Dicen que las cosas más importantes están desapareciendo y que ya nadie escucha (ni lee) las palabras.
Y me doy cuenta de que cada uno carga (encima) con una o varias penas, al menos con su propia pena.
Volví a preguntarle si era feliz y ella al principio no me respondió, o no me supo responder.
Ella me preguntaba cómo se podría hacer cambiar ese silencio solitario.
Y discutimos si quizás ese silencio estaría también incrustado en otras (en todas las) posibles vidas alternativas. (¿El maestro Auster quizás también enfermo en todas ellas?)
Yo le sugería que en todas esas vidas alternativas ella sería similar, una mujer fuerte y vital. Y que por eso, cualquier elección sería correcta.
Ella finalmente me contó que la escritura no le daba la felicidad. Pero que a veces era feliz mientras escribía.
