Al cruzar el puente de la Feullée a la altura de la calle de Algérie, miró al cielo y vio esa tela de araña que formaban las guías de los tranvías.
Miró a la fachada del edificio del pan, donde había un mural con personajes de la ciudad. Lo llamaba así porque había una panadería al otro lado del mural.
Miró de nuevo al cielo y pensó en volar.
Se había encontrado unos cuadernos olvidados, quizás en el vuelo anterior, en el avión que le llevó a la ciudad: «Cuando sostuve esos cuadernos en mis manos, sentí que tenían el extraño peso de las cosas encantadas por historias que se cuentan una y otra vez y luego se vuelven a contar».
Miró el cuaderno y se preguntó qué necesidad tuvo la persona de escribir todo aquello. Además, citas en francés, inglés y español.
Pensó que debía ser bonito desarrollar una pasión así, tu pasión, tener una identidad propia…
Mientras paseaba por el borde del río, miró un grafiti que le llamó la atención tanto por lo que decía o no decía, como por estar escrito en español: “Soy un disfraz de tigre”.
