Hoy he estado a punto de abrir un correo fraudulento porque decía que me habían seleccionado para un curso.
No recuerdo de qué era el curso. Durante unos segundos tampoco me importó. Me habían seleccionado. Alguien, en algún lugar, después de examinar una cantidad presumiblemente considerable de candidatos, había llegado a la conclusión de que yo…
Luego miré la dirección del remitente.
Aquella sucesión de letras y números tenía menos aspecto de institución académica que de contraseña provisional. Pero ya me habían alegrado la mañana. Los delincuentes habían encontrado algo en mí que las personas honradas llevaban tiempo descuidando.
Pensé en la corrupción. En los funcionarios que aceptan una invitación porque consideran que su trayectoria merece una invitación. No voy a compararme con un ministro por haber acercado el dedo a un enlace. Aunque me inquieta que mi defensa dependa, en parte, de que el curso no existía.
Cerré el correo y abrí el cuaderno.
En el cuaderno había escrito: «Llevo tanto y tantos años escribiendo sin escribir».
La frase incluye los años en que no sabía escribir, pero no quería empezar una discusión contable conmigo mismo. Ya tengo bastantes asuntos pendientes.
Debajo había una nota sobre la historia de la literatura. Me preguntaba cuántos escritores buenos habían quedado fuera. Personas que escribieron algo extraordinario y después tuvieron que levantarse a atender a su madre, abrir una tienda o morirse sin haber encontrado editor. Ahora no podemos leerlos. Esa ausencia facilita bastante la superioridad de los que sí podemos leer.
Me gustaría creer que soy uno de ellos, un gran escritor todavía no descubierto. El inconveniente es que, para comprobarlo, tendría que terminar algo.
Últimamente leo a personas que leen muchísimo. Aparecen en Twitter a las nueve de la mañana comentando una novela húngara que yo no sabía que existía. A las once han descubierto un error en la traducción. Por la tarde recuerdan al autor tomando café en Viena.
Yo llevo tres días buscando una nota.
A veces compro sus recomendaciones. Los libros llegan, los coloco y durante un rato siento que he avanzado. Luego tengo que desplazar una pila para abrir una ventana.
He leído que la biblioteca de Javier Marías irá a la Biblioteca Nacional. Pienso en las cartas que guardaba dentro de los libros, en alguien abriendo un volumen y encontrándose con una conversación interrumpida. También pienso en quién quitará el polvo. Me avergüenza un poco esa preocupación doméstica ante un acontecimiento cultural, pero tengo experiencia trasladando libros y sé que el espíritu pesa.
Entre mis papeles aparecerían listas de tareas repetidas durante años. Un investigador podría fechar mis proyectos por los sucesivos cambios de tinta.
En otra página me pregunto cómo sabremos si una carta de amor es verdadera cuando cualquiera pueda encargarla a una inteligencia artificial. La releo y recuerdo que también antes se podía mentir con una caligrafía preciosa. Sin embargo, me cuesta renunciar a la idea de que alguien haya pasado una tarde buscando una palabra para mí. Incluso si eligió mal.
Yo mismo estoy buscando palabras con ayuda. Habrá que decidir cuánto de esta confesión mejora la carta y cuánto la estropea.
Paso una hoja y aparece el nombre de un profesor de economía que tuve en un máster de cooperación. Murió joven. En mi recuerdo estaba sano
No sé por qué he escrito su nombre junto a una lista de artículos pendientes. Lo dejo ahí. No quiero que tenga que explicarme nada más.
Son las dos y veinticinco. O esa es la hora que anoté ayer. He conseguido retrasarme incluso al contar el presente.
Vuelvo al correo. Sigue en la papelera. Podría borrarlo definitivamente, pero antes quiero leer otra vez la primera frase.
«Ha sido usted seleccionado».
Imagino a un hombre en una oficina remota comprobando las estadísticas de su campaña. Hoy le he fallado por muy poco. Quizá mañana cambie de asunto y me ofrezca publicar un libro.
Cierro la ventana antes de darle ideas.
En el cuaderno escribo la fecha y una frase. Después otra. La tercera la tacho.
Por fin hay algo que corregir.