
Llegamos primeros al restaurante porque éramos los que vivíamos más lejos. Misterios de la vida latina: cuanto más lejos, más puntual. Alicia —mi amiga, evangelista de la autenticidad italiana con entusiasmo talibán— me sonrió como quien exhibe un trofeo humano. Yo, el español. Luc, el belga. Dos anomalías en el álbum Panini de sus amistades.
El restaurante estaba en una ciudad centroamericana de cuyo nombre no quiero acordarme, y que en este momento, aquí y ahora, tampoco importa: para los italianos era un Vaticano sin Papa pero con mozzarella. Cada domingo se reunían para juzgar un restaurante distinto, como si la ciudad fuese la sede de una Copa del Mundo perpetua. No había notas. No había puntuaciones. Todo oral, litúrgico, medieval, casi inquisitorial, transmitido como esas historias de abuelos que nadie contrasta en Wikipedia.
Aquella noche había más perdidos en la sala: una venezolana simpática, con esa dulzura militante de quien te hace sentir acompañado hasta en el silencio, y una cubana alegre, que reía a carcajadas como si todo fuese un chiste secreto al que nosotros nunca llegaríamos. Las dos nos miraban con complicidad: minoría étnico-culinaria. El club de los no-italianos, versión tropical.
Mientras tanto, los italianos discutían si la pizza romana lleva anchoas o si eso era cosa de Nápoles. Yo pensaba en la tortilla española: con cebolla o sin cebolla, dilema nacional. Luc evocaba sus patatas fritas belgas, que son como las españolas, pero con pedigrí europeo y sin subvención comunitaria. La venezolana decía que aquello “con arepa al lado sería perfecto” y la cubana aseguraba que la masa necesitaba sazón. Clichés cruzados: un español, un belga y dos latinos entran en un restaurante italiano… y qué puede salir mal.
Alicia, encantada, juró que el camarero era un genio porque no apuntaba nada. Yo sospeché. ¿Y si no era memoria, sino dogma? La fe de los italianos en que un camarero, como un Papa, nunca se equivoca. Mientras que yo en ese momento ya necesitaba un centro de gravedad permanente.
En mitad de la cena intentamos aportar algo:
—No sabemos de pizzas —confesamos—, pero sí de sistemas de evaluación.
Luc, con su mentalidad cuadriculada de Excel. Yo, con mi manía española de poner nota hasta al gazpacho. La venezolana nos animó con una sonrisa, la cubana se carcajeó, levantó la ceja como diciendo esto va pa’ largo.
Les propusimos una rúbrica: criterios, ponderaciones, tablas comparativas.
Los italianos nos miraron como si hubiéramos querido traducir la Divina Comedia al lenguaje de macros. Y se rieron. Un italiano con perfecto acento argentino (tuve que preguntar cómo había aterrizado allí), sentenció:
—Esto no es una auditoría, es un sacramento.
Y sí, nos reímos todos. Porque la pizza, como la fe, no se discute: se practica.
El postre llegó. Algo italiano, más grande que un hueso de santo pero con menos gracia que un lunes en la Seguridad Social. Entre mordiscos, ellos seguían hablando de la Gran Prueba Final, el Santo Grial pizzero que esta ciudad innombrada ocultaba en algun lugar todavía ignoto.
El veredicto final de la pizza (los postres no entraban y los pobres – los no italianos – no votaban, volare…) fue… tablas. Nadie ganó, nadie perdió. Democracia romana: todos victoriosos, nadie convencido.
Salimos a la calle. Alicia nos guiñó un ojo:
—¿Lo veis? Divertidísimo.
Yo asentí. Luc también. Habíamos sido vencidos, convencidos, conquistados otra vez por estos nuevos romanos, sin opción a inventar un nuevo Aníbal que los asustara en la siesta de los niños.
La venezolana suspiró con dulzura, como quien agradece estar invitada aunque, como nosotros, tampoco había entendido las reglas.
La cubana soltó una carcajada tan clara que pareció brindis.
Y entonces lo supimos, todos, en ese silencio lleno de risas y menta:
para los italianos, la pizza no se juzga.
Se confiesa.
PD: Creo que mi presencia en aquella cena fue algo así como los Gipsy Kings interpretando Volare…
