Me recogieron en casa y fuimos directos al cerro Ancón. Ése era el deseo, aunque nos perdimos antes de llegar. Llegamos a la puerta y nos mandaron para atrás. Aparcad abajo. Dejamos el coche y subimos atajando por unas escaleras comidas por el paso del tiempo y la naturaleza. Escaleras llenas de musgo y vacías de su sentido original. Escaleras que, de tanto en tanto, no subían a ninguna parte.
La subida no era suave pero era manejable. Íbamos hablando y el tiempo se hizo corto. Llegamos a la cima del cerro Ancón. Lleno de gentes del lugar con niños y niñas. Buscadores de pájaros y una familia con un conejo tranquilo (o miedoso) como mascota. Ah, y también vimos un dormilón. Un dormilón dormido en la cima de un árbol, a más de siete metros de altura. Dormir sin morir.
Luego rumbo a Amador. Hace poco se unió ese saliente con las (ex) islas Naos, Perico y Flamenco. Las familias aprovechan cualquier día vacacional para acercarse a estos lugares, a montar en bici, pasear y comer. Comimos bien en una cubichería en la isla Naos. Un día de sol, sin excesiva humedad. Un día de charla, de recrear y de recordar.



