Había una vez una persona que soñaba con ser escritor/a, pero nunca llegaba a escribir ni a leer. Su ego inconfesable le mantenía atrapado en un ciclo interminable de procrastinación. Admiraba a figuras como Antonio Vega y Toñín de los Burning, quienes también lucharon con sus propios demonios.
Cada mañana, se prometía que ese sería el día en que comenzaría a escribir su gran relato. Pero, al final, siempre encontraba una excusa para no hacerlo. “No es tan grave”, se decía, “no soy como esos otros que murieron sin conseguir publicar nada”. Sin embargo, su vida se consumía lentamente, no por el ego en sí, sino por la falta de acción.
Un día, mientras navegaba por las redes sociales, se topó con un meme que decía: “La vida es lo que pasa mientras decides si escribir o no”. Algo hizo clic en su mente. Decidió que ya era hora de cambiar, pero no sabía por dónde empezar.
Entonces, en un acto de desesperación y humor, publicó en sus redes sociales: “Dejo el ego. Si me ven escribiendo, no me interrumpan. Si no me ven escribiendo, ¡llámenme la atención!”. Sus amigos, sorprendidos y divertidos, comenzaron a apoyarlo de maneras inesperadas. Le enviaban mensajes motivadores, le regalaban libros y hasta organizaban sesiones de escritura en grupo.
Poco a poco, comenzó a escribir. Al principio, eran solo frases sueltas, pero con el tiempo, esas frases se convirtieron en párrafos, y los párrafos en capítulos. Descubrió que la clave no estaba en evitar el ego, sino en encontrar algo que lo apasionara más.
Y así, en medio del ruido de la vida moderna y las redes sociales, nuestro protagonista encontró su voz. Su primer libro, “La persona que No Escribía”, se convirtió en un éxito inesperado. En la última página, dedicó unas palabras a sus amigos: “Gracias por no dejarme procrastinar”.
