Conversaciones y (des)encuentros

En respuesta a El tiempo prestado, mi amigo Edgardo —quien parece haberse vuelto ya un habitual en estas páginas— quiso aportar su propia mirada y me pidió a mí —a Clara— escribirla él mismo. Yo, complacida y con humildad por contar con una personalidad de su talla entre estos relatos, acepté su propuesta y le abrí el espacio como autor invitado.

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Por Edgardo / Ernesto / E. Celades

Salí a pasear esta tarde hacia el estanque de los cocodrilos, con la idea de volver a encontrarme con Clara. Yo, como los niños, que buscan patrones donde solo hay casualidades. No la vi por ninguna parte. Ni a ella, ni a los cocodrilos. Lo más parecido a reptiles que había por ahí eran dos adolescentes con sus lenguas tan enganchadas que ni los lagartos de V. Y estoy (casi) seguro de que ninguno de esos púberes era Clara.

Decidí seguir con mi paseo, de todas formas. Venía de rumiar en mi cabeza varios latinajos que tenía preparados en caso de volver a verla. Aunque no abuso del refranero ni del latín, preguntando se llega a Roma. Había estado dudando entre soltarle un per aspera ad astra (que siempre da juego para reflexionar por dónde andamos en la vida) y algún juego de palabras con delenda est Cartago (¿delenda est Naciones Unidas?), pero en mi soliloquio me decanté por un tempus fugit, como estaba siendo mi caminata.

Ya que no tendría interlocutor el resto del paseo, y como no tenía un gurú de autoayuda susurrándome al oído verdades evidentes —los cascos y el iPhone se habían quedado en casa—, decidí discutir conmigo mismo. En busca de inspiración para un acalorado debate, me doy de bruces con un nuevo edificio, todavía con algún andamio puesto. “Centro regional de producción local y sostenible de medicamentos, vacunas y suplementos nutricionales”. Perfecto. Tiene pinta de ser otra iniciativa público-privada basada en un PowerPoint con muchos palabrejos (sostenible, resiliente, localización, mainstreaming… seguro que la concept note era un híbrido en “Spanglish del desarrollo”). No me puedo contener cuando veo a un guardia de seguridad protegiendo su edificio vacío.

—Hola, buenas tardes.

Resulta que estaba hablando por teléfono. Cuelga y frunce el ceño.

—Buenas. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

No sé por dónde empezar: ¿Está de acuerdo con el enfoque wilsoniano de cooperación al desarrollo en el que se basa este predio vacío? Quizás demasiado agresivo para iniciar una conversación. Me quedo con el:

—¿Sabe cuándo van a abrir?

Tras un par de preguntas y respuestas en círculo (¿y quién es el gerente? El gerente soy yo, me suelta en plan Rey Sol. ¿Y cuándo abren? ¿Y para qué quiere saberlo?), veo que estoy consiguiendo mi deseado acalorado debate. Aunque bajito, el tipo es de frente estrecha y brazos anchos, que en mi experiencia no es una buena combinación. Decido retirarme discretamente, dando las gracias por nada. Le veo mirándome mientras me alejo, con su mano metida en el chaleco de su uniforme. El pequeño Napoleón me deja ir, como al enemigo con su error.

Me queda poco para llegar a casa, y ya casi ha anochecido. Sin ganas de discutir con nadie, vuelvo a Clara. Realmente tengo que hablar con ella. Desde que nos conocimos hace unos meses, siempre me llama Edgardo. Yo me llamo Ernesto, pero ahora ya me da vergüenza decírselo. Me pasa mucho desde que estoy por estas tierras, pero casi siempre es un gringo el que me vuelve a bautizar: Antonio, Roberto… Antonio, de hecho, me gusta más que Edgardo. Ahora creo que es ya tarde para corregir a Clara; el otro día vi que me había guardado en su móvil como: “Edgardo ofi cooperante”.

Ya en la puerta de casa se me ocurre la solución: cual Doctor Pasavento, solo tengo que reinventarme. Edgardo pasa a llamarse Ernesto, y voilà. Quizás lo puedo disfrazar con alguna excusa metaliteraria. ¿Escribo un cuento cambiándome el nombre? Caimanes disfrazados de cocodrilos, seguratas con pistola que se creen generales, trueque de un cooperante por un funcionario, y ya tenemos a Edgardo como Ernesto. Seguro que da el pego. A Clara mejor la dejaré como está, que con tanto cuento dentro de cuento se va a pensar que es un invento de alguien.

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About Carlos

Aunque crecí y trabajé en la gran ciudad, he vivido también en una zona rural en España y en Addis (Ethiopia). Me gusta dar paseos por el campo y la montaña. Disfruto con mi familia, con la lectura y cuando me dejo llego a escribir algo. Me gustan los escritores que escriben sobre escritores o sobre el proceso de escribir o de ser, como Paul Auster, Enrique Vila-Matas. Pero también paso buenos ratos con policiacos, sagas y comedias. Soy Doctor Ingeniero Agrónomo y Master en Evaluación y trabajo en temas relacionados metodologías de intervención en cooperación y desarrollo. He tenidos experiencias en cooperación internacional para el desarrollo a nivel ONGD , instituciones y organismos regionales, estatales y Universidades. He sido voluntario, investigador y consultor independiente en temas de desarrollo. He trabajado en temas relacionados con la evaluación de políticas de desarrollo para el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación en Madrid. He trabajado en temas de Evaluación, aprendizaje e investigación como freelance (independiente). He trabajado cuatro años para FAO en Ethiopía en refuerzo de espacios de coordinación, seguimiento y evaluación para la resiliencia…con PAHO/WHO y UNICEF América Latina reforzando capacidades en evaluación y aprendizaje Tengo otro blog igual de raro: Aprendiendo a Aprender para el Desarrollo (TripleAD) https://triplead.blog/
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