
Cuando X-17 llegó a la Tierra, lo primero que hizo fue leer.
No por curiosidad.
Era el protocolo.
Antes de invadir un planeta había que conocer a sus habitantes y la Agencia Intergaláctica recomendaba consultar treinta y cinco obras representativas de la especie. X-17 encontró una lista en Internet titulada Los 35 libros imprescindibles de ciencia ficción y consideró que aquello demostraba dos cosas: que los humanos habían previsto su llegada y que, además, eran suficientemente amables como para haberle preparado la bibliografía.
Empezó por Frankenstein.
Mala idea.
Descubrió que los humanos creaban seres inteligentes y después se horrorizaban porque fueran inteligentes.
Anotó:
1. No dejarse crear por ellos.
Continuó.
Los humanos viajaban veinte mil leguas bajo el mar, inventaban máquinas del tiempo y, cuando imaginaban el futuro, dividían a sus descendientes entre quienes vivían arriba y quienes trabajaban abajo.
Aquello le pareció importante.
En su planeta también ocurría, aunque abajo lo llamaban Departamento de Operaciones.
Después llegaron los marcianos.
X-17 leyó con creciente inquietud cómo habían sido derrotados por microorganismos. Consultó la composición de la atmósfera terrestre, compró gel hidroalcohólico y decidió no quitarse el casco.
Los humanos parecían especialmente interesados en ser invadidos.
Marcianos, trífidos, salamandras.
Cuando no encontraban invasores, los fabricaban.
Androides.
Replicantes.
Robots.
Matabots.
A veces incluso plantas.
X-17 empezó a sospechar que aquella civilización padecía una extraña forma de soledad.
Siguió leyendo.
En un libro prohibían los libros.
En otro vigilaban hasta los pensamientos.
En otro habían conseguido algo más eficaz: que nadie quisiera pensar demasiado.
Aquello le impresionó.
En su planeta llevaban siglos intentando perfeccionar las dictaduras y jamás se les había ocurrido que la gente pudiera someterse voluntariamente si estaba suficientemente entretenida.
Subrayó varias páginas de Un mundo feliz.
Después leyó Mercaderes del espacio y comprendió que las empresas podían gobernar sin necesidad de presentarse a las elecciones.
Eso también lo subrayó.
Cuando llegó a Fundación, respiró aliviado. Por fin alguien proponía utilizar las matemáticas para salvar la civilización.
Siguió leyendo.
Descubrió que tampoco funcionaba del todo.
Probó con Marte.
Bradbury le enseñó que colonizar otro planeta consistía principalmente en llevar hasta allí los mismos problemas del planeta anterior. Kim Stanley Robinson proponía terraformarlo, aunque primero había que decidir quién era propietario del futuro.
X-17 anotó:
2. Los humanos llaman nuevo mundo al lugar donde todavía no han tenido tiempo de repetir sus errores.
Después encontró un planeta que pensaba.
Solaris.
Cerró el libro.
Aquello le dio miedo.
No el planeta.
Que alguien pudiera conocerlo mejor de lo que él se conocía.
Para tranquilizarse leyó a Douglas Adams y descubrió que la Tierra podía ser destruida por una cuestión administrativa.
Eso le pareció completamente verosímil.
En la Agencia Intergaláctica habían destruido tres lunas por errores en formularios.
Continuó.
Encontró una civilización donde no existían hombres ni mujeres como categorías permanentes y otra donde un anarquista viajaba de una sociedad supuestamente libre a otra supuestamente próspera para descubrir que ninguna palabra sobrevivía intacta al poder.
Encontró una niña pobre educada por un libro destinado a una niña rica.
Encontró telépatas que podían impedir los asesinatos antes de que sucedieran.
Encontró una detective replicante que sabía que iba a morir.
Y un padre caminando con su hijo por un mundo muerto tratando de conservar algo que llamaban el fuego.
X-17 tuvo que interrumpir la lectura.
No entendía aquel fuego.
Buscó la palabra.
No era fuego.
Siguió.
Un hombre estaba solo entre monstruos hasta descubrir que quizá el monstruo era él.
Una epidemia dejaba ciega a toda la humanidad y bastaban unos días para que desapareciera la civilización.
Un planeta entero se rompía periódicamente y quienes podían salvarlo eran precisamente aquellos a quienes los demás despreciaban.
Aquello sí lo comprendió.
En casi todas las galaxias que conocía, quienes sostenían el mundo eran los que menos participaban en su reparto.
Llegó entonces a Neuromante.
Leyó sobre inteligencias artificiales, corporaciones, cuerpos modificados y seres humanos conectados permanentemente a una red.
Consultó Internet.
Miró nuevamente el libro.
Consultó la fecha de publicación.
Por primera vez desde que había aterrizado sintió verdadero miedo.
Los humanos no utilizaban la ciencia ficción para imaginar el futuro.
La utilizaban para anunciarlo y después olvidarse de que lo habían anunciado.
Leyó 2001.
HAL no le pareció particularmente malvado.
Le pareció un empleado sometido a instrucciones contradictorias.
X-17 conocía el problema.
Había trabajado seis siglos en una organización internacional.
Después leyó Contacto y descubrió algo inesperado: algunos humanos todavía levantaban la cabeza y escuchaban.
Leyó El problema de los tres cuerpos y descubrió que otros estaban tan decepcionados con su propia especie que quizá agradecerían una invasión extraterrestre.
Eso complicaba considerablemente su misión.
¿Cómo se invade a alguien que está esperando que vengas?
Subió a una colina.
Era de noche.
Recordó Hacedor de estrellas y miró el universo.
Por primera vez comprendió la extravagancia estadística de aquel pequeño planeta.
Miles de millones de seres capaces de exterminarse y, sin embargo, escribiendo novelas para advertirse unos a otros de que no lo hicieran.
Pensó en Nemo huyendo de la humanidad.
En Winston Smith intentando conservar una verdad.
En Montag salvando libros.
En Shevek atravesando mundos.
En Bruna Husky contando el tiempo que le quedaba.
En el Matabot que prefería ver series antes que relacionarse con humanos.
En los constructores de Ciberíada, capaces de fabricar casi cualquier cosa excepto una criatura razonable.
Pensó incluso en Kennedy, condenado a morir una y otra vez porque cambiar el pasado resultaba bastante más complicado que imaginarlo.
Treinta y cinco libros.
Treinta y cinco maneras de destruir el mundo.
Pero también treinta y cinco intentos de impedirlo.
X-17 abrió el formulario de la Agencia.
PLANETA: Tierra.
ESPECIE DOMINANTE: Homo sapiens.
GRADO DE PELIGROSIDAD: Muy alto.
RECOMENDACIÓN: __________________
Dudó.
Era una casilla obligatoria.
Escribió:
No invadir.
El sistema solicitó justificación.
X-17 escribió:
Todavía están aprendiendo.
El sistema rechazó la respuesta.
JUSTIFICACIÓN INSUFICIENTE.
Pensó un momento.
Después escribió:
Todavía leen.
Esta vez el sistema aceptó el formulario.
