En las calles adoquinadas de la península central de Lyon, cerca de la estacion de Ampere, se encuentra una pequeña tienda de cartas especializadas llamada Coin de Barons. Los sábados, de 14:00 a 18:00, este lugar se transforma en un campo de batalla para los amantes de las cartas YU-GI-Oh. Desde mi perspectiva como niño de 10 años, puedo ver a todos los participantes: chicos (ninguna chica), con edades comprendidas entre los 15 y 20 años. Todos ellos comparten una pasión: las cartas. Son verdaderos frikis, nerds del juego, pero también muy simpáticos.
El aire está cargado de emoción mientras los jugadores se enfrentan en combates estratégicos. Las cartas se deslizan sobre las mesas, y los ojos brillan con cada movimiento. Los mazos están cuidadosamente construidos, y las estrategias se despliegan con astucia. Aunque soy joven y todavía estoy aprendiendo, comparto la misma pasión por el juego que los demás.
Me sentaba en una esquina, observando. Las mesas estaban llenas de cartas desplegadas, monstruos y hechizos que cobraban vida en los duelos. Los jugadores se concentraban, sus ojos brillando con la emoción de cada movimiento. Hablaban en un lenguaje secreto, mencionando nombres de cartas y estrategias.
Había un chico mayor, con gafas y una sonrisa tímida. Su mazo estaba lleno de dragones poderosos. Otro, más joven, tenía una baraja de criaturas místicas y elfos. Y luego estaba otro chico con el cabello azul y una risa contagiosa. Sus cartas eran todas de hadas y espíritus.
El dueño de la tienda, un joven de unos 25 con una camiseta llena de estampados de cartas, anunciaba los enfrentamientos. Los jugadores se levantaban, se estrechaban las manos y comenzaban a jugar. Las cartas se movían como si tuvieran vida propia, y yo me preguntaba si algún día sería lo suficientemente valiente para unirme al torneo.
Desde mi rincón en la competencia, observo fascinado. Las cartas se convierten en criaturas mágicas, y nosotros los jugadores en héroes. Me pregunto qué secretos guardan esas cartas y qué historias cuentan. Imagino duelos épicos, batallas que trascienden las mesas de la tienda.
El torneo avanza conmigo entre sus filas, y me sumerjo aún más profundamente en el mundo de las cartas. Los nervios, las risas y las derrotas se entrelazan en un tapiz de emociones vividas no solo desde la barrera sino también desde el corazón del juego mismo.
Al final del día, el ganador recibía una carta especial, una que brillaba con colores iridiscentes. Los perdedores se reían y se preparaban para la próxima semana.
Así pasaban los sábados en “Coin de Barons”. El torneo de las cartas mágicas seguía su curso, y yo seguía observando, imaginando aventuras y amistades en cada duelo. Porque, al final, las cartas no eran solo papel y tinta. Eran puertas a otros mundos, y yo estaba ansioso por cruzarlas.
Al final del día cuando se anunciaba al ganador, que nunca era yo, aplaudía con entusiasmo sabiendo que había sido más que un testigo; había sido parte activa del algo mágico en Coin de Barons: la pasión por el juego compartida tanto por veteranos como por jóvenes promesas.
