Me dijo adiós en sus notas tan ricamente, pero yo no me hice a la idea de no volver a verla.
Al día siguiente, le dije que confundía su vida, que no iba por buen camino. Aunque esta tontería es aplicable a todos los seres humanos, sin excepción.
Que más. Sí. Le dije que vivía cansada, que no acababa de tener ninguna relación estable, que eso de escribir para vivir no era cierto, que ni vivía ni escribía. Que actuaba como si no le conviniese una relación. Que de tanto matar el tiempo, el tiempo muy pronto acabaría con ella.
Le escribiste esa despedida copiada de una canción. Pero tu colega te llama y te llama, te habla y tú haces como que la escuchas. Te ha contado que el cambio es impredecible (y cosas por el estilo) y tú piensas qué haces aquí.
Te dijo que dos años es el tiempo límite para que tu relación desapareciese. Sin embargo, en alguna parte de ti, tú sabes que quizás tu relación ya no existe hace tiempo. Ahora tus sentimientos son un tiovivo. Pasas tiempo fumando, bebiendo y con los cacharritos esos de los que tanto te gusta estar pendiente. No puedes desprenderte de eso. Ahora tienes la suerte de darles exclusividad y de renunciar a escribir. Ya no piensas si te conviene seguir con esa relación.
