
No sabría decir cuándo empezó a agrietarse lo que habíamos construido. Quizá fue una mañana cualquiera, mientras discutíamos por cosas en apariencia banales, pero en el fondo fundamentales, como quién debía sacar la basura, como si ahí se decidiera el equilibrio del mundo. Alejandro decía que el feminismo en pareja era una carrera de relevos: uno cede, el otro recoge. Yo acabé pensando que más bien era una cuerda floja donde ambos nos mirábamos, esperando que el otro cayera primero.
Nos conocimos defendiendo causas que parecían invencibles. Conferencias, manifestaciones, cines de barrio, lecturas compartidas, tardes de café torrefacto en tazas desparejadas, noches de cerveza barata y discusiones sobre películas de Ken Loach o Almodóvar. Íbamos contra todo: el patriarcado, el capitalismo, los noticieros de las nueve, la subida del precio del pan, la falta de papeleras públicas, las rotondas mal diseñadas y —mi favorita— nuestra propuesta de prohibir los lunes y declarar patrimonio de la humanidad el olor a café recién hecho. No nos bastaba cambiar el mundo: queríamos que el mundo nos aplaudiera mientras lo hacíamos.
Pero cuando llegó la convivencia, esos grandes adversarios se redujeron a platos sucios, turnos de limpieza y reproches. Lo triste no fue la rutina, sino descubrir que también ahí éramos irreconciliables.
A veces él me abrazaba con fuerza, demasiado. Decía que era su forma de sentirme cerca. Yo lo dejaba hacer, con una media sonrisa, como si no notara que me estaba dejando una huella invisible. Él insistía en que yo era más posesiva, que mi silencio no era calma, sino control. Ninguno de los dos mentía del todo. Ninguno decía la verdad completa.
Un domingo, mientras discutíamos sobre quién decidiría las vacaciones, derivamos a si la cafetera debía ser italiana o de cápsulas, si el papel higiénico se cuelga hacia fuera o hacia dentro, o si merecía la pena pagar más por un buen aceite de oliva. Absurdos y divertidos, pero con una tensión que dejaba un regusto metálico en la boca. Y me sorprendí pensando si quería seguir viviendo así. No morir, no; solo borrar el calendario y desaparecer unos días de todo, incluso de mí misma. Me dio miedo, no por la idea, sino por lo fácil que resultaba imaginarlo.
El fallo de Naciones Unidas llegó como una noticia más, intercalada entre un anuncio de detergente y un partido de fútbol. No habían logrado frenar el colapso financiero global. Alejandro bromeó diciendo que, al menos, pronto se disolverían las multinacionales que odiábamos. Yo pensé en silencio que, tal vez, esa disolución también nos alcanzaría a nosotros.
Poco a poco, empezaron a caer fronteras. Los países se integraban, las religiones se mezclaban y los viejos símbolos perdían sentido. En las calles, la gente hablaba en idiomas híbridos, inventando saludos nuevos. Alejandro sonreía, decía que era el futuro que habíamos soñado. Yo asentía, pero en mi interior sabía que lo nuestro no se reconstruiría con las mismas manos que lo habían roto.
La última noche juntos, compartimos una cena improvisada: pan, vino de Castilla La Mancha y una vela que no terminaba de encenderse. En la radio, apenas audible, sonaba “Aunque tú no lo sepas”. No era casualidad. Yo también tenía habitaciones cerradas que él nunca visitaría, frases enteras que se quedarían sin pronunciar. Él me contó un chiste malo; yo reí más de lo que debía. Entre nosotros quedaba algo, pero no sabíamos si era amor, costumbre o pura nostalgia.
No hubo portazos ni adioses. Simplemente, una madrugada desperté y lo vi dormir, ajeno a mí, como si ya perteneciera a otro lugar. Comprendí que a veces la integración, sea de países o de personas, no significa quedarse juntos, sino saber separarse antes de destruirse.
