
Juro que este fin de semana no me pasó.
O sí.
Depende de qué Clara leas:
—la que escribe,
—la que duda,
—la que solo aparece cuando la vida decide volverse literatura barata,
—o la que firmaría un acta notarial para demostrar que no estuvo allí.
La historia empieza —o eso exigen los manuales de narrativa, porque en realidad esto nunca empieza ni acaba— cuando Enia me recluta como si yo fuera heredera de una corte artúrica menor y me manda en busca de un “sable bendito”, una especie de Santo Grial de acero inoxidable,
o cuando Edgardo, en uno de sus episodios de filosofía leonesa-mediterránea aplicada, me suelta que la vida está sobrevalorada pero que, aun así, hay que celebrarla.
Yo, que sigo convencida de que mi vida social es un erial donde brotan eventos raros como cactus existenciales, a veces pienso que alguien confundió mi destino con el de una influencer fracasada.
Este fin de semana tocó partida doble.
Doble e intensa.
Como si el algoritmo hubiese decidido hacerme un upgrade humano.
PRIMER ACTO: Sabrage y otros nervios de espuma
Enia nos convocó a su ceremonia del sabrage.
No “evento”: ceremonia, que siempre suena más clandestino, más secta gourmet, más “esto no es para cualquiera”.
Yo aún llevaba en el cuerpo el cansancio del viaje porque, claro, el sable —el protagonista oculto de la noche— había viajado conmigo desde Europa. Enia lo había mandado fabricar allí, en mi tierra de quesos, olivares y artesanos que parecen salidos de un manual de alquimia. Yo lo recogí, lo embalé, lo camuflé entre ropa doblada con desesperación y lo traje hasta esta república tropical sin que aduanas sospechara que llevaba en la maleta un arma medieval lista para decapitar botellas. Un triunfo logístico, casi heroico.
Había NERVIOSISMO entre todas. Se veía en la vibración nerviosa de los corchos, en la forma en que nuestras muñecas temblaban, en cómo Jackeline mordía el labio como si fuera a interpretar a una revolucionaria francesa en pleno juicio.
MENOS MOT, que con su calma zen declaró que él no sentía estrés.
Mot jamás siente estrés; si se abriera un agujero negro en el salón, pediría un cojín para sentarse a verlo.
En medio de esa tensión burbujeante, Enia anunció —teatral, críptica, muy “yo escondo cosas”— que tenía un título nobiliario. Nos dio pistas. Más pistas. Un gesto hacia un cuadro, un guiño hacia una foto, un comentario sobre un apellido impronunciable.
Nada. Misterio total.
Nadie logró determinar si era duquesa, vizcondesa o simplemente coronada por sí misma.
La mesa parecía un bodegón renacentista después de una fiesta clandestina: champán, botellas sin boquilla abiertas por doquier, queso, jamón, la pasta especial de Enia y otros manjares innombrables pero memorables.
Cuando llegó el momento del sabrage, Enia adoptó tono de general en plena batalla:
—Busquen el borde de la botella. Agárrenla por el culo. Treinta y cinco… no, cuarenta y cinco grados. Miren al frente. Pasen la espada con decisión. Sin miedo.
Y entonces alguien preguntó:
—¿Se puede hacer con un cuchillo o una navaja?
Las risas fueron esas que solo salen cuando sabes que cualquier cosa puede explotar: sinceras, temblorosas, cómplices.
Las botellas fueron cayendo: unas con elegancia, otras con torpeza, otras con vocación suicida.
Yo sobreviví a la operación.
El libro de Enia registró mi sabrage como si fuera un sacramento o una fechoría consentida.
Me retiré en la primera oleada por agotamiento (o porque interpreto, sin querer, el papel de quien siempre huye antes del desastre mayor). Los que se quedaron —Enia, Mot, Jackeline y El Duque— terminaron casi al amanecer, mientras Enia practicaba sabrage pasadas las dos de la madrugada, porque por norma no escrita el maestro de ceremonias no bebe.
Lógica dentro de lo ilógico. Sello de la casa.
TRANSICIÓN ENTRE ACTOS
Salí de la casa de Enia todavía con la vibración del sabrage en los dedos, como si la espada hubiera dejado un eco metálico en mis falanges. En el Uber hacia mi casa pensaba que la noche había sido suficientemente intensa como para justificar una semana de silencio social. Pero no: el destino —o el guionista improvisado de mi vida— decidió que aún había segunda función.
SEGUNDO ACTO: Paella performática
Dormí poco, soñé con botellas que se abrían solas y con Enia coronándose duquesa de algo indescifrable.
Amanecí con restos de burbujas mentales, un leve olor a champán fantasma y la convicción de que lo razonable habría sido cancelar todo.
Pero la vida rara vez apuesta por lo razonable.
Así que, con más curiosidad que energía, me encaminé a la casa de Edgardo y Pepi.
Después de un sabrage colectivo, lo que menos esperaba era una paella performática.
Y sin embargo… ahí estaba yo, completamente sin preparación para lo que vendría, para otro acto, otro ritual, otra escena improbable.
La describo así: obra de teatro gastronómica.
No es metáfora. Es género literario. Y experimental.
Edgardo apareció disfrazado de alicantino-valenciano, como si hubiera escapado de un museo etnográfico que quebró por exceso de autenticidad. Se plantó ante nosotros y empezó su monólogo sobre la paella desde la semilla hasta la nevera y de la nevera a la mesa —porque, según él, toda nevera tiene un linaje que merece ser respetado.
Al mismo tiempo, iba desfilando vinos como un sommelier hiperactivo mezclado con capitán de avión anunciando el menú del vuelo:
—“Damas, caballeros, y criaturas hambrientas: ahora serviremos un blanco mineral de carácter serio, maridaje perfecto para el sofrito que aún no existe pero existirá.”
Y así sucesivamente.
La parte teatral estaba perfectamente orquestada: las gambas esperando su entrada en escena, el arroz dispuesto en formación militar, el caldo preparado bajo estrictas normas. Esto era una paella de integristas valencianos, de esas donde si un ingrediente se aparta medio milímetro del dogma, se activa un protocolo de emergencia culinaria.
Pero, claro, Edgardo sigue siendo Edgardo, y al hombre se le olvidó lo más básico para cocinar: el fuego.
La bombona de gas estaba moribunda, agonizando. Así que hubo que organizar una expedición épica para comprar una nueva, estilo misión humanitaria pero con aroma a sofrito pendiente.
Volvieron victoriosos. La paella pudo continuar. El drama también.
Entonces está Luismi.
No “semiloco”. No.
Luismi estaba espídico, chispeante, como si hubiera desayunado stand-up comedy, muy agraciado para las bromas, ese tipo de persona que convierte cualquier frase en chiste, profecía o falso presagio apocalíptico. Él era el alivio con sonrisa… o quizá el catalizador del caos, según quién mire.
Los demás actuábamos como asistentes de escena en un teatro culinario improvisado.
Pero lo mejor —o lo peor— fueron los niños.
Una horda de miniterroristas gastronómicos, asediando la paella como si el arroz fuera oro molido o reliquia sagrada. Yo pensaba:
¿De verdad hay que disputar la paella cuando desde la edad media existe la pasta infantil infinita?
Pero ya sabemos: los niños nunca eligen lo racional. Para eso estamos los adultos: para intentar ser racionales y fracasar.
Pero al final repetimos plato e incluso sobrevivimos.
Una victoria pequeña, pero victoria.
Después de la batalla arrocera, Edgardo y Pepi nos agasajaron con tarta, café y gin tonic, cual marajás de un reino indio imaginario y espléndido. Y entonces, con solemnidad inesperada, presentaron su proyecto: un mini museo de derechos humanos, construido a base de piezas de arte que habían recogido en su vagabundeo planetario.
Objetos que podrían ser reliquias, podrían ser souvenirs… o podrían ser simples cachivaches de mercadillos rurales en aldeas perdidas.
Pero el significado…
ah, el significado depende del narrador.
De mí, de ti lector/a…
O de la Clara que esté contando esta versión.
EPÍLOGO:
Porque, al final, todo este fin de semana fue una coreografía de riesgos mínimos y sentidos mayores:
sabrage que puede estallar, arroz que puede quemarse o no hacerse (sin gas), títulos nobiliarios que quizá no existen, pero algo me dice que sí, niños que conquistan paellas, museos diminutos que pretenden explicar el mundo.
Y yo, Clara, intentando entender si fui protagonista, espectadora o simple figurante del caos.
Quizá la vida sea justo eso:
una botella a punto de abrirse, una paella a punto de rendirse o de rebelarse, un relato que no promete coherencia pero insiste en continuar.
Y cuando por fin aceptas que nada está bajo control —ni el filo de la espada, ni el hervor del arroz, ni la versión de ti misma que cuenta la historia—
todo se abre mejor.
Incluso si te salta a la cara.
Especialmente si te salta a la cara.
Porque al menos entonces sabes que estabas viva dentro de la escena,
y no mirando desde afuera como un extra del simulacro.
