Había retomado la lectura del libro de Faulkner, El ruido y la furia. Una forma de conmemorar a su admirado Javier Marías, que había muerto dos semanas antes. Ambos, enormes escritores, enlazados por ese peculiar estilo del discurso o monologo interior.
El detective estaba sentado en la terraza. Era una tarde de sábado y llovía desde hacía horas.
Su familia estaba lejos, en Europa y, probablemente, sus hijos cada vez comprendían menos esa distancia. Ni siquiera él mismo comprendía esa distancia, ese nudo gordiano. Quizás su mochila existencial, quizás su propia forma de ser, quizás la forma de ser de los otros. Pero él prefería no poner el peso de la culpa en los otros.
Había intentado conseguir cierta paz, cierta tranquilidad, vivir el aquí y el ahora. Se daba cuenta de que la felicidad, como el arte, tiene el carácter fundamental de una experiencia, y no de un resultado, de una actividad que se desarrolla en el tiempo, y no es algo que se ofrece a los que contemplan pasivamente (*).
Fue entonces cuando el teléfono sonó. El número era de España.
Mucho más tarde, cuando pudo reconstruir los hechos de esa tarde, recordaría que en ese justo momento escuchaba Comptine d’un autre été. También recordaría mirar el reloj, ver que eran más de las doce en España y preguntarse por qué alguien debería estar llamándolo a esa hora. Lo más probable, pensó, eran malas noticias. Cogió el teléfono de la mesilla, se levantó de la silla, dio un paso y aceptó la llamada.
‘¿Sí?’
Hubo una larga pausa al otro lado del teléfono y, por un momento, el detective pensó que la persona que llamaba había colgado. Entonces llegó el sonido de una voz que nunca antes había oído.
‘¿Hola?’ dijo la voz.
»¿Quién es?« preguntó el detective.
‘¿Hola?’ dijo la voz de nuevo.
«Le puedo oír», dijo el detective. «¿Quién es?’
‘¿Es usted Enrique Vila-Matas?‘ preguntó la voz. ‘Me gustaría hablar con el señor Enrique Vila-Matas’
Aquí no hay nadie con ese nombre.
‘Enrique Vila-Matas. De la Agencia de Detectives Vila-Matas.
«Lo siento», dijo el detective. Debe de tener el número equivocado.
‘Este es un asunto de suma urgencia’, dijo la voz.
‘Lo siento, no hay nada que pueda hacer por usted’, dijo el detective. ‘Aquí no hay ningún Enrique Vila-Matas‘. (**)
(*) Joan Ferraté en Jose María Pozuelo Yvancos (Las ideas literarias (1900-210), 2011, p. 663)
(**) Paul Auster, (City of Glass. 1987, p.7)

