-Yo estaba hecho para las conversaciones del café Gijón, para el silencio de los recitales literarios, la dulce exaltación de mis lectores y lectoras, el olor a cigarro, el sabor a ron y la luz serena al fondo de mis ojos marrones.
Y yo me reía a carcajadas con sus conversaciones o monólogos.
-Debería hacer un relato sin concesiones, sin esperanza, con las palabras justas, que muestre el deterioro de todo lo que nos rodea. La falta de perspectiva. Nada de optimismo ni bucólico. La violencia interior. El expresionismo (…) Yo quiero que las palabras, que las frases de mis relatos, tomen perspectivas imposibles, que obedezcan a ordenes retorcidas, que solo sean teledirigidas por mi mano y por mi voluntad.
Era un escritor tan narcisista. Siempre me preguntaba qué podría añadir a todo aquello.
-Si te pillan, nunca podrás ser funcionaria.
Siempre que yo me reía de sus excéntricos proyectos literarios, él me acusaba de tener espíritu de funcionaria. Pero en algo en lo que coincidíamos los dos era en que, a veces, el arte contemporáneo se había puesto a competir con los mercadillos y con las guarderías.

