGD , instituciones y organismos regionales, estatales y Universidades. He sido voluntario, investigador y consultor independiente en temas de desarrollo. He trabajado en temas relacionados con la evaluación de políticas de desarrollo para el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación en Madrid. He trabajado en temas de Evaluación, aprendizaje e investigación como freelance (independiente). He trabajado cuatro años para FAO en Ethiopía en refuerzo de espacios de coordinación, seguimiento y evaluación para la resiliencia…con PAHO/WHO y UNICEF América Latina reforzando capacidades en evaluación y aprendizaje Tengo otro blog igual de raro: Aprendiendo a Aprender para el Desarrollo (TripleAD) https://triplead.blog/
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