
(Bahía cerrada, cerros empinados, manglar hasta la rodilla. Día 29 de septiembre de 1602. El escribano certifica que el papel suda.)
[Bitácora de Clara, regreso en bus]
El muelle de Portobelo hoy es selfie y ceviche, pero bajo el brillo oigo la contabilidad vieja. En el Museo de Panamá Viejo las piedras siguen oliendo a incendio. Repito los nombres como un rosario: San Jerónimo, San Fernando (Baja, Alta y Cima), Santiago de la Gloria, San Cristóbal, Buenaventura, La Trinchera; en la boca del Chagres, San Lorenzo. Las ruinas me miran como si todavía cobraran peaje.
[Foja 1, 1602: Apertura]
Digo que antes el puerto fue Nombre de Dios y que el nombre se cansó. Digo que hoy se llama San Felipe de Portobelo y huele a brea, resina, lona mojada. Lo vivo se convierte en dato cuando toca tinta: esa es la doctrina.
[Bitácora]
Pisé el Camino Real (piedra, hormiga, sudor) y miré el desvío del Camino de Cruces por el Chagres hasta Venta de Cruces. Todo late como prólogo material de un canal soñado siglos atrás.










